Mario Ramírez Granados.

En la historia de la humanidad, de vez en cuando aparecen ideas que se convierten  en  desencadenantes de cambios sociales. Ese fue el  caso  de la  llamada Ilustración, que trajo ideas que  vinieron a cuestionar a las monarquías que hasta  entonces dominaban Occidente.  Frente al origen divino de la autoridad,  los Ilustrados  propusieron la Idea de un poder limitado, que no tenía una condición sobrenatural, sino que era humano y debía ser sujeto a reglas para evitar que incurriera en abusos. Parte de esas reglas consistió en crear principios como  la legalidad,  el ejercicio de elecciones periódicas que garantizaran la alternancia del poder, así como  la división de funciones del poder.

Para ello  postularon la idea de un pacto hipotético, donde los individuos sacrificaban un poco de su libertad, a cambio de una instancia superior les  diese protección a su vida y sus bienes, este pacto o convenio  originario fue llamado Contrato Social. La noción del contrato social entendía  además que todas las personas contaban con una serie de derechos inalienables e intransferibles, en los que cuales esa instancia (que  llegó después a conocerse en lo que conocemos como Estado) no podía  intervenir.

Dichas teorías entendían al  Estado como un mal necesario, pero menor respecto de otros peligros, como el regreso al llamado estado de naturaleza, donde según esta corriente se vivía en un estado de guerra civil, y terminaron por constituirse en la base del Constitucionalismo Liberal, con un Estado  limitado bajo  principios como la legalidad o la separación de poderes  y un amplio régimen de derechos individuales.

El  siglo XX,  sin embargo vino  a comprobar  que la  idea del  Contrato Social y el Estado  tenían sus límites, por lo que nuevamente  surgieron voces  de advertencia que cuestionaban las ideas surgidas hacia más un siglo, mostraban que los caminos de la razón también tenían callejones llenos de peligros. Uno de los primeros críticos de la incipiente sociedad burguesa fue Jonathan Swift. Sus viajes de Gulliver constituyen una  crítica ácida,  y sus descripciones  algunas de las  precursoras de la  sátira, que desde el siglo  XVIII, exponía los problemas de su tiempo utilizando países o mundos  alternativos, mediante los diarios de Viaje de un explorador ficticio. Sus viajes nos legaron para la historia países como el famoso Lilliput,  una caricatura de la Inglaterra de entonces o Laputa, una ciudad  sobre las  nubes en la que vivían los sabios de su  tiempo..

Existe una larga tradición de herederos de Swift, que mediante el camino de la sátira y los mundos alternativos, denunciaban los vicios de su tiempo y convirtieron su literatura como una forma de advertencia.  A lo largo del siglo XX, con el surgimiento de la ciencia ficción,  estas obras  empezaron a agruparse dentro de  la llamada literatura distópica, como una forma de crítica contra los extremos de las sociedades contemporáneas, ya sea mediante el relato de sociedades donde se retratan expresiones de autoritarismo exacerbado  como 1984,  Un mundo feliz o, más recientemente  V de Vendetta o El cuento de la criada, o mediante narraciones que muestran futuros sombríos, donde un evento  catastrófico ha llevado a que la humanidad vuelva  a lo que en su momento Hobbes denominó “la guerra de todos contra todos”, donde la convivencia es reemplazada por sobrevivencia., y que cuenta con representantes como La carretera, Los hijos del hombre o  The walking dead.

The last of us o semillas de esperanza  en un horizonte baldío

The last  of us (Los últimos de nosotros) es el producto más  reciente  de la popularidad del género distópico. Originada en un videojuego de sobrevivencia,   The last of  us es una serie de televisión que describe un  EEUU  de un futuro hipotético , donde un  simple  hongo conocido  como Cordyceps, el cual afecta a especies de insectos,  prospera en medio del calentamiento global y se vuelve transmisible  a los seres humanos,  convirtiéndolas en una especie de autómatas sin voluntad que esparcen la infección hasta llevar a la humanidad al borde de la extinción. Los sobrevivientes malviven en  una especie de feudos llamados zonas seguras. A partir de esta premisa,  dos contrabandistas, Joel  y Tess,  deben acompañar a una adolescente llamada Ellie, a través de los vestigios de un EEUU  devastado  por la pandemia, donde  cada  parada parece uno de los Círculos del  Infierno  de Dante, en busca de una posible cura  para la enfermedad transmitida por el hongo.

La serie  sin embargo se  aleja de las narraciones genéricas de zombies, para cuestionar la forma  en que se gestiona la pandemia. Los habitantes de las zonas seguras malviven con la dotación de alimentos  y provisiones que reciben del gobierno mientras que en la clandestinidad hacen intercambios   con personas  que se aventuran fuera de las zonas seguras para buscar suministros en los vestigios de las ciudades, donde conviven fieras, infectados y bandidos. Frente al gobierno, operan  además milicias clandestinas a las que denominan las luciérnagas.

Así cada episodio contrasta expresiones de profunda miseria moral, como el uso político del contagio  para eliminar pobres, disidentes o simplemente personas distintas por ser consideradas indeseables o peligrosos, con la búsqueda de la esperanza.

Frente al retrato de  un mundo carencial, la serie se toma  su tiempo para  indicarnos  que a pesar de momentos tan adversos, la humanidad puede ser capaz de tener gestos de amor o de compasión.

No todo es pesimismo, frente a las sociedades que se constituyeron en base al miedo y la precariedad,  The last  of us nos demuestra que la humanidad pervive en gestos que  nos muestran  que la bondad más allá de discursos es una decisión,  y que  la risa, el arte, cultivar un huerto o compartir a pesar de la miseria,  son formas para escapar  de un  mundo donde el  horror no solo está afuera sino dentro de nosotros mismos,  y prosperar.  Donde la salvación se practica a partir de abrazar la compasión con una forma de testimonio y de vida.

Un ejemplo es la relación  entre  Joel y Ellie  que comienza como  un contrato donde él  debe asegurar el viaje de Ellie ,  para evolucionar hacia una relación entrañable , o la relación entre  Bill y Frank, que surge a partir de un gesto de confianza, y que busca cada día  sobreponerse al horror.

Desde ese punto de vista, The last of us  parece erigirse en una heredera del optimismo de H. G. Wells. Hace un siglo, H.G. Wells  inauguró  la literatura  distópica con su obra  La máquina del tiempo, en la que  un inventor, visitaba del siglo XIX hacia un futuro donde la  humanidad había  desaparecido hasta convertirse en dos razas o especies: los eloi y los morloks, condenadas a enfrentarse entre sí.  Una novela donde  el viajero lejos de  sentarse  a contemplar, trataba de tomar partido.

Wells  era un optimista,  una persona  que  pensaba  en que  al final  del día, en que  esas experiencias límites como las pandemias o las catástrofes amenazaran la extinción de la humanidad, la supervivencia de esta no podía depender de la  fuerza bruta o la inteligencia, sino que la salvación de la humanidad se encontraba en la compasión y el amor  a los demás.  Más de un siglo después, el mensaje  de Wells se mantiene  vigente, aunque a veces parezca un eco  lejano.

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Por Mario Ramirez

Abogado de formación, labora en la Asamblea Legislativa de Costa Rica, Departamento Legal.