Mario Ramírez Granados: Las veredas de la imaginación – Nomadland: Entre la precariedad y la esperanza

Ese es tal vez el rasgo más hermoso de esta película: mientras otros  hubiesen  centrado  su atención  en la vulnerabilidad  de personas que rondan  los sesenta y setenta años de edad, la película   habla sobre  las personas  que viven  esta realidad  y muestra su  voluntad  para  vivir  más  allá de  los  naufragios, donde  la solidaridad se reconstruye en torno a las fogatas  en medio del desierto que unen a los navegantes de las pistas de concreto.

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Mario Ramírez Granados.

Dentro de las veredas de la imaginación, se han marcado trechos donde la fantasía se combina con el compromiso social.  En esta senda encontramos nombres como Emile Zola, que  con  obras  como  Germinal  inauguró  al Naturalismo como movimiento literario pero  cuyo  compromiso  con las  causas  justas, lo hizo  intervenir  en  el proceso de Alfred  Dreyfus, donde desde las primeras  páginas  de  un periódico parisino interpelaba al Presidente de la Tercera República Francesa de entonces. Aquella carta abierta, hoy  la conocemos en nuestros días  como  “Yo Acuso” y  en su vehemencia,   trataba  de mostrar como un proceso militar contra  un militar que fue condenado  a cadena  perpetua, se escondía una intriga política basada en el antisemitismo. Aquellos ecos iniciaron un movimiento político que culminó en la revisión de la condena de Dreyfus, aunque Zola ya no viviría para ver el final de su cruzada

Fue así como se inició la figura del intelectual consciencia de su sociedad y de su tiempo.  En el caso francés, a Zola lo sucedieron nombres como Jean Paul Sartre y Michel Foucault, pero la idea del intelectual comprometido pronto trascendió a otros lares, replicándose en autores y artistas, que con su trabajo y su ejemplo, trataban de cambiar al mundo.

En el caso estadounidense existe una larga tradición entre creación y compromiso destaca el papel de autores como  John Steinbeck  quien en las páginas de Las Uvas de la Ira  describía  las desventuras  de una familia de agricultores en California o La Perla, que desnudaba a la hipocresía de los integrantes  de una  sociedad rural a partir del  descubrimiento  de  una  perla por parte de pescador  mexicano.

Desde esta tradición, siguen apareciendo periódicamente productos que siguen la senda de la denuncia social, pero que ya no se limitan al campo literario., sino que recurren a la imagen, como la fotografía, el performance o el cine, este último además cuenta con la posibilidad de ser un arte más masivo.

Desde la veta audiovisual han surgido trabajos documentales valientes  como Inside job  o Bowling  for Columbine y ficciones  que  como en la literatura se sirven de la  fantasía  para retratar la crueldad  y los excesos  de las dictaduras, como en el  Laberinto del Fauno. En el presente año, nos trajo a nuestras salas Nomadland, de la cineasta china radicada en los Estados Unidos Chloé  Zhao, y que fue reconocido  con el premio  a  Mejor Película.

La cinta se basa en el libro homónimo de la periodista Jessica Bruder, en el cual se retrata la situación de miles de personas que con posterioridad a la crisis económica del año 2008, donde pueblos enteros cuya vida estaba organizada en torno a las industrias locales, desaparecieron.

La película narra la travesía de Fern (interpretada por una fantástica Frances MacDormand), una  exprofesora viuda que deja  atrás  una vida organizada  para pasar sus días en una furgoneta,  yendo de costa a costa en busca de trabajos ocasionales, al tiempo que conoce a personas en esta misma condición.  Junto a estos retratos de la condición humana, destaca la belleza de los grandes paisajes estadounidenses, que nos reflejan desde la inmensidad de sus bosques, hasta sus parajes desérticos. Ese es uno de sus detalles más logrados, logrando que los límites entre el documental y la ficción, por momentos se desdibujen.

Nomadland logra como pocos, sacudir nuestros esquemas mentales acerca de la rutina, la vida deseable y la precariedad. Zhao cuestiona en su relato categorías arraigadas en el discurso  sociológico  como homeless (sin hogar),  que en el entorno académico  y  en parte del  habla  popular  se utilizan para describir las vivencias  de personas  en  extrema  pobreza. Desde su realidad, Fern rechaza ese tipo de discursos: “No soy una persona sin hogar. No tengo casa, que nos es lo mismo”.

Ese es tal vez el rasgo más hermoso de esta película: mientras otros  hubiesen  centrado  su atención  en la vulnerabilidad  de personas que rondan  los sesenta y setenta años de edad, la película   habla sobre  las personas  que viven  esta realidad  y muestra su  voluntad  para  vivir  más  allá de  los  naufragios, donde  la solidaridad se reconstruye en torno a las fogatas  en medio del desierto que unen a los navegantes de las pistas de concreto. Un viaje donde además, la gente es capaz de desprenderse de aquellas cosas que no necesita y poder compartirlas con otros que lo necesitan.

Se trata entonces de una película que desde los retratos de la precariedad, es capaz de darnos aliento y de seguir interpelarnos con cuestiones como ¿qué clase de mundo estamos construyendo?, y sobre todo si aún desde la marginalidad, desde las cenizas ¿es posible la esperanza?


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