Miguel Ángel Rodríguez: Prospectivas para la Costa Rica del Futuro

La democracia es un campo propicio para la cultura del encuentro y la amistad social. Pues es debate inteligente para construir acuerdos y resolver las confrontaciones con las decisiones mayoritarias limitadas por el respeto a las minorías, limitadas por nuestras convicciones de la dignidad, la unicidad, la libertad de cada persona, y limitadas por el respeto a los derechos humanos y a la institucionalidad fundamental del estado de derecho.

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Miguel Ángel Rodríguez Echeverría, Economista (Ph.D.).

Intervención en el acto celebrado en la Universidad de Costa Rica con motivo de Clausura del ciclo de actividades Bicentenario de la Independencia: Jornadas de de Reflexión Universitaria

Señor Rector don Gustavo Gutiérrez lo saludo con afecto y le agradezco profundamente el llamado que Ud. me hizo a compartir unas reflexiones en mi querida Universidad de Costa Rica.

Saludo también con afecto al Señor Expresidente Luis Guillermo Solís, al Señor Expresidente de la Asamblea Legislativa y querido compañero de estudios de derecho en esta nuestra universidad Francisco Antonio Pacheco, a las autoridades, profesores y estudiantes de mi querida alma mater y a las personas que nos acompañan por las redes sociales.

Mi vida está íntimamente entrelazada con esta institución. Dejé de dar clases aquí hace apenas 4 años, después de haber impartido mis primeras lecciones en la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales hace 58 años, recién obtenida mi licenciatura en esa facultad, y al tiempo que terminaba mi carrera de derecho.

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Nos tocó celebrar el Bicentenario de nuestra independencia cuando la pandemia de COVID-19 atacó un mundo y una Costa Rica frágiles.

La tecnocracia pretendió imperar al “fin de la historia,” cuando cayó el Muro de Berlín. Se vistió con una coraza de soberbia creyéndose poseedora de todas las soluciones.

Terminó la Guerra Fría. El mundo aceleró su desarrollo tecnológico. Disminuyó vertiginosamente la pobreza y se dieron avances extraordinarios en educación, derechos de las mujeres, respeto a las minorías, disminución de la mortalidad infantil y aumento en la expectativa de vida. Se multiplicaron las democracias. A pesar de las numerosas guerras que desangran la tierra, vivimos la época que sufre proporcionalmente menos violencia bélica.

Pero a la vuelta de la esquina la historia y la naturaleza humana mostraron sus complejidades y con la Gran Recesión surgió el descontento. El aprecio por la democracia cae año con año, la globalización, las instituciones internacionales y el comercio internacional reglado pierden adeptos, los ciudadanos desconfían de las élites a las que consideran indiferentes a su bienestar, los valores se desvalorizan, la cultura se banaliza, impera el espectáculo y no la sustancia. Se menosprecia la política y a los políticos. De la anti política surgen los populismos de derecha y de izquierda que carcomen el estado de derecho, violan los derechos humanos y engatusan a los ciudadanos. A pesar del desbocado avance en infocomunicación, inteligencia artificial, internet de las cosas; predominan las paparruchadas, o “fake news” como ahora se las conoce, y las falsedades se difunden y prenden más que las verdades. Vivimos en la postverdad, ya ni los hechos son objetivos. Las emociones se imponen antes que el debate racional. La envidia, el odio, el rencor son más fuertes que la admiración, el amor y la amistad. Las naciones y su acción internacional se muestran incapaces de enfrentar los grandes retos del calentamiento global, del armamentismo y los arsenales nucleares, del cambio tecnológico y en neurociencia y de la posibilidad de que se concentre en muy pocas personas la capacidad de determinar nuestras acciones, de la pobreza de naciones rezagadas y de familias que sufren la miseria en medio de la opulencia en países ricos y de ingresos medios. Y como lo demuestra este nuevo coronavirus, tampoco están nuestros países preparados para detener frontalmente las pandemias.

La pandemia que sufre el mundo desnudó nuestra ignorancia y puso al descubierto la vaciedad de nuestra arrogancia. Eliminó los vestigios de seguridad en nuestras capacidades que quedaban como residuos de la tecnocracia. Torna patente la futilidad de nuestro conocimiento y la inmensidad de nuestra ignorancia. Surge el miedo y aumenta la incertidumbre que, si no son detenidos por un valladar de fe y esperanza en un mejor mañana, pueden desencadenar violencia destructiva como ocurrió en la primera mitad del siglo XX.

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Se me pide que comente sobre las perspectivas que encierra el futuro para nuestro país y sobre los principales retos de los próximos 200 años, cuando convivimos con esas enormes amenazas a la humanidad cuya difícil solución se hace patente con los previsiblemente muy pobres resultados de la reunión que está en curso en Glasgow. El calentamiento global, los arsenales nucleares y las armas desarrollables con las nuevas tecnologías, la concentración del poder que generan en unas pocas personas la tercera y la cuarta revoluciones industriales que las pueden capacitar para convertir a las personas en esclavas de sus algoritmos, nuevas pandemias … podrían impedir que los costarricenses alcancen a celebrar el tricentenario de nuestra independencia.

Pero nos debe llenar de optimismo la historia de la humanidad superando enormes dificultades, cuando contaban con mucho menos conocimientos y con menor consciencia de la inmanente dignidad de todas y cada una de las personas.

La única manera de otear el futuro es estudiando el pasado, aunque nuestro conocimiento del pasado sea necesariamente afectado por nuestra subjetividad, y aunque el futuro sea indeterminado gracias al don maravilloso de la libertad.

Por eso el pasado costarricense nos debe dar aliento de que podrán las futuras generaciones resolver sus problemas con las mismas armas de lo que he llamado la solución costarricense: capacidad de prever el futuro para -unidos y de manera solidaria- adoptar a tiempo las soluciones requeridas.

Como no puedo ni siquiera imaginar la vida en nuestra bella Costa Rica a tan largo plazo, solo me atrevo a comentar respecto al equilibrio que para construirlo deberíamos propiciar entre válidos objetivos, que si se persiguiesen al extremo resultarían en muy peligrosas confrontaciones

El equilibrio entre libertad y solidaridad

De la libertad de todas y cada una de las personas depende la vigencia de su dignidad como seres independientes. La historia de la civilización puede ser entendida como la lucha permanente y siempre inconclusa de promover instituciones para que la libertad sea inclusiva y respetada. Pero mi libertad no puede hacer nugatoria la libertad de ninguna otra persona.

Se trata de encauzar la organización social y las políticas públicas con valores que rescaten la centralidad de la dignidad, la libertad, los derechos naturales de cada persona. Para recuperar la confianza en nuestra capacidad de progresar en justicia debemos centrar la acción política en la dignidad de hombres y mujeres.

Pueden ser diferentes los motivos por los que demos central importancia a todas y a cada persona. Puede ser una visión basada en la introspección de la naturaleza humana y la vida en sociedad. Puede ser una construcción ética fundamentada en la capacidad de escoger. Puede ser una elaboración sustentada en la gradual y espontánea evolución social y la sobrevivencia de las instituciones humanas exitosas. O bien puede ser la fe trascendente en un Creador amoroso que nos creó a Su imagen.

Con indiferencia del origen de su fundamentación conceptual, el humanismo nos une en valorar las instituciones y las políticas pública según sus consecuencias para las personas, y en atribuir a toda persona una dignidad inviolable.

La solidaridad surge de que somos herederos de una cultura común. Tenemos una casa común. Viviremos un destino común

Libertad y solidaridad siempre están en una potencial tensión.

La lucha de los dos últimos siglos entre las ideologías comprometidas con la libertad y las ideologías comprometidas con la igualdad dejó de lado el tercer pilar de la Revolución Francesa. Sin la fraternidad no hay manera de equilibrar libertad y solidaridad. Por eso hoy adquiere un valor incuestionable el llamado del Papa Francisco a la cultura del encuentro y a la amistad social.

De abrazar la fraternidad como un patrón de conducta para nuestras acciones individuales y para las acciones colectivas me atrevo a decir que dependerá que nuestra sociedad progrese en paz.

Dignidad humana y bien común nos deberían comprometer en los siguientes doscientos años a someter nuestra acción política a la fraternidad, a la subsidiariedad y el respeto a la comunidad, a luchar siempre por mejorar porque la vida en sociedad es perfectible, a la vigencia de la democracia y el estado de derecho, a tratar siempre hacer buen uso de los limitados recursos.

El equilibrio entre las presentes y las futuras generaciones

La Tierra, el Universo son la casa común de quienes hoy los habitamos… y de nuestros descendientes. Debemos atender los problemas de adaptación a los cambios climáticos que ya son irreversibles en nuestro ambiente y que son mayores a los experimentados en la treintena de milenios anteriores a la Primera Revolución Industrial. Debemos mitigar los efectos contaminantes de nuestras acciones en el uso de la energía, en la manufactura, en el transporte, en la agricultura y en la ganadería. Debemos actuar de manera que la mitigación no condene a la pobreza a los pueblos que no hemos alcanzado el desarrollo productivo de las naciones más avanzadas.

Le felicidad de nuestros descendientes al celebrar el cuarto centenario de su independencia dependerá de que puedan disfrutar de la belleza, riqueza y diversidad de nuestro maravilloso terruño.

Es nuestra obligación empezar esta urgente tarea.

Equilibrio entre eficiencia y justicia social

La limitación de los conocimientos, del tiempo y de los recursos nos obliga a obtener el mejor fruto de ellos. El conocimiento no solo es limitado, sino que también está distribuido entre todos, e incluso en buena parte es inarticulado y no transmisible más que por su puesta en práctica. Por ello para el progreso se requiere que operen mercados eficientes que propicien la innovación y la productividad. De allí la ventaja de la subsidiariedad, la descentralización, la participación, los mercados abiertos.

También la eficiencia debe ser para construir una sociedad más justa, que elimine la pobreza y abra oportunidades de superación personal y familiar, que en sus acciones y resultados ejerza una verdadera opción por los pobres, que nivele la cancha y abra oportunidades.

Mercado y estado tienen fallas. Debemos atenderlas siempre que sean conocidas y se cuente con una institucionalidad capaz de remediarlas. Si con mayores conocimientos y con mejor capacidad para conciliar intereses midiendo objetivamente las alternativas, atendemos esas fallas en los siguientes doscientos años, será envidiable la vida de los nietos de nuestros tataranietos.

Equilibrio entre el poder de las personas y el poder de la colectividad

La democracia es un campo propicio para la cultura del encuentro y la amistad social. Pues es debate inteligente para construir acuerdos y resolver las confrontaciones con las decisiones mayoritarias limitadas por el respeto a las minorías, limitadas por nuestras convicciones de la dignidad, la unicidad, la libertad de cada persona, y limitadas por el respeto a los derechos humanos y a la institucionalidad fundamental del estado de derecho. Pero la democracia es fácil presa de las pasiones desbordadas por el odio, la frustración, el miedo, la envidia, el rencor.

El poder de las personas debe ser limitado por el poder del estado. Pero también el poder del estado debe ser limitado. De lo contrario el gobernante no solo cae en la corrupción como sentenció Lord Acton, sino que también se enferma y pierde la capacidad de la empatía como hoy lo demuestra la neurociencia. La vigencia del estado de derecho es fundamental para el progreso y el bienestar en los siguientes doscientos años.

Equilibrio entre derechos personales y valores comunitarios

La civilidad de los siguientes doscientos años de vida independiente dependerá del respeto a la dignidad y la libertad de todos y cada costarricense. Pero en el progreso de la integración y la inclusividad de todos a la vida social y al bienestar, es necesario respetar los valores fundamentales que vaya determinado la cultura costarricense, y que son un legado de la evolución judeocristiana-grecolatina, y su fusión con las tradiciones de nuestros antepasados nativos.

Es un equilibrio que demanda armonía, parsimonia, gradualidad, entendimiento de unos con otros y en el cual mucho hemos avanzado, pero queda gran camino por recorrer.

Es un equilibrio que descansa fundamentalmente en una cultura y una consciencia personal comprometidos con el amor al prójimo y la justicia.

Equilibrio entre la urgencia de acordar cambios y la necesidad de ejecutarlos según nuestras capacidades

Ante la fragmentación del interés general de nuestra sociedad en intereses grupales y sectoriales y ante la correspondiente fragmentación de las fuerzas políticas se dificulta la adopción de decisiones.

En una sociedad de personas libres y sus organizaciones es preciso construir con tolerancia. Debe imperar la cultura del encuentro y la amistad social.

Por otra parte, como he señalado, la limitación de nuestros conocimientos obliga a buscar la tolerancia en la formación de acuerdos y la limitación de los recursos exige que limitemos nuestras expectativas para no caer en la frustración de lo imposible. Contrario a la afirmación de Unamuno buscar lo absurdo no siempre conduce a realizar lo imposible.

Además, ante la incertidumbre sobre los resultados de nuestras acciones colectivas es conveniente la gradualidad en los cambios, institucionales lo que también permite que se vayan integrando con el resto de la institucionalidad existente cuando se adopten.

Pero no basta con analizar, planificar y decidir sobre un curso de acción. Es insustituible la acción eficiente y eficaz para conseguir resultados. Las futuras generaciones no se podrán satisfacer solo con nuestros buenos propósitos. Su bienestar depende de resultados.

Equilibrio entre familia, comunidad, nación y humanidad

Los costarricenses somos parientes, vecinos, ciudadanos de nuestro país y del mundo. Nuestro bienestar futuro demanda equilibrios entre las diversas casas que nos dan acogida. La familia es el soporte de nuestra vida y el medio propicio para nuestra culturización. La comunidad nos da acogida y evita el desarraigo. La nación nos permite vivir en una sociedad de leyes y respeto a los derechos humanos y no de arbitrariedad. El mundo permite a nuestra pequeña nación intercambiar y enriquecerse con los aportes de todos los habitantes del planeta.

Es nuestro interés en vista de nuestros tamaño y poder tan pequeños, convivir en un mundo civilizado, gobernado por normas y no por los caprichos de los más poderosos.

Colaborar a la construcción del equilibrio entre esas dimensiones de convivencia será vital para la felicidad de nuestros descendientes.

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Hace más de 200 años nuestros antepasados emplearon los instrumentos que nos hicieron posible construir una excepcionalidad de la que debemos sentirnos orgullosos y que les debemos agradecer.

Educación, solidaridad, democracia, estado de derecho, apertura al mundo permitieron a la laboriosidad de los abuelos de nuestros tatarabuelos iniciar la construcción de la Costa Rica del Bicentenario.

La Costa Rica que permita a los habitantes del Cuatricentenario sentir orgullo de sus ascendientes dependerá principalmente de la educación pública que podamos desarrollar.

La educación de los ciudadanos facilita la vigencia de su dignidad, la paz y la fraternidad en la convivencia social y el desarrollo espiritual y cultural de personas libres; abre oportunidades de superación a los habitantes de la patria y promueve la innovación y la eficiencia en la economía.

Sólo cuando se asegura a todos los individuos el derecho de contar con una educación que les brinde el conocimiento adquirido por la humanidad a través de los siglos -que es herencia de toda la colectividad- es posible conciliar la paz y el progreso en una sociedad de personas libres.

A principios del siglo XIX previsoramente pasamos de la trasmisión de conocimientos por la familia y por la acción voluntaria de la Iglesia Católica, a la educación formal como una actividad supletoria y complementaria del estado.

Ahora con la aceleración vertiginosa del cambio en las formas de convivencia (estructura familiar, comunitaria, nacional e internacional) y con las nuevas tecnologías de la tercera y cuarta revoluciones industriales es preciso una masiva adaptación de la educación formal a las nuevas circunstancias. Solo así facilitaremos la justicia y el bienestar en los próximos 200 años.

Para generar oportunidades, en la formación de habilidades debemos responder a las demandas del siglo XXI para que los estudiantes puedan desempeñarse en las condiciones que hoy privilegian la ciencia, la tecnología, las ingenierías, la creatividad, las matemáticas Para lograrlo también la educación actual debe responder a la necesidad de habilidades blandas o destrezas para la vida que son determinantes para aprovechar las oportunidades del futuro, tales como trabajo en grupo, empatía, creatividad, pensamiento crítico y saber aprender a aprender. Y para una convivencia basada en el bien común la educación formal debe colaborar con las familias para la formación en los valores de nuestra cultura que propician el propósito de superación personal y el ejercicio de una responsable amistad social.

Circunstancialmente la tarea es urgente. La pandemia con suspensión total en 2020 y suspensión parcial de clases presenciales este año, la falta de canales de infocomunicación y de preparación de los docentes para la enseñanza a distancia, y las huelgas de 2018 y 2019 han magnificado las debilidades de nuestro sistema educativo previas a estos desdichados eventos. El Informe Estado de la Educación 2021 señala.  “Las fortalezas no alcanzaron: el sistema de educación preescolar, general básica y diversificada enfrenta una grave crisis producto de problemas estructurales no resueltos y el golpe de la pandemia”. Y el Informe Estado de le Educación 2019 ya había señalado sin que se haya atendido: “La estructura y los estilos de gestión del MEP obstaculizan avanzar en el logro de los objetivos nacionales de cobertura y calidad educativa”.

Para el largo plazo las transformaciones requeridas en educación formal y en capacitación laboral serán mucho mayores. Ello hace aún más urgente ponernos al día con lo que hoy ya tenemos en deuda.

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Grande es la herencia que recibimos de nuestros ascendientes. Debemos preservarla sobre del trípode asentado en los tres pilares de libertad, democracia y estado de derecho hoy tan amenazados. Grande es la tarea que tenemos que enfrentar para el beneficio de nuestros descendientes. Grande es el poder de la solución costarricense: prever y actuar unidos y solidariamente.

 

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