Miguel Ángel Rodríguez: Empresarios y ciudadanos frente a un crecimiento lento

Miguel Ángel Rodríguez Echeverría, Economista (Ph.D.) Abogado.

Presentación en Programa Alta Gerencia INCAE, 2 de junio de 2023

La larga historia del hombre en la tierra nos relata un muy lento crecimiento. Varias centenas de miles de años después del inicio de las migraciones del homo sapiens desde África, al llegar la edad de la agricultura unos 10.000 años A.C. se calcula que habitarían la tierra un millón de personas.

Pero el crecimiento de la población y de sus capacidades productivas, o tal vez mejor decir de las capacidades productivas y de la población, a pesar de arrancar con un casi imperceptible ritmo, se fue acelerando.

Es muy diferente el concepto de crecimiento que hoy tenemos en nuestros modelos mentales del que tenían nuestros antepasados. Hoy lo esperado es el crecimiento. Y lo esperamos a la velocidad que hemos venido experimentando.

Antes de la revolución industrial el crecimiento de la producción o su caída estaban fundamentalmente determinados por la población y los recursos naturales. Se vivía tan cerca del nivel de subsistencia que imperaba una trampa malthusiana: si la población crecía inicialmente la producción también aumentaba, pero si crecía mucho y los recursos naturales estaban fijos operaban los rendimientos decrecientes del trabajo, y venían   hambrunas y pestes, y la población disminuía. Con la disminución de la población cambiaba la relación población recursos naturales y aumentaba la productividad marginal, y la población y producción crecían hasta que la población volvía a disminuir.

Gracias a trabajos como los del economista e historiador inglés Angus Maddison continuados por la Universidad de Groninga contamos con estimaciones de la producción a través del tiempo. Pero las dificultades de estimar los niveles de producción son cada vez mayores conforme es más antigua la época a la que se refieren. Por eso para darnos una idea de la velocidad del cambio utilizo los datos más comúnmente aceptados de la población humana en su evolución histórica.

Del año 10.000 antes de Cristo al 500 también AC la tasa anual de crecimiento de la población fue del orden de 0,05% anual. Escojo ese período porque el siglo V antes de Cristo es un tiempo de importantes transformaciones en Occidente y en Oriente que aceleran la producción después de la época agrícola. Para dar una idea de los cambios en la velocidad voy a referir los cambios en la población mundial a la tasa de crecimiento de ese segmento de la historia.

En los siguientes 5 siglos la tasa de crecimiento de la población fue casi tres veces mayor, aunque siempre muy baja para los ojos acostumbrados al crecimiento de los últimos siglos. La producción permitía a muchas más personas habitar nuestro planeta.

Pero del inicio de la era cristiana hasta el año 1000 la tasa de crecimiento de la población se redujo drásticamente volviendo a un nivel similar al que predominó antes del siglo V AC.

Ya en la alta edad media el crecimiento vuelve a acelerarse y del año 1000 al 1500 es dos veces el de la etapa agrícola. No se logra recuperar el ritmo de los cinco siglos antes de Cristo. Para el año 1500 se estima que la población mundial fue de unos 438 millones.

En el primer milenio hay dos períodos divididos por la caída del Imperio Romano. Antes de esa caída la tasa de crecimiento de la población debe haber sido similar a la de los cinco siglos antes de Cristo. Luego se da una importante disminución de la población. Eso nos lleva a la conclusión de que en los mil años posteriores a la caída del Imperio Romano la población no creció, claro con épocas de crecimiento y con otras de disminución como la causada por la peste negra.

En el siglo X alguien se dormía y despertaba cien años después y apenas si podría notar alguna diferencia. El crecimiento era muy lento. No estaba integrado en el modelo mental con el cual las personas asimilaban la realidad que las rodeaba.

Pero las cosas empiezan a cambiar.

De 1500 a 1700 se vuelve al nivel de crecimiento de la población de los cinco siglos antes de Cristo, o sea tres veces más rápido que en la época agrícola.

De 1700 a 1820 antes de que se acelere la Revolución Industrial el crecimiento es nueve veces más rápido que en los 10 milenios antes de Cristo.

La aceleración se sigue intensificando.

De 1820 a la Primera Guerra Mundial la tasa de crecimiento de la población es 12 veces la de los milenios agrícolas. Luego desde la Primera Guerra hasta mediados del siglo XX es 19 veces mayor y explota a 34 veces en la segunda mitad del siglo pasado.

En este siglo se reduce, pero sigue siendo 21 veces mayor.

A partir de la revolución industrial la concepción del crecimiento cambió.

Primero por la importancia de la inversión y la acumulación de capital. Con un crecimiento más rápido del capital la productividad del trabajo aumentaba.

Luego se aceleró el crecimiento por la innovación y el aumento de la productividad. Hace unos 70 años nace la idea de la productividad total de los factores, que mide el aumento de la producción que se da en adición al causado por incremento del capital y del trabajo.

Ahora la población puede crecer, la pobreza puede disminuir, el consumo de las familias que no están en pobreza puede aumentar. Hasta hace poco más de un siglo era inconcebible la idea de que la pobreza se podía abatir.

El crecimiento es ahora lo esperado, y con ello cambiaron nuestros modelos mentales y nuestra concepción de la realidad.

Angus Maddison calcula que en el año 1000 el PIB per cápita mundial era de unos $440 medido en poder de compra del dólar de 1990. Europa Occidental tenía un PIB per cápita de $400, Asia de $450. La diferencia entre el que correspondía a la zona con mayor PIB per cápita y la de menor era de apenas un 12,5%. Para hacernos una comparación el PIB per cápita promedio de entonces era de un nivel similar al que hoy tiene Burundi, que es el país más pobre de los listados por el Banco Mundial, y que es de solo un 3% del PIB per cápita de ALC.

El mundo era muy igual en pobreza. Oriente era menos pobre que Occidente.

En 1500 las cosas habían cambiado, pero no tanto. El PIB per cápita del mundo había aumentado un 30% en 500 años, una tasa de 0,052% anual, similar a la de crecimiento de la población en los milenios que he llamado la época agrícola. Europa Occidental era ahora más rica que Asia, y la diferencia entre su PIB per cápita y el menor que se ubicaba en la región que Maddison llama de tradición occidental (EEUU, Canadá, Australia y Nueva Zelanda) era de casi 2 a 1 (92%).

De 1500 a 1820 el crecimiento del PIB se mantiene similar al de los 500 años anteriores, las mejoras productivas permiten un mayor crecimiento de la población, pero no que sea más rica. La diferencia se sigue marcando, ahora Europa Occidental por persona es casi 3 veces más rica que África. Tanto crecimiento como diferenciación seguían siendo muy pequeños frente a las cifras posteriores.

De 1820 a antes de la Primera Guerra Mundial ya las cifras se han disparado. El PIB per cápita mundial ha crecido a una tasa 16 veces mayor que en los anteriores siglos, pero aún era baja por las normas actuales, solo 0,86% anual. La desigualdad entre Occidente (Europa Occidental, EEUU, Canadá, Australia, Nueva Zelanda y Japón) y África era de casi 6 veces. Ya para este período la tasa de crecimiento del PIB per cápita es muy superior a la tasa de crecimiento de la población, casi un 50% mayor.

El crecimiento se vuelve a acelerar, y muchísimo. Lo mismo que se hacen más grandes las distancian entre los niveles de bienestar de las diversas regiones. A inicios de este siglo Occidente es 15 veces más rico por habitante que África. De 1913 a 2001 aumenta el PIB per cápita mundial a una tasa de 1,58% anual, más de 30 veces más rápido que en los primeros 8 siglos del pasado milenio.

Es como la diferencia entre ir caminando e ir en un automóvil a su máxima velocidad. Se ve muy diferente el panorama en cada una de esas dos diferentes maneras de viajar.

Si por años nos movemos solo en auto a alta velocidad en las autopistas de Alemania, aunque hayamos tenido que bajar la velocidad al llegar a semáforos, nuestra mente se acostumbra a esa normalidad.

Ya en la última parte del siglo XX habíamos venido disminuyendo la velocidad. Y eso lo hemos sentido.

Entre 1950 y 1972 el PIB per cápita creció un 2,92% anual, pero de ese año a 2001 bajó a la mitad, a un 1,41. Lo que Maddison llama Occidente baja su crecimiento en 1,8 puntos porcentuales, mientras el resto del mundo baja en 1,1. Pero América Latina baja casi tanto como Occidente, 1,7 puntos porcentuales, y lo hace desde un menor ritmo de crecimiento, o sea que proporcionalmente es mayor la caída.

La discusión sobre el estancamiento secular de las economías desarrolladas fue intensa a mediados de la década de 2010.  The Economist del 19 de julio de 2014 la caricaturizó con una portada que muestra una tortuga conducida por un exasperado jockey que fútilmente la fustiga.

Los datos nadie los discute. Después de la Gran Recesión el crecimiento de las economías desarrolladas ha sido muy lento comparado con las 8 décadas anteriores.

Lo que se discutió fue si se trataba de un fenómeno transitorio de corto o mediano plazo, o si es un cambio en la capacidad de crecer de largo plazo.

Para quienes afirman la primera opción se trata de un problema de medición o de un retraso en que el cambio tecnológico reciente rinda sus frutos.

Simplemente las trasformaciones en los hábitos de vida y posibilidades de consumo creadas por las nuevas tecnologías (acceso a la información por internet, posibilidades de comunicación por los teléfonos celulares, inteligencia artificial, capacidad de producción personal con la impresión en tres dimensiones, etc.) no se computan en las cuentas nacionales, y por lo tanto no se refleja en el PIB ni en los ingresos personales el aumento que las nuevas tecnologías ya ha deparado. Ello porque se prestan gratuitamente (i.e. el acceso a consultas gratis en buscadores como Google), o bien porque su precio no refleja la mejor calidad del bien o servicio.

Eso fue confirmado, pero el efecto es de una magnitud mucho menor a la diferencia entre la producción de los Estados Unidos con las tasas de incremento de la productividad anteriores a 2004 y la producción real obtenida con el menor crecimiento de la productividad posterior a esa fecha.

Para otros el cambio técnico aún no había trascendido. Era cuestión de esperar a que se diera su efecto para que bajaran los costos de producción, y que aumentara el crecimiento económico.

Quienes consideraban que se trata de un fenómeno de largo plazo adujeron cuatro causas.

Primero, anteriormente la producción había crecido en parte por la incorporación al trabajo de una proporción creciente de mujeres y por el rápido crecimiento de los grupos de habitantes jóvenes. Ahora el cambio demográfico lleva a una población más envejecida, y la producción crece menos por menor incorporación a la población económicamente activa.

Una segunda razón que se adujo fue que la proporción de la población graduada con estudios secundarios y terciarios ya no crecía por el alto nivel que se había alcanzado, lo que eliminaba ese otro factor de aumento de la producción.

También se adujo que el aumento de la desigualdad es un factor que implica un menor crecimiento de demanda para consumo, pues los ingresos que crecen más rápido son los del decil e incluso del 1% más rico que tienen mayor propensión de ahorro.

En cuarto lugar, se adujo que la acumulación de deuda pública con relación al PIB hace que los gobiernos tengan menor posibilidad de incrementar su gasto para provocar mayor producción.

Visto el fenómeno con diez años de distancia la reducción del crecimiento de las economías más avanzadas no se reversó.

Ciertamente tuvimos infortunados y graves tropiezos en el camino.

Nos cayó la pandemia de la covid 19 con sus nefastas consecuencias directas en la producción y el empleo, en la interrupción de las cadenas de producción internacionales y con la elevación astronómica de los fletes. Después hemos sufrido la invasión de Putin a Ucrania con su negativo efecto por el incremento del precio de los combustibles, de los fertilizantes, de los alimentos y de muchos metales. A esos dos infortunios los siguió la más alta inflación mundial desde inicios de los años ochenta, con la consecuente alza en las tasas de interés ejecutada por los bancos centrales para mitigarla, y con los desincentivos para la inversión que ello provoca.

Pero ya en este año los pronósticos señalan que en el resto de la década actual no se recuperará el crecimiento anterior al de la década pasada.

Además, la reducción del crecimiento de hace 10 años no se dio solo en los países ricos. Las economías emergentes y en desarrollo resultaron seriamente afectadas por una caída en su crecimiento y fueron especialmente dañadas las naciones de América Latina y el Caribe (ALC).

Recién ha publicado el Banco Mundial el informe “Falling Long Term Growth Prospects: Trends, Expectations, and Policies” (Caída de las perspectivas de crecimiento a largo plazo: Tendencias, expectativas y políticas) que analiza el posible comportamiento de la producción mundial en el primer tercio del siglo XXI, la disminución del crecimiento del PIB en la segunda década de ese siglo respecto a la primera, y la nueva disminución esperada en la tercera década que estamos viviendo.

El automóvil que iba a toda velocidad por las autopistas alemanas se va convirtiendo en un carrito usado en las carreteras de montaña costarricenses.

Esta obra editada por M. Ayhan Kose y Franziska Ohnsorge dos de los economistas líderes del Banco Mundial con la participación de otros once coautores de esa institución es un muy importante aporte.

Con recurso a diferentes métodos los autores determinan empíricamente la tasa de crecimiento potencial del PIB, definida como el mayor crecimiento que no desata un proceso inflacionario. Lo hacen con la información de una muestra que comprende tanto economías desarrolladas como emergentes y en desarrollo, y obtienen cifras desagregadas para esos dos subgrupos.

La conclusión es que para la economía mundial la tasa potencial de crecimiento en las tres décadas iniciales de este siglo bajaría de 3,5% anual en la primera a 2,6 en la segunda y a 2,2 en la tercera. Para los países emergentes y en desarrollo también se obtiene una preocupante conclusión: el crecimiento potencial baja de 6% a 5% y a 4%.

Para ALC el panorama es aún más sombrío.

Fue de las regiones emergentes y en desarrollo según la clasificación del Banco Mundial la que tuvo menos crecimiento en la segunda década de este siglo.

La que tuvo menos contribución a su crecimiento por aumento de la productividad, medida por la productividad total de los factores.

A la que se prevé menos crecimiento potencial en la década actual por sus bajas perspectivas de inversión, que se estima estará por abajo del crecimiento que tuvo entre el año 2000 y el 2021.

Ya en las reuniones de primavera el Economista Jefe del BM el pasado mes de abril alertó sobre una posible década perdida hasta 2030, si no se logra revertir las tendencias.

Esta caída en el potencial de crecimiento de la producción mundial se da por la confluencia de la disminución del crecimiento de la fuerza laboral, por una disminución en la inversión tanto pública como privada y por un crecimiento menor de la productividad.

La fuerza laboral baja su crecimiento en respuesta los cambios demográficos que se han venido dando y a un menor crecimiento en la capacitación de los trabajadores. Este cambio determina cerca de la mitad de la disminución del crecimiento potencial en esta tercera década.

La inversión pública baja su capacidad de crecimiento principalmente por el alto endeudamiento de los gobiernos.

La inversión del sector productivo se ha visto afectada por un menor crecimiento del crédito, por un menor ímpetu de reforma económica, por un cambio en la política de inversión en activos fijos de China, y por mayor incertidumbre sobre el clima de negocios.

La productividad total de los factores que mide el crecimiento de la producción que no resulta del aumento del trabajo ni del capital ha disminuido su crecimiento tanto por una menor reasignación de los factores de la producción hacia usos más eficientes, como por los efectos sobre la innovación de epidemias, crisis financieras o bancarias, desastres naturales y una mayor conflictividad actual y potencial entre las naciones militarmente más poderosas.

También estudian los autores el impacto negativo sobe el crecimiento de la producción que se ha dado por la caída en el comercio internacional. De 1990 a 2011 el comercio internacional creció el doble de rápido que la producción mundial, pero desde entonces apenas si ha conseguido crecer a un ritmo similar. Se han desvanecido el interés y las negociaciones para fortalecer el comercio internacional regido por normas, los entes arbitrales se han debilitado y los conflictos entre las mayores potencias han debilitado las transacciones internacionales.

Este estudio del Banco Mundial señala que para el mundo la tasa de crecimiento potencial puede aumentar mediante cambios estructurales y llegar en esta década a 2,9% incluso superior a la de la década anterior. Para ello se requiere de medidas para incrementar la oferta laboral, para aumentar la productividad y para estimular la inversión. Para los países emergentes y en desarrollo estima este informe del Banco Mundial que es posible con esas acciones evitar la mayor parte de la caída del crecimiento potencial de la segunda a la tercera década, y lograr un crecimiento de 4,7% anual, por debajo del 5% de los años de 2011 a 2021.

Estas medidas pueden aprovechar la inversión requerida por el cambio hacia una economía sostenible que ponga freno al calentamiento global, sacar provecho del crecimiento y la tecnificación de los servicios y deben facilitar el comercio internacional disminuyendo los costos de comerciar que -a pesar de aranceles relativamente bajos- duplican el precio de los bienes importados respecto al valor en el mercado de origen, principalmente por el costo de los fletes y por factores logísticos.

A pesar del negativo panorama de crecimiento internacional, en América Latina está en nosotros mismos acelerar nuestro crecimiento, para poder de esa manera generar más empleos formales, disminuir la pobreza y generar más satisfacción a las familias de clase media.

En primer lugar, no debemos ser pesimistas. El “lento” crecimiento que ahora se nos anuncia es muy veloz comparado al crecimiento que nos condujo hasta la Revolución Industrial y la Edad Contemporánea con su afán de libertad, democracia, aspiración a estados de derecho eficientes, respeto a los derechos humanos, mercados más o menos abiertos y competitivos, lucha contra la pobreza, aumento en la población y en la expectativa de vida.

Además, en ALC tenemos ventajas potenciales que podemos aprovechar en muchos de los campos que exigen cambios importantes para acelerar nuestro crecimiento potencial.

Pero no se darán si no aplicamos las políticas correctas. Si no lo hacemos seguiremos siendo el continente de un futuro nunca alcanzado.

Tenemos una baja participación laboral de las mujeres y de los jóvenes. Esto nos abre camino a incrementar la oferta laboral si facilitamos el acceso a ella de estas personas y si las educamos adecuadamente y las capacitamos para el trabajo.

Contamos con el comercio cercano y amistoso (nearshoring, friendshoring) para crecer nuestras exportaciones mucho más aceleradamente que el comercio mundial. Pero debemos incrementar nuestra capacidad de atraer inversión directa extranjera.

Podemos ampliar nuestros mercados con verdadera integración económica. Lo que para nuestra región es un sueño de hace 70 años no realizado. Cobra especial sentido incorporarnos al proceso más intensivo de apertura comercial en nuestra región, la Alianza del Pacífico.

Para reducir los costos del comercio internacional se requieren amplias reformas que racionalicen los procesos aduaneros, invertir en infraestructura que reduzca costos y mejorar la logística y la competencia en la comercialización de bienes y servicios, bajar los costos para cumplir las regulaciones sanitarias.

Podemos incrementar la inversión si aceleramos el cambio hacia energías limpias y a la mitigación y adaptación al cambio climático.

Nuestro sector de servicios para la exportación puede alcanzar un gran crecimiento.

Podemos acelerar la innovación, la competitividad y así aumentar la productividad generando más rápido crecimiento. Existe mucho campo para incrementar nuestra productividad. No somos, salvo en pocos casos, una zona productora de bienes que estén en la frontera tecnológica, de bienes que se produce con las tecnologías de punta. Eso facilita la innovación que adapta conocimientos y tecnologías que ya están en uso en otras latitudes. Eso nos abre camino para innovar y poder incrementar la productividad total de los factores para que aumente la tasa de crecimiento de la producción. Pero en muchas naciones ello requiere cambios institucionales, a veces muy difíciles políticamente de ejecutar.

Los avances en los resultados de la hacienda pública, la caída de la inflación, la esperada y ojalá pronta disminución de las tasas de interés que esas circunstancias y una política monetaria adecuada deberían provocar, incentivarían la inversión privada.

El crecimiento de la infraestructura pública debería resultar de alianzas público-privadas y de una restructuración del gasto público para privilegiar la inversión y los programas sociales.

A menudo los ciudadanos presionamos a los políticos a que promuevan crecimiento de corto plazo. Ese crecimiento facilita atender las demandas por empleos, aumentos salariales, y estabilidad económica y financiera. Con ese crecimiento los políticos pueden mejor mantener su poder.

Los líderes empresariales también reciben presiones por aumentos de ganancias de corto plazo. Eso les permite mejorar sus rendimientos anuales y a menudo sus carreras e ingresos dependen de ello.

Pero es un espejismo sucumbir al embrujo de lo inmediato si con ello debilitamos los resultados posibles a mediano plazo. Cierto el decir de Keynes de que en el largo plazo todos estamos muertos, pero también es cierto que la trampa de la inmediatez suele ser muy costosa para personas, empresas y países.

Cuando las circunstancias se tornan más difíciles claro que es prioritario defender la sobrevivencia, pero con una mirada en el largo plazo.

En nuestra ALC la pérdida de posición respecto a otras regiones del mundo que hemos experimentado desde la II Guerra Mundial se debe a la brevedad de los períodos de crecimiento.

Hemos experimentado en ALC períodos de rápido crecimiento, pero han sido muy cortos. Esa es la gran diferencia frente al mayor avance que en estas últimas 8 décadas han experimentado otras regiones emergentes y en desarrollo.

Países y empresas deberíamos priorizar cambios estructurales que nos permitan mantener pautas de crecimiento más rápido por mayores períodos.

Para eso el aprendizaje, la investigación y la innovación son la clave. Por eso me alegra tanta la oportunidad de felicitarlos a Uds y a sus empresas por su participación en este Programa de Alta Gerencia de INCAE.

Hay que soñar, prepararse, informarse, planear, tener visión de largo plazo, atreverse con medida, e innovar.

Perder el miedo a innovar. Hacerlo con conocimientos y determinación habiendo evaluado las consecuencias de las transformaciones.

Ese es el reto que las nuevas condiciones del crecimiento tornan más apremiante para ciudadanos. políticos y empresarios.

 

 

 

 

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