Miguel Ángel Rodríguez: La democracia es un derecho humano en las Américas

Intervención en la presentación del libro Democracia en las Américas De Rodolfo Piza Roquefort Salón Libertador Simón Bolívar OEA Washington 21 de junio de 2021

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Miguel Ángel Rodríguez Echeverría, Economista (Ph.D.).

El libro cuya creación hoy celebramos, Democracia en las Américas, es una obra tan monumental como su título, con la cual don Rodolfo Piza contribuye grandemente a los aportes de la OEA para el progreso político de nuestro hemisferio.

Don Rodolfo analiza la democracia como la acción conjunta de la democracia electoral, la democracia liberal y la democracia constitucional. La primera la conforman las instituciones que permiten que los ciudadanos escojan libremente a sus representantes en las estructuras gubernamentales. La democracia liberal atiende a la protección de las libertades y derechos fundamentales de las personas y la democracia constitucional conforma el estado de derecho.

Democracia en las Américas, no es simplemente un valioso estudio jurídico de esa institucionalidad. Es también un análisis empírico de nuestras realidades, pues estudia la evolución en la historia de nuestras naciones de los componentes electoral, liberal y constitucional de la democracia, y, además, enfrenta esa evolución con decenas de mediciones de las realidades políticas, sociales, económicas y ambientales de cada uno de los países de nuestro continente.

Estas características dotan a esta obra de una extraordinaria riqueza analítica e informativa. Su valor es inmenso para académicos, para políticos, para formadores de opinión, para juristas, para estudiantes. Es en adelante una imprescindible obra de consulta.

Es además una obra para nuestros días. La propia obra nos enfrenta con la pérdida de prestigio que sufre la democracia en América y en el mundo.

Se utiliza la democracia electoral para deconstruir la democracia. Vivimos en una caída en el aprecio por la democracia liberal, la democracia constitucional, la globalización y las organizaciones internacionales. Se deterioran instituciones que venían siendo fortalecidas después de la II Guerra Mundial, no solo en nuestra cultura sino en el mundo entero. Este deterioro es grande y peligroso.

Los autoritarismos que, en diversos grados, con diferente capacidad de permanencia y con signos ideológicos opuestos se han instaurado en el mundo incluyendo nuestras Américas, me traen a la mente la década de 1930 y sus nefastas consecuencias.

Esta perversión de la democracia electoral y el menoscabo sufrido por la democracia liberal y constitucional surgen de la fragilidad que es inherente a su propia esencia, lo que dificulta su defensa frente a quienes la traicionan y abusan de ella.

El surgimiento de democracia iliberal, de populismos, y de nacionalismos contrarios a la internacionalidad, así como el descrédito de la institucionalidad internacional, no solo se originan en la actuación de sus enemigos. Ni es solo fruto del reacomodo de la opinión pública a las redes sociales con sus algoritmos favorables a las paparruchadas y a los extremismos. Tampoco es mero resultado del desarraigo sufrido por las personas a causa de la dificultad de asimilar los cambios en las estructuras familiar y comunitaria, ni se debe solo al crecimiento de la desigualdad en algunas sociedades ni a las olas migratorias con costumbres diferentes.

En nuestra América Latina también ha debilitado la democracia el desencanto de quienes le atribuyeron poderes mágicos para realizar cambios económicos y sociales inalcanzables en períodos muy cortos.

Por muchas décadas, en la lucha por su establecimiento, los pueblos de América Latina atribuimos encantamientos a la democracia, trasladamos las libertades creativas del realismo mágico de la literatura a la política. Así, profundizamos en nosotros la convicción de que adaptando esa forma de gobierno resolveríamos, como por arte de birlibirloque, todos nuestros problemas de pobreza y de insatisfacción acumulada en los muchos siglos de vida política, social y económica jerarquizada, discriminatoria y regulada por estatutos.

Al llegar la hora de la democracia, que es, en esencia, un procedimiento de discusión inteligente para la toma de decisiones colectivas por la regla de la mayoría con respeto a los derechos fundamentales y a las minorías, esa especie de ensueño tropezó con la realidad de las dificultades que debemos vencer y el tiempo necesario para avanzar en el desarrollo económico y social. ¡Se acabó el encantamiento! La democracia no podía «obrar maravillas por medio de fórmulas y palabras mágicas», como define «encantar» la Real Academia de la Lengua. Entonces nos desencantamos.

Me honra don Rodolfo citándome con relación a los límites de la democracia después de la conocida frase de Winston Churchill “La democracia es la peor forma de gobierno, excepto todas las otras formas que se han probado de tiempo en tiempo”. La cita que de mí hace el Dr. Piza es la siguiente: “La democracia es el reconocimiento de la imperfección. Es la forma de tomar decisiones sabiendo que no son perfectas, admitiendo que no lo son, discutiendo sus pros y sus contras. Aceptando que podemos estar equivocados y que quienes proponen otras soluciones pueden tener razón. Para prevalecer, la democracia depende de una cultura que acepte que lo imperfecto se puede ir perfeccionando, siempre se puede perfeccionar, y que se cometen errores. Lo opuesto, es la dictadura del perfecto, la dictadura inmóvil, estática, porque ya llegó a su culminación. Pero es mentira. Ya Aristóteles nos señaló que la democracia como mandato de la mayoría siempre perfecto y absoluto, sin limitaciones, conducía a la perversión de la demagogia.”

También se genera peligro a la vigencia democrática por los errores de quienes hemos tenido a cargo la conducción de gobiernos y partidos políticos, por la ineficiente e incluso ineficaz conducción de las funciones públicas y, sobre todo, por la corrupción y los abusos de algunos gobernantes que justificadamente enfurece a los electores.

La enseñanza histórica de que las personas con poder abusan de él con mucha frecuencia, la expresó como nadie Lord Acton: “El poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente”.

Los riesgos del poder son tales que abundan las experiencias de quienes llegan con buenas intenciones y luego sucumben a su embrujo. Albert Speer, narra desde su celda en su libro El Tercer Reich Visto Desde Dentro, como el afán de ser arquitecto de los monumentos nazis lo llevó gradualmente hasta el extremo de dirigir cruelmente, como Ministro de Armamento, el trabajo esclavo de quienes en las fábricas de armas esperaban su futuro exterminio en los campos de concentración.

La ciencia ha venido en apoyo de la enseñanza histórica.

Veinte años de experimentos en laboratorio y en el campo, conducidos por el profesor de sicología de la Universidad de California Berkeley, Dacher Keltner, mostraron que las personas con poder actúan como si hubiesen sufrido un trauma cerebral y se tornan más impulsivas, pierdan la percepción del riesgo y la capacidad para percibir los puntos de vista de las demás personas.

Desde otra área de investigación, la neurociencia, el profesor Sukhvinder Obhi de la Universidad McMaster en Ontario señala algo similar. El poder afecta la capacidad cerebral de “reflejar”, de ser como un espejo del otro, de reproducir en nosotros los sentimientos de los demás. Dicha capacidad activa en la persona que está en presencia de otra, la parte del cerebro que efectuaría la acción observada y emula interna e inconscientemente la conducta ajena. Si se pierde esta habilidad la persona solo percibe sus propios sentimientos y pierde la capacidad de sentir empatía con los demás.

Se ha comprobado en experimentos conducidos por el profesor de la Escuela de Administración Kellogg, Adam Galinsky y sus coautores, que el poder reduce la habilidad para entender como las demás personas ven, piensan y sienten.

Este efecto del poder se agrava por la conducta de las personas cercanas a los poderosos. Estas personas tienden a imitarlos, y su actitud ayuda a quienes detentan poder, a perder la empatía frente a terceros.

El “síndrome de la arrogancia” o “enfermedad del poder” es definido por el neurólogo inglés David Owen y el profesor de la Escuela de Siquiatría y Ciencia de la Conducta de la Universidad de Duke, Jonathan Davidson, como “un desorden causado por el ejercicio del poder, especialmente poder asociado con gran éxito, y ejercido por años, sin límites severos a su ejercicio”. Las manifestaciones clínicas de este síndrome incluyen: desparpajado desprecio por los demás, pérdida de contacto con la realidad, actuaciones imprudentes y temerarias y exhibición de incompetencia.

La vigencia de la democracia es amenazada por la experiencia histórica del abuso del poder y por la información científica de la enfermedad que causa el ejercicio del poder. Pero no se resuelven esos problemas destruyendo la democracia liberal o impidiendo el funcionamiento del estado de derecho como pretenden los populismos.

La obra de don Rodolfo Piza nos demuestra -usando la experiencia histórica de nuestros pueblos- que la democracia está mejor relacionada que el autoritarismo con la vigencia de la libertad, la defensa de los derechos humanos, el progreso económico, social, ambiental y con el combate a la pobreza. Debe pues ser promovida y preservada.

Como lo señala Democracia en las Américas, se facilita la preservación de la democracia con la fuerza institucional de los mecanismos de defensa de los derechos humanos y del estado de derecho, con una prolongada vigencia de la libertad liberal y constitucional y con una cultura de acendrada devoción por la libertad, de respeto al derecho ajeno, y de preferencia por cambios graduales.

La democracia, en tanto discusión inteligente, solo puede darse entre personas libres. La libertad nos permite diversidad y opiniones auténticas. Y esa libertad, hemos aprendido por medio de muchas experiencias de prueba y error, no puede darse sin respeto a los derechos humanos y sin el control del poder monopolizado por el Estado, con los instrumentos del estado de derecho, no vaya a ser que se huya de los «lobos» privados de Hobbes para caer en las garras del leviatán gubernamental.

Y por eso la subsistencia y consolidación de la democracia depende de que en su desarrollo sean creadas y fortalecidas las instituciones y tradiciones que protegen los incentivos para preservarla, y que la defienden de quienes pretenden secuestrar el poder para su personal beneficio.

En sus estadios iniciales la protección de la democracia y de los derechos humanos que le son intrínsecos se hizo a lo interno de las naciones, pero su evolución natural y alcance cada vez más extendido, han llevado a establecer dicha protección, en beneficio de cada persona y la sociedad como un todo, en mecanismos de derecho internacional.

Por eso, para enfrentar esta perversión en el uso de las instituciones democráticas destinadas a la libre selección de los representantes de mayoría y minorías, y para defender la democracia liberal y la democracia constitucional Costa Rica en 2001 propició la cláusula democrática en el proceso de las Cumbres Hemisféricas que fue aprobada en Ciudad Quebec, y, más tarde ese mismo año, junto con Canadá y Perú promovimos la Carta Democrática Interamericana.

En América la protección internacional de los derechos humanos dio nacimiento a nuestro sistema interamericano de derechos humanos, joya indiscutible del sistema jurídico hemisférico. La Carta Democrática Interamericana reafirma la intención de los Estados Miembros de la OEA de «fortalecer el sistema interamericano de protección de los derechos humanos para la consolidación democrática del Hemisferio.»

Además, esa misma Carta consolida el compromiso del derecho interamericano de convertir la democracia, al igual que ha ocurrido en Europa, en un derecho radicado en cada habitante, como un derecho ante su Estado, que debe ser colectivamente protegido

Se dio este paso, de enorme valor para la democracia y la libertad, porque «la democracia es esencial para el desarrollo social, político y económico de los pueblos de las Américas», «es indispensable para el ejercicio efectivo de las libertades fundamentales y los derechos humanos» y resulta esencial «para la estabilidad, la paz y el desarrollo de la región».

Expresamente señala la Carta Democrática Interamericana que «uno de los propósitos de la OEA es promover y consolidar la democracia representativa dentro del principio de no intervención». Tal es, pues, la responsabilidad que ahora tienen los Estados, en su circunscripción, y la OEA, en el nivel hemisférico: fortalecer y preservar la institucionalidad democrática como derecho humano de los ciudadanos de las Américas. Y esto bien vale la pena, pues la democracia como nos lo recuerda la obra del Dr. Piza es más que elecciones… es una forma de vida.

En los últimos años la OEA se ha visto enfrentada con la realidad de que ya no solo Cuba -que se ha mantenido al margen de nuestra organización- sufre la vigencia de un gobierno autoritario y carece de democracia, sino que también han caído en esa categoría Venezuela y Nicaragua, y en otros países se ha debilitado la democracia liberal y la democracia constitucional.

La Secretaría General y una mayoría de las naciones miembro de la OEA han respondido ante esta situación condenando las acciones contrarias a la democracia, pero ha sido muy difícil poder aplicar en todos sus extremos la Carta Democrática Interamericana y rescatar la vigencia de la democracia en los países que la han perdido y evitar su deterioro en aquellos que han iniciado un proceso deconstructivo.

La defensa de la democracia como un derecho humano de los habitantes de nuestro hemisferio es uno de los más importantes retos que enfrentan las Américas. Hoy lo demandan con muerte, sangre, encarcelamiento y destierro los americanos de Cuba, Venezuela y Nicaragua. La Cuba víctima por más de 6 décadas de la dictadura que hoy sigue se ensañándose en artistas y jóvenes. La dictadura venezolana capaz de convertir a una de las más pacíficas y la más rica nación de América Latina en una de las más pobres del continente y de las más violentas del mundo. La dictadura de Nicaragua que ayer mató a sus jóvenes pacíficos en sus calles y hoy encarcela a los opositores traicionando los ideales sandinistas.

Si no somos capaces de oír ese clamor y responder solidariamente a ese llamado hoy, mañana es muy posible que los gritos del sufrimiento humano causado por las violaciones a la vida, la libertad y a los más sagrados derechos de las personas surjan lastimeros desde otras naciones. Así como en pocos años pasamos de solo tres democracias en Latinoamérica y el Caribe a que solo Cuba fuese excepción, si no defendemos la democracia podríamos volver a ese triste estado previo.

Este libro de Rodolfo Piza que hoy ve la luz es un importante instrumento para que todos vigoricemos nuestra voluntad para cumplir el desiderátum del gran venezolano Arístides Calvani respecto a la democracia: “fundarla donde no la tenemos, fortalecerla donde está débil y consolidarla donde está fuerte”.

Aprovecho mi visita a esta querida organización la OEA, cuando regreso coincidiendo con las chicharras washingtonianas en su ciclo de 17 años, para agradecer a don Rodolfo Piza y al Secretario General don Luis Almagro su invitación para acompañarlos en este auspicioso acto, para reconocer la valiente y bien fundamentada batalla que el Secretario General Almagro viene dando en defensa de la democracia en las américas y para instar a los gobiernos del continente a no cejar en los esfuerzos necesarios para que en nuestro hemisferio todos sus habitantes disfruten el derecho humano de vivir en democracia.

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