Mauricio Ramírez Núñez, Académico
Últimamente se han empezado a compartir ciertos enfoques de análisis geopolítico que no buscan comprender la realidad, sino instrumentalizar fragmentos de verdad para construir narrativas interesadas. En ese registro se inscribe la tesis recurrente de que China se encuentra al borde de una “parálisis” energética, dependiente de cuellos de botella marítimos y, por tanto, estratégicamente vulnerable hasta la asfixia. Es una afirmación llamativa, pero también es, en lo sustancial, intelectualmente deshonesta.
Que China sea el mayor importador mundial de hidrocarburos no es un secreto ni una debilidad recién descubierta. Es el correlato lógico de ser la mayor plataforma industrial del planeta. Confundir magnitud con fragilidad es un error elemental: las grandes potencias no eliminan sus dependencias, las gestionan, las diversifican y las subordinan a arquitecturas de resiliencia. Y en este punto, la estructura energética china dista mucho de ser el castillo de naipes que algunos pretenden describir.
El énfasis obsesivo en el Estrecho de Ormuz como “punto de inflexión” revela una comprensión lineal, y por tanto obsoleta, de la geoeconomía contemporánea. China ha invertido durante décadas en amortiguar precisamente ese tipo de riesgos: reservas estratégicas de gran escala, diversificación de proveedores que abarca desde Rusia hasta Brasil, y una densa red de infraestructura terrestre que reduce la dependencia exclusiva de rutas marítimas. La vulnerabilidad existe desde luego, como en toda economía compleja, pero está lejos de ser absoluta, inmediata o unilateral.
Más aún, el argumento que pretende demostrar dependencia a partir de la concentración de exportaciones energéticas de Irán hacia China invierte la relación real de poder. En contextos de sanciones, no es el comprador quien queda atrapado, sino el vendedor. La asimetría es evidente: China puede sustituir parcialmente flujos, Irán no puede sustituir fácilmente a su principal cliente. Presentar esto como una debilidad china no es análisis: es inversión interesada de la coyuntura geopolítica.
Tampoco resiste escrutinio la idea de que el cierre de Ormuz produciría un colapso específico de China. Un shock de esa naturaleza sería sistémico, afectando de forma inmediata a economías altamente dependientes como Japón o Corea del Sur, y generando una dislocación global de precios y cadenas de suministro, golpeando incluso a los mismos EEUU. La interdependencia contemporánea no permite escenarios de colapso selectivo tan fácilmente como sugieren las narrativas simplificadoras.
Por otro lado, la lectura psicologista que se hace del discurso de Xi Jinping, de interpretar referencias al “caos internacional” como signos de pánico, delata una ignorancia básica del lenguaje estratégico. Esa retórica forma parte de una construcción deliberada: cuestionar el orden internacional vigente, legitimar la transición hacia un esquema multipolar y posicionar a China como actor estabilizador alternativo. No es una confesión de debilidad, es un instrumento de poder simbólico.
En rigor, lo que subyace a estas tesis no es una evaluación seria de capacidades, sino una necesidad ideológica de imaginar grietas donde hay, en realidad, tensiones gestionadas. La geopolítica exige algo más que intuiciones dramáticas: requiere distinguir entre dependencia y vulnerabilidad, entre riesgo y colapso, entre retórica y estructura. Cuando esa distinción se abandona, el análisis deja de ser tal y se convierte en propaganda con pretensiones de lucidez.
Y en ese punto, la crítica no debe ser tibia: presentar escenarios complejos mediante simplificaciones groseras no es solo un error metodológico, es una forma de confundir categorías fundamentales sobre el análisis geopolítico contemporáneo.

