Mauricio Ramírez Núñez, Académico.

La indignación ha sido históricamente una fuerza poderosa que ha impulsado cambios sociales y políticos significativos en diversas sociedades. Sin embargo, en la política contemporánea, parece haber surgido un problema preocupante: el fracaso de la indignación como motor de transformación y su relación con la crisis de la democracia, haciendo que dicho estado de insatisfacción pierda efectividad en el devenir de los acontecimientos políticos contemporáneos.

Esta declinación puede atribuirse a varios factores:

  1. Sobresaturación informativa: En la era de la información o infocracia y las redes sociales, el flujo constante de noticias, opiniones y eventos dramáticos ha resultado en una sobresaturación que atenúa la capacidad de la sociedad para mantener la indignación ante cada nueva situación. Hay una especie de indolencia frente a la barbarie política, económica y ambiental. En el mejor de los casos, esa indignación solo llega a durar unas cuantas horas, pero al final pasa y todo sigue como si nada.
  2. Manipulación de la indignación: La politización de la indignación ha llevado a que ciertos actores políticos utilicen la emoción como herramienta para sus fines particulares, lo que socava su legitimidad y la percepción de la genuinidad detrás de las movilizaciones. Aquí la democracia empieza a pagar las consecuencias.
  3. Desencanto y desconfianza: La decepción generalizada hacia las instituciones democráticas ha generado un sentimiento de desconfianza en las vías tradicionales para canalizar la indignación, lo que a su vez disminuye su efectividad, aumenta la pérdida de certezas y toda esperanza de un futuro mejor, que en lugar de ser un factor movilizador y motor de cambio, hoy es motivo de depresión y graves problemas de salud mental entre la población que no comprende bien las relaciones objetivas que existen entre la estructura social y económica en la que vivimos y sus condiciones de vida inmediatas. En otras palabras, la persona subyugada no es consciente de ello.

Efectivamente, como dice el filósofo Byung Chul-Han, hoy es imposible la revolución porque somos seres depresivos y no revolucionarios: “el capitalismo del ‘me gusta’, el narcisismo creciente y el imperio del ‘smartphone’ sofocan cualquier tipo de levantamiento” y yo le agrego, que sumerge a la persona en una profunda soledad o auto exilio existencial, hasta reducirla a la derrota moral, situación que impide cualquier tipo de resistencia o alternativa política real de transformación social.