Claudia Pérez Flores/Latinoamérica21

El fenómeno de la desinformación va en aumento y representa uno de los principales desafíos de nuestro tiempo. En los recientes debates presidenciales en México, la facilidad con la que se miente y se altera la realidad son reflejo de una crisis de la comunicación.

Esta crisis ha sido interpretada por el filósofo surcoreano Byung-Chul Han en su libro Infocracia como un trance de desaparición del otro, pues, en vez de apelar al diálogo, este desaparece al favorecer el dataísmo, la inmediatez, la espectacularización y el oportunismo.

Pongamos un ejemplo del primer debate. Ante la pregunta “¿cuál sería el plan integral para fortalecer el sistema de salud?”, la candidata Claudia Sheinbaum antepuso a la respuesta un posicionamiento sobre el tema de la embajada mexicana en Ecuador, y al priorizar ese mensaje se quedó sin tiempo para profundizar en la pregunta que se había planteado.

No oigo, no hablo y no veo: parecería una estrategia útil, pero sin embargo limita la alteridad y gana la superficialidad como una constante que perpetúa la información maliciosa que crece y se expande, lo que deja a la ciudadanía a la deriva.

Esta indiferencia no solo se da ante hechos lamentables como los feminicidios, sino también en la misma interacción entre candidatos. Más allá del formato, de lo que implica estar a cuadro y de la personalidad de cada uno, se prioriza la exposición del datismo para atacar al contrincante en lugar de tener un diálogo abierto.

En los debates, las propuestas y promesas en la discusión han carecido de sustento, lo que evita que se visualice un proyecto de nación —si es que existe— para el próximo sexenio. Esta opacidad genera incertidumbre, provoca que los aspectos sustanciales se desvanezcan y que prevalezca la falsedad.

Este engaño informativo se propaga a través de diversas expresiones, ya sea mediante la relación directa, indirecta, de manera recíproca, unilateral, privada o pública y en todos los elementos entre el comunicador y el mensaje, el comunicador y el medio, el comunicador y el receptor, y el mensaje y el medio.

Lo peligroso de no comunicarnos con la verdad es que estas prácticas laceran la confianza y debilitan las relaciones sociales cuando la falsedad del discurso se sustenta en la confrontación, la desacreditación y el anecdotario.

Ante la pregunta “¿Qué acciones sustantivas y con enfoque en derechos humanos va a realizar para atender las violencias contra las mujeres?”, la candidata Xóchitl Gálvez respondió con una historia personal y no contestó adecuadamente la pregunta.

Para Han, la crisis de la democracia es ante todo una crisis de la escucha, y de ahí su planteamiento de que el otro está en trance de desaparición. El otro, lo importante, la esencia de la vida misma por la cual todo sigue su curso y su desarrollo, queda en segundo plano.

De manera quizá sorprendente, considero que los auténticos ganadores de los debates han sido los ciudadanos, pues el nivel de preguntas formuladas a través de las redes sociodigitales y videograbadas han hecho eco de un ethos de credibilidad, confianza, fidelidad y respeto.

¿Podemos esperar que el nivel de disertación mejore en el último debate? Quizá no, pero no podemos dejar de exigir que se ponga en práctica la retórica del discurso y que las propuestas restablezcan una confianza social donde prevalezca la otredad y se contrarreste la falsedad del discurso; en otras palabras, que se apueste por una comunicación asertiva.

Claudia Pérez Flores es Doctora en Investigación de la Comunicación por la Universidad Anáhuac, México. Profesora de la Universidad Anáhuac y de la Universidad Panamericana, Ciudad de México.
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