Mauricio Ramírez: Construyamos el porvenir

Cuando ese hartazgo de las clases sometidas llega a su punto máximo, casi siempre hay estallidos sociales de diversos tipos y manifestaciones de irreverencia contra la autoridad.

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Mauricio Ramírez Núñez, Académico.

En sociedades tan complejas y confundidas como las de nuestros días, el crear conciencia social profunda que desemboque en un accionar político transformador e innovador es tarea ardua. En un mundo donde la verdad es lo que menos importa y las opiniones sin ningún tipo de fundamento pasan a ser criterios válidos para tomar decisiones importantes, parece ser que el pensamiento profundo y serio sale sobrando o al menos estorba a quienes manejan los hilos detrás del escenario que llamamos realidad.

Y es que, el poder hoy no castiga ni disciplina, hoy trabaja a través de la seducción, la atracción. En estas épocas llamadas por algunas posmodernas, lo irracional se viste de razón, lo absurdo de sentido común y lo contradictorio se funde en una especie de sincretismos, los cuales jamás imaginaríamos ver en el siglo pasado. La pérdida de memoria histórica y en consecuencia, de conciencia política en las nuevas generaciones, impide a la ciudadanía en general despertar del sueño profundo donde habitan en lo referente al mundo y su realidad. Los problemas se siguen acumulando y las nuevas luchas son cada vez menos profundas de contenido y pensamiento, pero más enfocadas en emociones.

No obstante, siempre llega un momento, por ley universal, que las cosas sobrepasan el límite de lo aguantable y el hartazgo aparece de un pronto a otro, como fantasma por la noche. Es cuando aquellas élites gobernantes se asustan y de inmediato buscan neutralizar a través de múltiples artimañas mediáticas y manipulación, algo muy sencillo de hacer en un mundo hiperconectado y con tanto exceso de (des)información. Olvidamos desde luego, la existencia de problemas históricos y estructurales no resueltos, olvidamos que más que nos hablen de horizontalidad, las jerarquías y el poder sigue existiendo como hace 5000 años, con modos diferentes, pero poder, al fin y al cabo.

Es lógico que al existir esto, van a haber injusticias sociales, ambientales y abusos por parte de quienes detentan el poder económico y político, grupos que, de paso, se consideran los poseedores de la verdad solamente por ser los dueños de la estructura económica, política y social. Para ellos nunca hay nada malo, y si lo hubiese, es culpa de otros que no cumplen con sus deberes correctamente. De eso están plagados hoy los partidos políticos y los tanques de pensamiento de esas oligarquías, estas son parte de las razones por las cuales las estructuras de intermediación social clásicas (partidos políticos, iglesias, sindicatos, etc) se encuentran en crisis; se han desvirtuado, han perdido su norte, olvidaron sus valores o los relativizaron en nombre del mercado y el progreso. Uno que solo ha causado, además de una tremenda acumulación de riqueza en muy pocas manos, la muerte en masa de la madre tierra, dicho sea de paso.

Cuando ese hartazgo de las clases sometidas llega a su punto máximo, casi siempre hay estallidos sociales de diversos tipos y manifestaciones de irreverencia contra la autoridad. No en vano la Revolución Francesa ha sido un acto histórico y ejemplar en muchos ámbitos de la vida política, filosófica, sociológica y hasta psicológica de la civilización occidental, los grandes y famosos principios de libertad, igualdad y fraternidad siguen siendo baluartes en las luchas políticas aún siglos después de haber sido causa de aquel gran acontecimiento histórico.

Esto hizo en la época despertar las conciencias de las grandes masas dormidas, anestesiadas o en estado de profundo confort bajo el orden imperante. Todo tiene un límite de lo aguantable, en todos los países existen historias similares, vidas luchando por conservar lo que les oprime y otras buscando emanciparse de esas cadenas para construir una realidad diferente, más justa, existencialmente más soportable.

Las formas de lucha cambian y evolucionan con el paso del tiempo, toda nación pasa por ciclos de bonanza y crisis, cada clase social forma sus propios intelectuales orgánicos para defender sus intereses y cada persona que vive en carne propia la realidad del día a día, y no se siente representada por ningún actor sociopolítico, es la que en Costa Rica está empezando a despertar. No ignoremos el malestar popular legítimo, no desoigamos el llamado de las personas humildes y necesitadas, recordemos la historia, construyamos el porvenir.

 


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