Miguel Ángel Rodríguez: Vivir un cambio de época

También actuar con prudencia frente al incremento de la incertidumbre y adaptarnos gradualmente nosotros y nuestras instituciones.

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Miguel Ángel Rodríguez Echeverría, Economista (Ph.D.) Abogado.

No es fácil vivir un cambio de época. Nos exige tomar distancia del presente y de lo inmediato. Nos exige reflexión y gradualidad. Nos exige preservar los valores fundamentales y los elementos esenciales de nuestra institucionalidad para evitar la violencia y el caos.

Claro, no es fácil vivir. Vivimos en la escasez, somos ignorantes y tenemos instintos de preservación y sobrevivencia que nos inclinan al egoísmo y al cortoplacismo y en lenguaje religioso nos hacen pecadores.

Pero las dificultades se agigantan cuando nos toca -no adaptarnos a los cambios de una época- sino a un cambio de época.

Se agigantan las dificultades porque se dan simultáneamente cambios en muchas de las principales circunstancias que condicionan nuestras acciones, y se nos hace muy arduo adaptarnos. Cómo con su bello uso del español nos dijo Ortega y Gasset “Yo soy yo y mi circunstancia”. Cambios radicales en mi circunstancia me cambian.

Puede parecer temerario afirmar tan contundentemente que vivimos un cambio de época. Es decir, una transformación de la vida humana tan profunda como la que se dio con la caída del Imperio Romano, con el Renacimiento y con el surgimiento de la Época Contemporánea gracias a la Revolución Industrial y a la gradual implementación de la Monarquía Parlamentaria Inglesa, la Independencia de los EE. UU. y la Revolución Francesa.

Acepto que cuando se vive un episodio de este tipo es muy difícil saber si de verdad se está dando, y si no es que uno simplemente exagera las complejidades que a todos siempre nos toca vivir. Especialmente por que los cambios de época toman muchos años y varias generaciones para concretarse.

Desde el primer tercio del siglo XX Ortega y Gasset señalaba un cambio de época. Si empezó entonces no me cabe duda de que no se ha consolidado aún. Los cambios que hoy vivimos son dramáticos y se dan en muchísimos frentes.

Cambios que se dan en como vivimos y en que podemos hacer, pero a cuyos efectos no nos hemos ajustado. Cambios que se han dado en nuestros medios e instrumentos, en nuestras leyes y prácticas, …pero que no se han dado todavía en nuestro acervo cultural y no sabemos todavía cómo interiorizar, como domar, como aprovechar.

Cambios tan profundos como la maravillosa conquista de sus derechos que las mujeres han venido alcanzando con su profundo impacto en la familia, la sociedad, las empresas, la política, la academia. Este es probablemente el cambio más impactante que hemos vivido en el último siglo.

Como el cambio tecnológico que es más que el avance de la informática y la computación y que la 4a Revolución Industrial. Es la velocidad con la que se produce estos nuevos conocimientos y se generan maneras de utilizar estos nuevos instrumentos en la producción y en nuestra cotidianidad.

También ya vivimos una organización empresarial distinta a la jerárquica de inicios del siglo XX. Hoy predomina una mezcla de funciones de decisión y operación y se transforman las líneas de control. El CEO opera su computador, realiza tareas. El obrero participa en círculos de calidad. Ese achatamiento del triángulo empresarial tiene que ver con la nueva primacía del conocimiento como instrumento fundamental de la producción.

Se transforman profundamente estado y política. El aprecio por la democracia cae año con año, los ciudadanos desconfían de las élites a las que consideran indiferentes a su bienestar, los valores se desvalorizan. Se menosprecia la política y a los políticos. De la anti política surgen los populismos de derecha y de izquierda que carcomen el estado de derecho, violan los derechos humanos y engatusan a los ciudadanos. Los partidos políticos se devalúan, se fragmentan y multiplican.

A partir del fin de la II Guerra Mundial el mundo vive una poderosa ola globalizadora y el surgimiento de una robusta institucionalidad internacional y del comercio entre naciones sometido a reglas y a la solución de controversias. Crecen el comercio entre las naciones, el turismo, los negocios internacionales. Pero con la Gran Recesión el mundo altera su rumbo. Pierden vigor el multilateralismo comercial y las instituciones internacionales. Las naciones y sus organizaciones se muestran incapaces de enfrentar los grandes retos del calentamiento global, de las pandemias, del armamentismo y los arsenales nucleares, del cambio tecnológico y la posibilidad de que se concentre en algunas personas la capacidad de determinar nuestras acciones, de la pobreza de naciones rezagadas y de familias que sufren la miseria en medio de la opulencia.

Las redes sociales lejos de unirnos en un ágora digital para crear acuerdos nos han dividido en grupos enfrentados y radicalizados entre los que predominan las “fake news,” las paparruchadas. La cultura se banaliza y en la “civilización del espectáculo” reina el más desparpajado relativismo, que además de valores y conocimientos abarca hasta los hechos. La trasmisión de la cultura se dificulta con el cambio que provoca el inmenso aumento en la esperanza de vida que permite que ahora convivan tres o más generaciones, y no las dos que facilitaban su evolución de padres a hijos.

Como si todos los anteriores cambios en nuestras circunstancias fueran poco, en solo treinta años hemos pasado del mundo dividido por la cortina a de acero a uno unipolar bajo la égida de EE. UU. Y a una confrontación entre potencias visibilizado por la invasión de Putin a Ucrania y la escalada de tensiones entre EE. UU. Y China.

La pandemia con sus consecuencias y todos esos cambios que no hemos asimilado, han puesto de manifiesto y magnificado la ineficiencia y la corrupción de muchos gobiernos, el dolor de la pobreza y el aumento de la desigualdad. También han causado frustración y desarraigo de las personas, que pierden el abrigo de la familia tradicional, de los empleos formales y duraderos, de su pertenencia religiosa, de su comunidad ahora sustituida por las amistades anónimas en las redes sociales.

Con el cambio en las circunstancias crece la incertidumbre. Lo desconocido nos da miedo.

Frustrados, sin el sustento de relaciones humanas y espirituales que nos tranquilicen, confusos y con miedo, se acrecienta la fuerza de los sentimientos, principalmente el enojo, y se apoderan de los pueblos la envidia y el odio. Son condiciones propicias para la violencia. La racionalidad y el amor se debilitan en la acción humana.

Por eso en este cambio de época debemos esforzarnos en el encuentro fraterno, en la amistad social y en protegernos con una estructura de valores que nos permita navegar en aguas desconocidas.

También actuar con prudencia frente al incremento de la incertidumbre y adaptarnos gradualmente nosotros y nuestras instituciones.

Siempre debemos ser respetuosos frente a los demás y humildes ante nuestra ignorancia. En este cambio de época con el incremento de la incertidumbre, de la frustración y del miedo esas virtudes son aún más necesarias.


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