Mario Ramírez Granados: Las veredas de la imaginación – La palabra como resistencia

Pero  la palabra  como las  aves, persiste. Como las aves, desconfía de las jaulas, así sean estas de oro y frente a la percusión, buscan lugares cálidos seguir cantando  y  conmoviendo  la imaginación de lectores y lectoras. Así, el festival  Centroamérica cuenta, reside en Guatemala.  Ojalá las nuevas  autoridades de cultura, y  un empresariado sensible  se sumen a este tipo de iniciativas y abran sus  brazos  para  acoger  en nuestro país iniciativas como el  festival de Granada. El istmo lo necesita.

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Mario Ramírez Granados.

En algunas partes del mundo,  la palabra es más que  un  divertimento o una forma de escapismo, se convierte en  una  forma de resistencia para repensar la sociedad y trascender nuestras circunstancias. Es ahí donde  la literatura  y la filosofía convergen.

El mayor  reto  para la Palabra,  es que  hay  sectores   que no  toleran  la pluralidad de voces, sino  que  privilegian  el monologo,  donde solo puedan  escucharse  a sí mismos. La historia  registra  estos proyectos de una unanimidad, ya  sea desde los púlpitos o desde las  curules y estrados. Cada generación,  nuestras sociedades  parecen  enfrascarse en una lucha por el control de la palabra, en donde  las promesas de cambio político  devienen  en proyectos de  unanimidad social, donde la vida social  camina  en una sola dirección y donde  solo  caben  la obediencia  y el aplauso.  Estos proyectos políticos tratan de infiltrarse en las instituciones y trastocarlas  en cajas de resonancia del gobernante de  turno.

En este tipo de experiencias, la labor de actividades como la oposición política o el periodismo de investigación aparecen como las primeras víctimas de la unanimidad. Allí donde un proyecto político logra la unanimidad,  el poder  no tarda en convertirse en  un vicio  para los que  gobiernan y  en una  enfermedad  para los que terminan  sufriendo  sus efectos.

Frente a la unanimidad, surge como resistencia  la literatura, a veces sin proponérselo. Desde  sus orígenes, la literatura  incomoda al poder,  al  poder  retratar los vicios  de su sociedad  de origen e imaginar sociedades diferentes, o  simplemente  burlarse  del poder.  Es por ejemplo la crítica  presente en los personajes de Víctor Hugo, John Steinbeck o en nuestras tierras los animales de Monterroso, entre  otros  tantos.

Un  pícaro  que se burla de sus  amos, como el  Lazarillo de Tormes,  los círculos del infierno que recorren Dante y Virgilio,  o un camaleón  que trata  de usar  su colorido  mimetismo  para encajar políticamente, son solo  algunos  ejemplos  a lo largo de la historia  del papel de la literatura para  criticar a personajes de  su época. Otros  incluso, afinan  su bisturí  y van mostrando  las capas de la corrupción moral. Es el caso del retrato de Vargas Llosa de  Trujillo  y su Corte en  la Fiesta del  Chivo , o los empresarios  y aparatos corruptos  a los que se enfrentan el detective Dolores  Morales dentro de la sociedad nicaragüense, que nos presenta  Sergio  Ramírez en sus novelas policiacas..

Pero el poder  en muchas ocasiones  no tolera expresiones distintas  al  aplauso y  opta por  perseguir a la diversidad  y sus creadores.  Así surge  la censura,  de todos  los pelajes ideológicos  y religiosos. Nuevamente los libros  nos relatan las crónicas de la persecución  de  autores y autoras a lo  largo de la historia,  que van desde la quema de sus libros, el encierro, el exilio.  Así,  llegan a nuestros días   las crónicas del juicio  por inmoralidad  contra Baudelaire por sus  Flores del mal o la Madame  Bovary  de Flaubert,  como en su día  fueron víctimas de la censura religiosa, autores de la calidad de  Galileo  Galilei o Giordano Bruno. El censor  se retrata como una persona anclada a sus prejuicios  y a su deseo de agradar al poder, que trata de imponer. El ejemplo del curita siciliano que se deleita en cercenar  películas,  porque le avergonzaban  la inmoralidad de los besos, o el hombre  enfundado de Chejov  que censuraba que las mujeres anduviesen en bicicleta porque le  horrorizaban la libertad que les daba este medio de transporte, son solo  algunas caricaturas  de  este tipo de mentalidades estrechas.

Hoy  en día,  parecen  volver a surgir  intentos por imponer la  unanimidad  en nuestra  Centroamérica.  Hoy el régimen sandinista  ha sumado a esta  ominosa lista  de formas  de persecución,  la clausura de  espacios de  comunión como  los festivales culturales.  Este  parece el precio  para los que piensan diferente o simplemente  no coinciden con la oficialidad. Una primera víctima fue el Festival Centroamérica cuenta,  hoy  es el Festival de Poesía de Granada.

Pero  la palabra  como las  aves, persiste. Como las aves, desconfía de las jaulas, así sean estas de oro y frente a la percusión, buscan lugares cálidos seguir cantando  y  conmoviendo  la imaginación de lectores y lectoras. Así, el festival  Centroamérica cuenta, reside en Guatemala.  Ojalá las nuevas  autoridades de cultura, y  un empresariado sensible  se sumen a este tipo de iniciativas y abran sus  brazos  para  acoger  en nuestro país iniciativas como el  festival de Granada. El istmo lo necesita.

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