Miguel Ángel Rodríguez: Un llamado a vencer el miedo

Discurso del Presidente de la República, Miguel Ángel Rodríguez E., en la celebración del 178 aniversario de la Independencia. Miércoles 15 de setiembre de 1999.

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Miguel Ángel Rodríguez Echeverría, Economista (Ph.D.).

Miércoles 15 de setiembre de 1999.

Monumento Nacional.

Celebramos hoy el 178 aniversario de nuestra Independencia. Hoy, más de tres millones de costarricenses unimos nuestras voces para proclamar al mundo que somos libres, que con democracia, soberanía y libertad, una Costa Rica independiente se compromete con el desarrollo humano.

He escogido, de nuevo, este sitio para dirigirme a los costarricenses, porque en este lugar, frente a nuestros próceres, a nuestros héroes, mis palabras pretenden dar voz a la conciencia de este pueblo.

Vengo al Monumento Nacional en una hora solemne. A buscar, como lo dijo hace tantos años don Joaquín García Monge, «inspiración y luces, enseñanzas y estímulos para continuar por la ruta emprendida, en alto la cabeza y regocijado el corazón». Vengo a renovar la fe en los destinos de la Patria.

Aquí, donde propuse un día después de las elecciones el Proceso de Concertación Nacional; donde anuncié el Gabinete que me acompaña en el Gobierno; donde hace un año anuncié una Nueva Campaña Nacional contra la pobreza y la inflación, les pido a los costarricenses que nos ayuden a desterrar de nuestro suelo al más terrible enemigo de las personas, al adversario del progreso, al rival de la Patria.

Les pido a los costarricenses que desterremos el miedo de nuestros corazones, de nuestros hogares y de nuestra sociedad. Que expulsemos de Costa Rica el temor a enfrentar los retos. Que dejemos atrás nuestros prejuicios, nuestro recelo a la prosperidad. Les pido a los costarricenses que abramos nuestras puertas al desarrollo humano, al bienestar y a la unidad. Que encontremos fuerza para crear, en la solidaridad que nos llama a vencer la pobreza. Les pido que entendamos, de una vez por todas, que «como hombres y como pueblos, hemos venido a este mundo a hacer algo que valga la pena».

«La tierra libre es la que sustenta a los hombres libres». Si somos libres, es porque quienes estuvieron antes de nosotros, superaron el miedo, el miedo al cambio, el miedo al progreso. Esta es una tierra libre porque sustenta a personas libres, y la libertad implica ser responsables y no tener miedo. El miedo es el peor enemigo de una persona, de una familia y de un pueblo.

Nuestra historia es la historia de un país que ha superado sus propios temores, que le ha perdido el miedo al miedo. Desde hace siglos, los costarricenses hemos asumido las grandes coyunturas históricas en función de un proyecto colectivo, que no es más que el resultado de nuestra unidad interna. Nos decía don Constantino Láscaris que mientras otros países hispanoamericanos, con su Independencia, dieron un paso hacia atrás y cayeron en el tribalismo, Costa Rica supo mantenerse en la línea de la «modernidad», que quiere decir actitud pensante ante los problemas.

Esa «actitud pensante ante los problemas», es la responsable de que nuestros antepasados, liderados por el Bachiller Osejo, convocaran a la Junta de Legados de los pueblos y aprobaran, el 1 de Diciembre de 1821, el Pacto de Concordia. Entonces, por primera vez en nuestra historia nos percatamos que a pesar de nuestra pequeñez con una población que no excedía las 50 mil personas, no teníamos por qué tener miedo a ser independientes.

Desde 1808 empezamos a cultivar café en Costa Rica. En 1820 exportamos el primer quintal a Panamá, y desde 1832 empezamos a exportar café a Chile, de donde se reembarcaba a Londres en cantidades de 500 a 1.000 sacos al año. Para 1843 estábamos exportando, por primera vez en forma directa, café al Reino Unido. Aquellos hombres y mujeres de principios del siglo XIX no tuvieron miedo de iniciar un cultivo para el que no existía mercado. Vieron en las matas de café una oportunidad para vincularse al mundo. Y esperaron, con sus primeras exportaciones directas a Inglaterra, hasta un año para poder recibir el pago por sus ventas. En la primera parte del siglo XIX, Costa Rica no le tuvo miedo al cambio.

Sin complejos, la pequeña Costa Rica se vinculaba al mundo, y lo hacía sin miedo. Entre 1840 y 1890, el café fue nuestro único producto de exportación, lo que nos colocó como uno de los primeros países en desarrollar un floreciente comercio cafetalero.

Años después, y luego de haber pasado por un período de inestabilidad, de transformaciones constitucionales y de cambios de gobernantes, llega al poder don José María Castro Madriz, y con él, el momento de constituirnos en una República soberana e independiente. La fundación de la República fue fruto del más amplio clamor de los habitantes, de la participación ciudadana, de las decisiones municipales y de un proceso de diálogo y concertación entre las comunidades y fuerzas vivas costarricenses. Fue el fruto de dos sueños: el sueño del clamor popular y el sueño del estadista.

En la primera parte del siglo XIX, Costa Rica no le tuvo miedo al progreso, y asumió gustosa su sitio en el concierto de las naciones.

Un nuevo gobernante guía a nuestro país por los senderos de la libertad en la segunda parte del siglo XIX. Ese hombre es don Juan Rafael Mora Porras. Bajo su mando, inicia la Campaña Nacional de 1856. Sin temor, sin complejos, sin miedo, el primero de marzo de 1856 lanza su célebre manifiesto, llamando a sus compatriotas a las armas, pues «ha llegado el momento de…combatir por la libertad de nuestros hermanos».

La Batalla de Santa Rosa, la ocupación de Rivas y pueblos vecinos, el combate de Sardinal, la Batalla de Rivas, y la toma de Río San Juan, son pruebas fehacientes y claras de un pueblo pequeño y humilde que no le tuvo miedo a los filibusteros de una nación poderosa que querían someter a Centroamérica.

Una vez más, no le tuvimos miedo al miedo. Y expulsamos a los filibusteros de nuestras tierras.

Durante la mayor parte del siglo XIX, llevábamos el café en carreta hasta Puntarenas. Con una población de 150 mil habitantes, Costa Rica tenía un gran proyecto en mente: abrirse paso al Atlántico para poder exportar café y comerciar con Europa. Y así lo hicimos. Tomás Guardia inicia esa epopéyica faena; y emprende las obras para construir el ferrocarril al Atlántico. Nuevamente, no tuvimos reservas para vincular a Costa Rica al mundo. No nos asustamos por la magnitud de las obras. No le dimos cabida a la desesperanza. Todo lo contrario. Esperábamos con ansias ver terminada la obra. Y no solo tuvimos un ferrocarril, sino dos. De costa a costa, un ferrocarril unía a Costa Rica.

En la última parte del siglo XIX, Costa Rica no le tuvo miedo al progreso. Tuvimos fe, esperanza y visión.

La independencia, los cultivos del café, la Fundación de la República, la Campaña Nacional del 56, marcan el inicio y la configuración de nuestro Estado Nacional. Forjamos en el siglo XIX nuestra nacionalidad y con ella, nuestra identidad nacional. Asumimos la tarea de ser una nación soberana y construimos las bases de un Estado de Derecho. Nos insertamos en el mercado mundial con el cultivo del café y luego con el banano, y nos dimos a conocer en el mundo. Estas son conquistas producto del coraje, de la valentía y de la visión de nuestros antepasados. Son el resultado de perderle el miedo al miedo, el miedo al cambio, el miedo al progreso.

Ingresamos al siglo XX y no lo hicimos como la nación más olvidada, recóndita y pobre de Centroamérica, sino como una de las repúblicas más prósperas y equitativas de América Latina. Para 1890 el analfabetismo alcanzaba al 90% de la población, y para 1929, era tan solo del 27%. Para 1864 la esperanza de vida al nacer era de 27 años; ochenta años después, y gracias a los programas de salud, aumentamos la esperanza de vida a los 47 años. Recogíamos los frutos de una sociedad previsora, que supo ver en la educación y en la salud los dos principales bastiones del desarrollo humano.

Los fundamentos de la sociedad previsora nos llevan en la década del cuarenta a actuar a favor del pueblo costarricense, de los y las trabajadoras. Es la década de la Segunda Guerra Mundial, del Holocausto y el aislamiento. Pero sin miedo los costarricenses no se amilanaron. Es la década en la que incorporamos el capítulo de las Garantías Sociales a la Constitución Política del 71; en la que se crea la Universidad de Costa Rica; en la que se promulga el Código de Trabajo, se crea el Seguro Social y otras instituciones como la Junta Nacional de Habitación, para dotar de vivienda a las clases pobres.

En esa década, tampoco tuvimos miedo para poner en práctica las reformas sociales en medio de la guerra. En esa coyuntura, cuando no había comercio y la economía mundial acababa de sufrir una fuerte depresión, no nos detuvimos a esperar mejores tiempos para hacer efectiva a la reforma social, aún cuando ésta significaba crear cargas sociales que encarecerían los productos en medio de ese entorno desfavorable para el comercio. ¡Y no tuvimos miedo!

Sufríamos, desde la década del 20, serios problemas con el servicio eléctrico, y esto nos lleva a finales de los cuarenta a considerar una propuesta seria para salir de la crisis y cubrir la demanda futura a un plazo de 30 años. Entre 1947 y 1951, construimos la primera planta hidroeléctrica en Carrillos de Poás, la cual fue realizada en su totalidad por costarricenses con fondos de la Municipalidad de Heredia y el Estado. Esta experiencia fue fundamental para nosotros, porque demostró no solo nuestra inventiva, nuestra capacidad de innovar y de crear, sino también nuestra capacidad de asumir, con éxito, los más grandes retos.

Para 1949, contábamos ya con un Instituto Costarricense de Electricidad.

Hace cincuenta años el ICE significó expansión, inversión y mayor eficiencia. Hoy, que las condiciones y las necesidades de Costa Rica son muy distintas, tenemos también que enfrentarlas. Tenemos que vencer el miedo al cambio, a las transformaciones, el miedo a lo desconocido.

Existe un 20% de la población costarricense que vive en la pobreza. Si no existiera una quinta parte de nuestra población que vive en condiciones difíciles, podríamos estar contentos con lo que tenemos y no tendríamos que pensar en cambios. Pero hay un 20% de costarricenses pobres y ello nos obliga a transformar muchas estructuras, que en 20 años no han logrado disminuir la pobreza en este país. Hoy el cambio es manifestación de la solidaridad humana, y mañana la solidaridad humana será el nombre de la paz en el siglo XXI.

Necesitamos de más y mejores empleos. Necesitamos de una economía que crezca rápido. Necesitamos de fuertes inversiones con el fin de adaptarnos a las nuevas necesidades y a los avances de estas tecnologías. Necesitamos un nuevo Pacto Social, una nueva reforma social para nuestros tiempos.

Necesitamos vencer el miedo al cambio. Costa Rica ha vencido y ha progresado cuando ha perdido el medio, el miedo al miedo, el miedo al progreso.

Si en 1821 no le tuvimos miedo a la independencia; si en 1848 no le tuvimos miedo a declararnos república; si en 1856 tuvimos el coraje para expulsar de nuestras tierras a la horda filibustera; si no nos dio miedo aventurarnos a sembrar café y banano y a construir los ferrocarriles, si no nos dio miedo realizar la reforma social en los cuarenta, fundar el ICE y hacer represas, si no tuvimos miedo a eliminar el ejército y a construir la paz en Centroamérica, ¿por qué hemos de tener miedo ahora?

Si 1998 fue el año de la Concertación, 1999 es el año de la ACCIÓN.

Nuestro Gobierno ha propuesto una serie de reformas para avanzar en sus conquistas sociales y hacer más eficiente y competitiva la producción. Estas propuestas son el resultado de años de estudios, de análisis y de preparación. Fueron presentadas en el Proceso de Concertación Nacional y enriquecidas en su desarrollo. Reúnen el pensamiento de muchos y son vitales para nuestro futuro.

Una de esas reformas es la Ley de Protección al Trabajador: la reforma social de nuestro tiempo.

Tenemos un problema que debe solventarse con urgencia. Nuestro problema es que la mitad de la población económicamente activa no cuenta con un seguro de invalidez, vejez y muerte. Medio millón de trabajadores y trabajadoras no están cubiertos por ningún régimen de pensiones que los proteja en su vejez.

Estos problemas se agravan con la evasión y la morosidad; la madurez del régimen y elevación de los costos; el mal manejo de las inversiones de la CCSS y la transición demográfica por la que estamos pasando. La situación actual no es sostenible en el largo plazo, y de no efectuarse las reformas, no podremos, en un futuro, pagar pensiones a quienes las necesiten.

Por su parte, la cesantía no ha pasado de ser una expectativa de derecho, cuya realización requiere de largas disputas en los tribunales e impone altos costos para todos los participantes. El auxilio de cesantía se concibió con el propósito de garantizarle al trabajador un ingreso oportuno, para atender sus necesidades durante el período de búsqueda de un nuevo empleo, sin embargo, ese propósito se desvirtuó y el trabajador se enfrenta a la incertidumbre cuando concluye una relación laboral.

Por eso, debemos actuar guiados por los principios de justicia, equidad y solidaridad. Si aprobamos esta reforma, tendremos un sistema de pensiones sólido, solvente, sostenible y humano, que descansará sobre cuatro pilares, y la cesantía será un derecho real y no una simple expectativa que casi nunca se cumple.

La Ley de Protección al Trabajador profundiza la justicia social, y en este final de siglo, nos toca impulsarlo en beneficio propio y de las futuras generaciones de costarricenses.

También, entramos con los educadores en un proceso de diálogo y negociación, que culminó en este año en un acuerdo para modificar la Ley de Pensiones y Jubilaciones del Magisterio Nacional. El proyecto de ley que se envió a la Asamblea Legislativa, recoge el fruto de esa negociación y plasma nuestro compromiso con el educador costarricense. Desde hace mucho tiempo, las reformas al régimen de pensiones del magisterio no han introducido cambios positivos para los educadores. Estas propuestas son la primera mejora que recibiría el gremio en muchos años. Además, se debe tener presente que estamos haciendo todo lo posible dentro del marco de restricciones que enfrentamos. Prometimos lo que se puede cumplir y lo que es sostenible de acuerdo con la situación fiscal que vive el país.

El Gobierno ha propuesto una modernización y fortalecimiento del ICE y un proceso de apertura para la generación de electricidad y para las telecomunicaciones. El Gobierno no ha propuesto, no propone, ni propondrá la venta del ICE. Eso es absolutamente falso. En ningún momento, en ninguna instancia, eso se ha señalado.

La falta de recursos del Gobierno no nos permite a los costarricenses invertir en el grado necesario para que el ICE, sólo, pueda atender todas las necesidades de electricidad y telecomunicaciones. Tenemos que enfrentar esa realidad. Y al no tener esos recursos tenemos que asegurarnos que dentro de veinte años nuestros hijos y nuestros nietos no nos vuelvan a ver y nos digan: «ustedes nos fallaron, porque cuando era tiempo de cambiar, tuvieron miedo.» No queremos que nuestros hijos tengan que imponerse nuevos y muy gravosos impuestos para simplemente mantener un «statu quo», que nos produce una quinta parte de costarricenses pobres.

Modernización, justicia a nuestros educadores y educadoras, pensiones para todos y convertir la cesantía en un derecho real. Esas son las decisiones que debemos tomar.

Por eso es que hoy, ante el Monumento Nacional, les pido a los costarricenses que no tengan miedo, que tengan fe y esperanza en el futuro. Este Monumento muestra lo que se puede lograr cuando hay una visión clara de futuro y los pueblos se unen para alcanzar grandes metas. Cuando así hemos actuado los costarricenses hemos sido vencedores.

No podemos perder más tiempo. El futuro sigue su marcha vertiginosa, acercándose más y más, día a día. Es la hora de la acción. Es la hora de la verdad. No más mentiras, no más cálculo político. No más miedo. Todos sabemos que estos proyectos son necesarios para Costa Rica. Todos sabemos que en la última parte del siglo XX, los costarricenses necesitamos perderle el miedo al miedo, el miedo al cambio, el miedo a lo desconocido, el miedo a las transformaciones.

Tengamos fe en el futuro. Esperanza en un siglo nuevo. Confianza en el mañana. Escuchemos el clamor de los tiempos, escuchemos a la Patria. La antorcha debe ser pasada a las generaciones del siglo XXI. No dejemos que la llama se extinga.

La tierra libre es la que sustenta a las personas libres. García Monge nos dijo en un día como hoy en 1921, que «La Costa Rica de nuestros padres expulsó del suelo materno al filibustero calculista e inescrupuloso». Hace un año, les pedí que expulsáramos de nuestra Patria al filibustero de la corrupción y el narcotráfico, de la pobreza, de la desesperanza, de la ignorancia, de la enfermedad, de la ineficiencia, de la inflación y la contaminación. Hoy, en la última celebración de nuestra independencia en este siglo, les pido, una vez más, nos ayuden a desalojar de nuestras tierras al más terrible enemigo de las personas, al adversario del progreso, al rival de la Patria: AL MIEDO.

Acompáñenme en esta nueva Campaña Nacional. La Patria reclama para sí esta nueva victoria. La Patria demanda el desarrollo humano. La Patria exige que nos independicemos del miedo.

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