Marjorie Ross: De la novela “El Secreto Encanto de la KGB” – La escena del crimen

El Secreto Encanto de la KGB: Trostky y Frida Kahlo

Marjorie RossEscritora y periodista. 

La escena del crimen

Así entre los breñales se juntaron
mariposas y huesos de difuntos,
amapolas y dioses olvidados.
Pero los dioses no olvidaban.
Pablo Neruda.
Serenata a México.

 

El tiempo es solo un paisaje cuya totalidad no contemplan nuestros ojos. Así, el primer capítulo de esta obra de realismo mágico-socialista comenzó en tierras del México de “El Coronelazo”, mientras aún se escuchaba la Internacional en los frentes de España.

Diego Rivera y Frida Kahlo, esa extraña pareja compuesta por un elefante genial –el sapo-rana, como ella le llama­­– y una paloma incurablemente herida, no se unieron a las Brigadas Internacionales, pero asistieron en México a todas las manifestaciones en favor de los republicanos. Sin embargo, sus encuentros y desencuentros con el Partido Comunista Mexicano (PCM), cada vez más estalinizado y rígido, los han vuelto a acercar al pensamiento de Trotsky. Es gracias a sus repetidos ruegos ante el presidente Lázaro Cárdenas, que México decide otorgarle asilo al bolchevique errante, expulsado de Noruega.

Natalia Sedova, Frida Kahlo y Lev Trotski

El 9 de enero de 1937, los Trotsky desembarcan del buque cisterna Ruth, en el Puerto de Tampico. Su primera mirada a tierra mexicana les muestra un extravagante comité de recepción: Frida ataviada con el llamativo traje de india tehuantepeca, desentendida del calor, ríe a carcajadas con un grupo de trotskistas norteamericanos que la acompañan. A pesar del telegrama que la dirección del PCM le ha enviado al Presidente, no hay ni un obrero, ni un sindicalista, ni mucho menos algún cuadro del partido que manifieste su repudio en el puerto. El texto del mensaje más parece una bravata imprudente:

—“Tu programa en materia internacional ha sido hasta hoy, principalmente, el programa de Stalin; no debes, en consecuencia, abandonarlo. Si no revocas el permiso para que Trotsky venga a México, el Partido Comunista movilizará las masas del pueblo e impedirá que Trotsky pise territorio nacional”.

Fútil y ridícula amenaza. El pequeño partido comunista mexicano, que se mueve bajo la égida de su homólogo estadounidense, no tiene la fuerza para respaldar su dicho. La comitiva de recepción y los Trotsky abordan el tren personal de Cárdenas, El Hidalgo, que está allí para que el visitante se traslade a la capital, sin el más mínimo contratiempo.

Al llegar a la casa de la familia Kahlo en Coyoacán, les espera una comida mexicana que Frida se ha esmerado en planear. En la mesa principal, escrito con flores, se lee: “Arriba la Cuarta Internacional. Viva Trotsky”. El desfile de exquisiteces criollas, principalmente el sabor fuerte y sorprendente de los chiles en nogada, impacta a los visitantes, así como las canastas de frutas que la pintora ha ordenado colocar por todo el comedor. El aroma de las piñas, los colores de mameyes, aguacates y granadas, el canto de las aves, y la presencia de los animales domésticos, todo ofrece una acogida abierta, una feracidad hospitalaria que contrasta violentamente con lo que los Trotsky han vivido en su duro exilio.

Esa primera marejada de hospitalidad de Diego y Frida, lleva a León y a su mujer a quedarse allí en la Casa Azul, oasis en donde Trotsky, según Frida le dice con picardía, estará a salvo de sus enemigos, protegido por el color azul índigo de los templos aztecas. Con esas vibraciones protectoras, escribe el borrador del Programa de la Cuarta Internacional.

La pareja de pintores pasa en ese momento por una de sus tormentosas fases de contradicción amor–odio–amor, una pasión sadomasoquista en la que Frida lleva la peor parte. Como lo expresa ella en su diario, la suya es una entrega más bien unilateral.

—“¿Por qué le llamo mi Diego? Nunca fue ni será mío. Es de él mismo”.

La cercanía de Trotsky, quien a su edad conserva todo su carisma y encanto, despierta el espíritu burlón que habita a Frida, quien con la vitalidad de sus veintiocho años, comienza a coquetearle y a seducirlo sutilmente con innata habilidad.

En medio del impacto de las sesiones de la Comisión investigadora conjunta de los procesos de Moscú, que preside el filósofo norteamericano John Dewey, la atracción que la mexicana le provoca a Trotsky lo lleva a actuar, a sus casi sesenta años, como un jovenzuelo enamorado. Entre ambos se cruzan cartas y mensajitos furtivos, ocultos entre los libros que intercambian.

Llega julio de 1937 y a Diego se le ocurre que al líder ruso le caerían muy bien unas semanas en una hacienda en Gómez Landero, para escribir y disfrutar de la equitación y la pesca. Es la oportunidad que Trotsky y Frida andan buscando y arreglan para estar juntos esos días. Su affaire amoroso es tan obvio, que Natalia no oculta su molestia y varios miembros del entourage, como el secretario de Trotsky, Jean van Heijenoort, se muestran desconcertados.

Para la joven pintora, Trotsky es una ficha en su complejo juego emocional. Por un lado, a la distancia, desde su ingreso a la Juventud Comunista en 1927, se ha sentido muy atraída por Stalin. Pero escuchar hablar a Diego, horrorizado por las purgas de los héroes bolcheviques, la ha hecho cerrar filas ahora al lado de León Davídovich. Los meses de íntima convivencia con León y Natalia, sin embargo, le han presentado a su intuición y sensibilidad una visión del excomisario bolchevique distinta de la que proyecta la imagen oficial. Por eso ha sabido, con maestría, hacerlo formar parte de su séquito, uno más en la lista de breves amoríos, que a nivel interno no llegan a competir con Diego, su auxocromo (“el que capta el color”), para quien ella es su cromófero (“la que da el color”). Por otra parte, no puede evitar vivir con fruición esta pequeña gran venganza: traicionar a Diego nada menos que con Trotsky, su admirado camarada, su líder, hiriéndolo como él la ha herido a ella tantas veces y, especialmente, haciéndole pagar su brutal infidelidad con su hermana Cristina.

Ante la presión de sus allegados, “El Viejo” recapacita. Acepta terminar con Frida, y decide revelarle a su esposa el dilema en que se encuentra, prisionero de las angustiosas inequidades de una pasión tardía. Aunque en primera instancia ella se sume en la depresión, pronto la relación entre los Trotsky comienza a restaurarse. Frida le dedica y obsequia un autorretrato de cuerpo entero, con el que queda sellado el rompimiento. Años después, esa pintura jugará un papel en la que será la misión suprema de Iósif Griguliévich.                                                                           Es ya abril de 1938 y la llegada del poeta surrealista francés André Breton y su esposa Jacqueline Lamba, quienes se alojan en la casa de los Rivera en San Ángel, pone un poco más de animación a la vida de los exiliados. Las tres parejas se van de viaje a Pátzcuaro, y los días transcurren entre discusiones de arte, paseos para desenterrar cactus para la colección de Trotsky, banquetes con quesadillas de flor de calabaza preparadas por Frida, y la redacción del documento “Manifiesto por un arte revolucionario independiente”, que se publica en el Partisan Review.

Pasarán varios meses sin que Rivera se entere de que hubo una relación íntima entre Trotsky y su esposa, pero llega el momento en que, en ausencia de la pintora que se va a Nueva York y París, alguien comete la infidencia. Como no puede ser de otra manera, el pintor se siente maltratado por ese contacto explosivo y extraño entre el bolchevique y su “Fisita”, aunque él se sabe el dueño absoluto del alma de la Kahlo. Por si quedara duda, ella lo escribe en todas partes: “Diego principio. Diego constructor. Diego mi niño. Diego mi novio. Diego pintor. Diego mi amante. Diego mi esposo. Diego mi amigo. Diego mi madre. Diego mi padre. Diego mi hijo. Diego yo”.

El conflicto se agudiza. En una de sus ocurrencias de ogro bohemio, Diego le regala a Trotsky, el 2 de noviembre, una calavera de azúcar con el nombre de Stalin. El ruso no entiende el humor auténticamente mexicano que hay detrás de ese gesto y la manda a destruir, muy ofendido. Ya para entonces las diferencias entre ambos se hacen incontrastables y Diego se ve empujado por el círculo de íntimos del ruso a abandonar la Cuarta Internacional (…).

 

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