Mauricio Ramírez Núñez, Académico.

Las condiciones económicas que le daban estabilidad a la democracia liberal y sustento a las conquistas sociales y derechos individuales en épocas pasadas ya no existen. El debilitamiento del Estado de bienestar en occidente a partir de la crisis del petróleo de los años setenta y el demoledor colapso financiero global de 2008, son dos ejemplos que muestran ya los límites de una civilización cuya base material de su sistema económico es la especulación y la dependencia en su totalidad, aún hoy, de fuentes de energía altamente contaminantes, a precio bajo, y con posibilidad de escasear en el mediano plazo conforme aumenta su demanda.

La democracia iliberal o democracia sin derechos, y el liberalismo no democrático (derechos sin democracia), se ha empezado a convertir en el fenómeno por antonomasia, en respuesta a esa falta de resonancia de la clase política tradicional, tanto de izquierda como derecha, con la ciudadanía. Por su parte, los defensores de la democracia liberal, tal cual la conocemos hoy, sin importar la ideología que profesan, parecen gozar de poca credibilidad, en particular si esas voces pertenecen a partidos políticos habituales o asociados de alguna manera a aquellas prácticas políticas hacia las cuales las personas manifiestan fuerte rechazo.

Autores contemporáneos como los ingleses Gidron y Hall están escribiendo sobre la relación existente entre el auge del populismo y la creciente fragmentación que viven las sociedades. Estos académicos plantean que el creciente apoyo a partidos de corte radical está asociado a sentimientos de marginación y desintegración social. La pérdida de sentido de pertenencia a la comunidad no solo genera marginación y problemas de violencia e integración, sino que promueve el auge de partidos considerados populistas.

Las personas tienden a sentirse socialmente marginadas en las sociedades del descenso, entendidas según el sociólogo alemán Oliver Nachtwey, como aquellas donde la movilidad social ya no es sinónimo de progreso o mejor calidad de vida, a pesar que las personas posean estudios superiores; el miedo a no ascender socialmente, a no obtener un mejor salario o empleo, perder el estilo de vida adoptado o el temor de no poder llegar a fin de mes, provoca un descontento tal, que es natural la búsqueda política de responsables ante dichas situaciones. Cada vez hay que correr más no para estar mejor, sino para no descender.

Esos sentimientos de marginación social pueden tener múltiples raíces ancladas a graves problemas estructurales que perpetúan desigualdades cada vez más evidentes y menos toleradas socialmente. En otras palabras, entre mayor sea la exclusión del modelo económico imperante en nuestras democracias liberales, mayor será la desafección hacia ésta y más fuerte será la polarización social, así como las manifestaciones de carácter nacionalista y populista que se den en cada país afectado por esta realidad.

Si a esta realidad se le suma el impacto que ha tenido la Covid-19 en América Latina y el Caribe sobre las clases medias en general, el descontento social pasa a ser parte de la nueva normalidad de la región, con altas probabilidades de conflicto social. Datos recientes del Banco Mundial respaldan estas afirmaciones; la pandemia ha llevado alrededor de 5 millones de personas de clase media a estados de mayor vulnerabilidad socioeconómica y pobreza. En el año 2020, la clase media se redujo a 37,3%, la clase vulnerable creció a 38,5% y los pobres representaron el 21,8% de la población de la región. Además, el vicepresidente de esta organización para América Latina y el Caribe, Carlos Felipe Jaramillo, declaró en 2021 que; “la región de América Latina y el Caribe se encuentra en una encrucijada, el retroceso de conquistas sociales que tanto costaron corre el riesgo de volverse permanente a menos que se lleven a cabo reformas enérgicas”.

El ensayista italiano Pierfranco Pellizzetti, en su libro El Fracaso de la Indignación, parte de un hecho histórico reciente que puede servir como base para entender estos nuevos fenómenos políticos; la crisis económica de 2008. Dice el autor que dicha recesión, paradójicamente, dejó las manos libres al neoliberalismo para actuar como le plazca, acelerando las desigualdades y profundizando otras. Explica que todos aquellos famosos movimientos de indignados y de ocupar Wall Street solo sirvieron para aumentar la frustración social debido a los prácticamente nulos cambios que generaron. Esta impotencia conlleva al fracaso de la indignación.

La crisis de 2008 agudizó las desigualdades, aumentó la pobreza y el descenso social, lo cual  provocó indignación y la manifestación de movimientos sociales en diversas partes del mundo exigiendo cambio estructurales y radicales en el modelo económico, pero todo siguió igual, las condiciones de vida de millones de personas excluidas sigue empeorando aunque lleguen gobiernos de izquierda o derecha al poder, aunque haya democracia con derechos. No es de extrañarse entonces, que frente a esta realidad objetiva heredada de la globalización y su dualidad de ganadores y perdedores, una vez fracasada la indignación lo que venga sea una polarización radical de la sociedad, y por último, el conflicto social manifestado de múltiples formas como vemos hoy en diversos países de América Latina y el Caribe.

Aquí es donde surgen los sentimientos de resentimiento social, miedo al futuro, deseos de redención, así como la búsqueda de héroes, villanos y traidores que dan auge al populismo como fenómeno político. Este puede ser capitalizado por diferentes fuerzas políticas de diversas ideologías, en este caso, lo hacen aquellos líderes y movimientos que nacen en la periferia de los partidos políticos tradicionales, en contra de toda la clase política desgastada o casta que sigue defendiendo de una u otra manera el orden vigente, considerado como inaceptable, de privilegios e inmoral por el pueblo. Ya aquellos no son opción ni tienen el mínimo de credibilidad para las nuevas mayorías y los sectores excluidos de la globalización y el desarrollo.

Como consecuencia, ese retorno del pueblo en reserva como lo llama la teórica política inglesa Margaret Canovan, posicionado en contra de las castas, se opone también en gran medida, a la lógica propia de la globalización que desterritorializa y desnacionaliza. Por el contrario, son fenómenos que buscan volver a lo local retomando la identidad nacional y cultural propias como bandera ideológica de lucha contra el orden globalista transculturador de occidente, el cual pareciera haber generado una especie de consenso entre las fuerzas políticas de distintos tintes ideológicos que se turnan el poder, y que hasta hace poco, no muchos se atrevían a cuestionar. De ahí que el fenómeno populista no sea de minorías como lo quieren hacer ver, y además, cuenta sociológicamente con una composición muy heterogénea; hay personas de todos los estratos sociales que se llegan a identificar con la figura del líder redentor, pues en todos los estratos de la sociedad, la globalización económica y Estados mal administrados han dejado perdedores y excluidos.

Pero vamos un poco más allá para comprobar que el “frío no está en las cobijas”, y que éste fenómeno es solo un síntoma y no una causa. Un demagogo puede ser populista, un liberal, socialista, demócrata o estadista pueden ser populistas. El populismo es un habitante natural de la democracia afirma Aibar Gaete. No se puede ni debe reprobarse a priori como si fuese un virus, es de alguna manera y desde una perspectiva no prejuiciada ideológica o intelectualmente, el despertar del pueblo en reserva (o gran parte de él), soberano sobre el cuerpo político que se rebela contra las castas del establishment. Eso en esencia, de ninguna manera puede censurarse ni mucho menos criminalizar, lo cual sí sería una verdadera actitud antidemocrática. Así como han existido populismos exitosos, hay muchos que han fracasado y hecho estragos por donde pasan. Como todo en la vida, tiene dos o más aristas.

La demagogia (definida como ganarse con halagos, retórica, y manipulación el favor popular), la corrupción política, la violencia económica, la pobreza, las desigualdades y todas las brechas estructurales arrastradas por años, son los problemas que deben ser analizados haciendo la correcta separación de temas y poniendo las cosas en su lugar para evitar confundir términos y hacernos nudos gordianos que nos terminen ubicando en posturas contradictorias frente al pueblo. Si estos males adoptan la forma de fenómenos populistas, deben ser combatidos, en la misma medida que cuando lo hacen en democracia y la degradan. No hay sistema político ni forma de gobierno que esté exento a esas verdaderas enfermedades, que son las responsables de la pérdida de credibilidad en la democracia, la institucionalidad, los políticos y la política misma.

En ese sentido, el populismo llega cuando la democracia ha sido ya suficientemente degradada, manipulada y mancillada por las castas político-económicas que han detentado el poder por años. Es lo que sucede en un sistema cuando la indignación fracasa y los mecanismos de diálogo y contención fallan. Por eso, desde un punto de vista de filosofía política y práctica, atacar el populismo per se es un error, desde esta perspectiva, se estaría vetando al pueblo o amplios sectores de la ciudadanía como sujeto político legítimo y con derechos, así como su sentir frente a las condiciones objetivas de vida que sufren y son las detonadoras de su malestar y enojo.

En América Latina llevamos varios años estudiando la demagogia y el populismo de izquierdas y derechas como si fuesen lo mismo, y el enfoque utilizado para encararlos la mayoría de las veces ha tenido un terrible sesgo ideológico que estigmatiza y desvía la atención hacia otros temas, esquivando estratégicamente varios de los problemas reales de fondo que ocasionan esos fenómenos y son las bases estructurales de la desigualdad, la marginación y la desintegración social en la región; la concentración de la propiedad y la riqueza, políticas fiscales regresivas con efectos distributivos muy limitados y mercados laborales con alta proporción de puestos de trabajo de mala calidad, como plantean los especialistas Gabriela Benza y Gabriel Kessler.

La demagogia y todos esos males de los cuales hemos hablado aquí y demostrado que no son culpa del populismo como tal, se combaten no con shows mediáticos y ataques políticos entre los diferentes sectores y actores. En un escenario así, donde la retórica y la posverdad alimentada por la desinformación dominan, todos pasan a ser demagogos y verdugos de la democracia. Todo eso solamente fortalece la polarización social y fomenta el conflicto, así como a la figura outsider, que se presenta como héroe luchando contra la casta dominante, dándole así más herramientas y poder para que de verdad pueda atentar contra el orden, no para necesariamente mejorarlo.

Pero justo ahí está el detalle y lo complejo de esta realidad, porque tampoco todo outsider o movimiento político nuevo y disruptivo que quiera hacer cambios estructurales urgentes puede considerarse como nocivo, que atente contra la democracia, o que busque imponer su voluntad por encima de todos para beneficiar a pequeños grupos y castas que se encuentren detrás de la fachada del caudillo. Esta es la otra cara del nacional-populismo que aún sigue sin explorarse y debatirse ampliamente por miedo a la corrección política y a la tiranía de las etiquetas.