Mauricio Ramírez: Manifiesto para un pragmatismo estratégico

Frente a esta crisis de vida que desborda todo paradigma ideológico, la derecha y la izquierda históricas sucumben y pasan a ser lo mismo, solo que desde polos opuestos. Sin menospreciar los logros y triunfos del progresismo histórico, que son evidentes y muy respetables, hoy la ética utilitaria e individualista está en todo. Nuestra verdadera lucha debe ser por el sentido de la vida, la reciprocidad, y el valor compartido de las cosas: cooperación, solidaridad, comunidad, deberes y derechos colectivos.

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Mauricio Ramírez Núñez, Académico.

Los axiomas indiscutibles de la economía en la sociedad actual tienen que ver con aquel error o más bien, horror de Adam Smith, y que se propagó como pandemia por todo el mundo: hacer creer que el egoísmo y el interés individual llevado a sus máximas en todo el sentido y a todos los campos de la existencia era algo positivo y generaba bienestar colectivo. Grave error, pero como era filósofo y pensaba desde un imperio histórico, entonces todos, acríticamente lo tomamos literal, como una novedosa teoría “revolucionaria del progreso humano”. Vaya fe ciega en la razón de un solo hombre.

Esta teoría plantea que el individuo y su interés debe primar por encima del colectivo, ya que su afán por producir y acumular riqueza a costas de lo que sea (incluso la naturaleza), tarde o temprano va a derramar la copa y terminará beneficiando a todos por igual. Ya sabemos que esto es totalmente falso e ingenuo, pues, precisamente ese egoísmo de una ética utilitaria e instrumental hace que se busquen ingeniosamente mecanismos para evitar el derrame de la copa.

La psicosis colectiva creada por ese totalitarismo híper-individualista (no en vano muchos autores relacionan la esquizofrenia, la depresión y muchos trastornos de salud mental con el modelo económico y nuestra forma de vida), de vivir para producir, acumular riqueza y trabajar sin reparo, ha hecho que estemos hoy en lo que expertos llaman la sexta extinción masiva. Pues como toda enfermedad, sino se trata a tiempo genera efectos irreversibles y lleva a la muerte. En especial cuando se cree que no hay enfermedad, o simplemente, nos negamos a hacernos exámenes médicos conociendo sobre algo que no está bien en nuestro organismo.

La gran contradicción de ese modelo impuesto y mantenido por varios siglos hasta hoy, adoptado por todos, aunque muchos quieran diferenciarse ideológicamente, es la que nos tiene en el punto de no retorno como civilización. Y peor aún, la forma en que estamos enfrentado el problema es absoluta y completamente incorrecta e inadecuada, pues esto es algo que trasciende por completo el tema ideológico clásico.

El “virus mental o hackeo” que nos hicieron hace mucho tiempo sobre las bondades del egoísmo individualista como clave para el progreso social de todos, llevó a su primera manifestación histórico política: la burguesía como nueva clase social, que entró en pugna directa y llevó al fin del feudalismo y su sistema. Las revoluciones de 1688 en Inglaterra y 1789 en Francia, aunque por razones diversas y argumentos distintos, en el fondo, son el mejor ejemplo del cambio y disputa de esa nueva clase social frente al viejo orden político, esa batalla entre castas que comenzó para no dar vuelta atrás, así como del auge de un nuevo sujeto histórico.

Una vez que esa clase se consolida como nueva clase dominante y logra construir lo que anhela, y además, empieza a comprobar que el “egoísmo es bueno” en su práctica (no la de todos), surge su contra parte: el proletariado y los obreros, aquellos desafortunados que con derecho a todo, incluso a soñar con ese progreso individualista, de un pronto a otro, se quedaron sin otra opción más que de vender su fuerza de trabajo para sobrevivir en ese “nuevo orden”. Como consecuencia de ello, desarrollan una resistencia política e ideológica (ética colectiva) que se manifiesta con la primera revolución donde irrumpe verdaderamente el pueblo trabajador en la historia, como actor constructor en primer plano: la revolución rusa de 1917.

Hasta aquí todo va bien, podemos ver que dialécticamente las cosas “encajan” y la historia se entiende. Pero aquí es donde llega también el punto de inflexión, y donde debemos entender aquella máxima de los sabios que decía algo así como: lo único que no cambia es el cambio.

En nuestro desdén de afán y lucha por el poder (política), caímos en el gran error de creer que ese virus egoísta e individualista solamente estaba presente en esa clase social nueva y dominante hasta nuestros días. Esa visión mecánica y lineal de hacernos creer que ya porque se es de esa clase, se es malo e igual de egoísta (enemigo absoluto), cuyo fin último es solo la búsqueda del bienestar individual y la acumulación de riqueza, es una de las razones por las cuales no hemos podido detenerlo.

Pues se nos olvida que la vida en sociedad nos mezcla no solo con la producción y el trabajo, sino que es un conglomerado caótico de relaciones múltiples entre familia, estado, empresa, organizaciones sociales, movimientos y una pluralidad de recursos, ideas y personas que se relacionan siempre entre sí, con intereses muy diversos. Precisamente, ahí está el detalle, que el virus nunca tuvo fronteras ni barreras de ningún tipo, y nosotros creímos que era así. Nos equivocamos una vez más.

La gran resistencia ideológica al capitalismo, cual fue el comunismo, tenía su fortaleza estratégica en su resistencia moral producto de un estado de conciencia superior, que es innegable. Pero no por la ideología en sí misma. Si estudiamos la convicción que tenían grandes humanistas tanto en la época clasica, como en el oscurantismo incluso (Giordano Bruno por ejemplo), y en el renacimiento, podemos ver que son esas convicciones que tuvieron grandes revolucionarios de la izquierda histórica: ponían lo humano y colectivo por encima de todo, incluso de lo material, por eso eran humanistas precisamente. Pero eso, no es necesariamente ideológico, la conciencia no es ideológica, es un don que tiene el ser humano y que con un poco de espacio para la reflexión seria y profunda, puede desarrollarse sin ninguna interferencia para diferenciar el “polvo de la paja”, lo justo de lo injusto. Aunque aclaro, no está mal profesar una ideología política.

Tampoco podemos negar que existen muchos factores que inciden en la psicología, el pensamiento y la forma de ser de cada quien y cada pueblo. Con más razón aún, creer que son “universales” ideas como las creadas en el siglo XVIII por un escoses, que buscaba justificar el accionar del imperio del cual era parte, es otro de los tantos errores que se suman a la lista de este artículo. Ese etnocentrismo también lo padecía el comunismo y el fascismo. Todos son hijos de la modernidad.

Pero no nos desviemos de nuestro tema central. Mucho se ha hablado del fracaso del comunismo y el triunfo del capitalismo. Y es que no es tanto el capitalismo en sí mismo lo que le ha hecho seguir evolucionando y manteniéndose, sino de lo que se “agarra” este para seguir con vida: la naturaleza egoísta humana. De la misma manera que la bondad y solidaridad humana son reales y de ahí toman fuerza las religiones, así como múltiple cantidad de expresiones de cooperación entre humanos, con el tema del capitalismo sucede igual.

Por esa razón podemos ver personas muy creyentes y religiosas en todos los estratos sociales, económicos y políticos de un país; desde recolectores de basura, obreros, empresarios, campesinos y hasta presidentes. ¿No nos parecería absurdo creer que la religión y las personas creyentes son solamente de una clase social? Bueno, es exactamente lo mismo que sucede con el egoísmo y el individualismo moderno. Creer que solo existe entre banqueros, empresarios y políticos de derechas, es tan ingenuo, limitado e irreal, como creer lo anterior sobre la religión.

También en los partidos de izquierdas, en movimientos sociales y cualquier otra estructura humana no enfocada en la creación de riqueza, existe el egoísmo y la envidia llevada a su lógica de la competencia y sus correspondientes extremos. Esa racionalidad autodestructiva es también una realidad hasta en las familias, tanto ricas como pobres, sino, no habrían esas disputas por herencias, esas rivalidades entre hermanos, primos, etc. El virus egoísta entendido como virtud está en todo lado, pues nada ni nadie está por fuera del sistema.

Ahora bien, es cierto, existe un modelo que se aprovecha de exponenciar ciertas cualidades del ser humano porque le es útil, estamos claros, pero resulta que ese desequilibrio llegó a todos los espacios, clases y estratos de la sociedad, sin discriminar creencias, ideología o país. Y es ese virus, que está en nosotros mismos, el que debemos combatir con sabiduría, más allá de toda ideología política o económica.

No en vano, el oráculo de Delfos decía: “conócete a ti mismo y conocerás al universo y a los dioses”. El problema no está en el sistema en sí, sino en el sentido de la vida que tenemos y damos para alimentar ese sistema. Parece que aún no estamos a la altura de comprender estas nuevas verdades y realidades, seguimos enfrascados en batallas inútiles, mientras el rumbo del planeta se acerca cada vez más a su destrucción. Lo público y lo privado hoy no es garantía de nada, así de mal estamos.

Entender que ese egoísmo individualista es un nuevo totalitarismo dañino y destructivo, es entender y superar viejas concepciones ideológicas para dar pie a comprender que el problema no está en la empresa, la familia, el sindicato o el Estado. Hoy está demostrado que se necesita de todo y de todos, hasta del planeta mismo, no solo como fuente de materias primas y riqueza, sino como un miembro más de la familia humana que merece amor, cuidado y respeto. Lo que llaman nuestros pueblos indígenas, el buen vivir.

Esa es la verdadera enfermedad que requiere una medicina no ideológica, sino espiritual (no necesariamente hablo de religiosidad, aunque es opción respetable para muchas personas) y de conciencia. Al mismo tiempo, el capitalismo ha demostrado también ser un mito absoluto, pues nos hizo creer que iba a generar tanta riqueza que la iba a distribuir de forma igual entre todos, nos iba a hacer libres y traer el progreso, y lo que tenemos hoy es una distopía llena de problemas de salud mental, con niveles de acumulacion de riqueza y desigualdad nunca antes vistos, con millones de personas con trabajos miserables y condenados a la desesperanza, la ira y sin futuro. Sumado a un planeta sobre explotado que no da más.

Frente a esta crisis de vida que desborda todo paradigma ideológico, la derecha y la izquierda históricas sucumben y pasan a ser lo mismo, solo que desde polos opuestos. Sin menospreciar los logros y triunfos del progresismo histórico, que son evidentes y muy respetables, hoy la ética utilitaria e individualista está en todo. Nuestra verdadera lucha debe ser por el sentido de la vida, la reciprocidad, y el valor compartido de las cosas: cooperación, solidaridad, comunidad, deberes y derechos colectivos.

Un modelo económico donde se produzca riqueza responsable y racionalmente, para la vida y no para el hiper-consumo, para el disfrute y la dignidad, no para humillar a quienes no tienen. Un modelo que sepa redistribuir con justicia social y ambiental, un modelo consciente, respetuoso de los derechos humanos y los límites del planeta. La lucha está entonces en las empresas, sindicatos, las familias, los estados y todas aquellas estructuras de intermediación social donde el virus del egoísmo extremo está cercenando la creación de vínculos colectivos y comunitarios. Ahí debemos ser implacables, pues la única contradicción de nuestra época es sobrevivir o extinguirnos, egoísmo versus solidaridad.

Necesitamos estados éticos, empresas con sentido humano y social, así como familias realmente solidarias, comprometidas y unidas. Volver a tejer cohesión social y crear certezas no es únicamente un trabajo para el gobierno y la administración pública, es deber de todos y todas, tanto en el plano individual, como en el colectivo, pues constantemente estamos pasando de uno a otro y debemos ser conscientes de ello para el bienestar de todas las personas y del planeta.

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