Mía Gallegos: Curubandá en la cumbre

 Mía Gallegos.

Volcán Rincón de la Vieja

El paso del jaguar,
el susurro de los ríos,
los árboles alzados.
La montaña intensa respira.

Ahí en la tierra patria
algunas veces escucho un canto hechicero.
No sé de dónde proviene el bisbiseo,
pero ocurre tras un temblor.
Un día reconocí la voz: era Curubandá,
la hermosa
y desobediente hija del cacique.

Dicen que se enamoró de un hombre
de una tribu rival.
Vino el castigo: el padre de la joven
lo arrojó al volcán.
Curubandá se fue a vivir a las cumbres
de la ardiente montaña.
Tuvo un hijo
y lo lanzó al cráter para que estuviera con su padre.

En el tiempo sagrado,
ella aprendió a hacer curaciones,
cocimientos de lava,
hierbas,
plantas,
olores.
Creció su fama.
Llegó a la ancianidad,
se convirtió en chamana.
Ahora aconseja a los guerreros
pero no es posible verla.
De ella solo se mira una luz.

La busco por doquier entre los cerros,
hundo mis pies en el océano,
en los bosques busco refugio.
Ahora miro un árbol de cornizuelo,
me detengo a mirar las hormigas
y más allá, veo un inacabado sendero.

Es el paso del jaguar.
La húmeda huella marca sus dominios.
¿Y si le hablara?
¿Es que me escucharía esta inmensa diosa
del follaje y de la noche?

Quiero hallar a Curubandá,
Necesito un remedio
para un corazón maltrecho.

En la noche todos duermen.
Solo el jaguar circunda en la maleza,
entre los pastizales
Tal vez una sinuosa serpiente
muestre un camino…

¿Dónde hallaré a la chamana?
Profeta de siglos.
Se esconde en una laguna
cráter adentro.
Susurro su nombre.
Lo digo como un cantar.
La invoco.

De pronto un estallido,
El fuego brota,
la ceniza desciende.
Una voz baja de la cumbre
y me habla:
“El corazón herido es una bendición”,
me dice.
“No hay remedio para tu mal”.
Sigue el camino.

Me devuelvo por el incierto trecho.
El fuego sube en la cumbre del volcán.
A los lejos veo las chozas de los chorotegas.

Esta es mi tierra patria,
la más amada.

Las nubes se posan en el cielo.
Cientos de pájaros amanecen
en este bosque
y yo no quiero perderme.
Al final del camino
una luz me ciega.

 

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