Miguel Gutiérrez: Fuentes del malestar ciudadano

El malestar se ha acumulado desde muchos factores, algunos de ellos  mencionados. Su reducción solo será efectiva si se actúa sobre esos factores.  Es indispensable, entonces,  pactar de nuevo la concordia, recuperar la fe en la política, los políticos, las instituciones y también en tener un destino común como nación.

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Miguel Gutiérrez Saxe, Economista, Educador (Dr.).

Malestar  puede haber y, con certeza, siempre habrá en una democracia. El asunto es la profundidad, persistencia, consecuencias e ineficacia para enfrentar ese malestar en estos años en Costa Rica. La desconfianza ciudadana en las instituciones y en todos actores del sistema político se ha manifestado de manera importante por medio de la abstención electoral, la reducción de su apoyo a la democracia, la incertidumbre y lo volátil de sus adscripciones electorales, algunos episodios intensos de conflicto, o en periodos de alto nivel de conflictividad social.   Por eso es necesario desentrañar sus fuentes.

Corrupción e impunidad. La corrupción, pero sobretodo la impunidad, son  fuentes de fondo del malestar ciudadano que hoy nos atenaza. Escándalos que señalaron expresidentes, autoridades altas, medias y funcionarios de otros niveles nos han persuadido, desde hace muchos años, de que estos son flagelos que hacen vulnerable al país. En este tema, como bien dice Costa Rica Íntegra del discurso presidencial de los 100 días,  es un acierto asumir la probidad y la lucha contra la corrupción como ejes; sin embargo , sería desperdiciado si no se acompaña por intervenciones concretas y efectivas en materia de transparencia, anticorrupción y probidad.  Recordemos que muchas acciones son  meramente administrativas, que dependen, directa o indirectamente,  de un gobierno central que actúe con información correcta y corroborada, y no suponen, al menos inicialmente,  la intervención de otros poderes de la República y largos periodos de espera entre el hecho y su corrección y su sanción.

Ahora bien,  la corrupción y la impunidad no son las fuentes exclusivas -ni siquiera son las más importantes- del creciente malestar ciudadano. Me explico enumerando otros factores:

Dar menos pero ofrecer más. Este desencanto, además de toparse con escándalos y situaciones  de corrupción,  encuentra en la política una extraña forma de operar pues esta recurre a la fórmula de entregar menos o deteriorados servicios públicos  pero con gran elocuencia prometer cada vez más derechos. Así, promulgó durante estos tiempos abundantes leyes (más de 400), casi todas con nuevas responsabilidades para el Estado, pero sin ocuparse por establecer las fuentes de recursos para hacer efectivos los compromisos asumidos, ni los derechos creados (menos del 20% de esas  400 leyes lo hicieron). Aumentó la promesa democrática pero el sistema político entregó menos o deteriorados servicios públicos.

¨Reformas¨ del Estado erróneas. Otra reacción sistemática del sistema político fue establecer crecientes controles al ejercicio de la autoridad y a la administración, también complicar la trama legal y la tramitología; además establecer importantes  organismos de tutela de derechos. Lo que no está claro es que esos controles mejoraran la capacidad de detectar y sancionar la corrupción, o la ineficiencia; los propios gobernantes han afirmado que lo que se ha logrado es postrar al administrador y funcionario que prefieren no ejercer sus responsabilidades, a arriesgarse a la sanción  al actuar. Simultáneamente, el sistema emprendió movilidades laborales para empequeñecer al aparato público que condujeron a  perder capacidades públicas, sin reducir gasto superfluo, o eliminar ineficiencia. La administración pública perdió músculo, esto es cuadros experimentados en áreas críticas y cotizadas en el mercado, pero mantuvo su grasa. También los beneficios a la burocracia descentralizada, sin tanto control, crecieron, junto con un gobierno central sin capacidad de inversión en su operación y modernización. Apretamos más a instituciones  que no se comen la piña, las que terminaron con el dolor de panza.

La política de perder-perder. En estos años hemos asistido al despliegue de un  estilo suicida de hacer política: el fracaso de la acción de gobierno equivale, o de su financiamiento,  a la construcción de la fuerza opositora. La evidencia apunta a que ciertamente el bipartidismo se debilitó al extremo,  y además a que  las fuerzas emergentes –ninguna- ha logrado acumular a su favor de manera sistemática la erosión de aquellas lealtades políticas. El estilo fue  pierde-pierde, no pierde-gana, menos aún gana-gana. Por supuesto que quien perdió más fue la población. De esta manera, la primera víctima del malestar ciudadano fue el bipartidismo, pero luego todo el sistema político. Así llegamos a un sistema multipartidista, con escasa disciplina y cohesión interna partidaria, además de empequeñecida y volátil  adscripción de la gente a los partidos, en un tiempo de estancamiento de la pobreza y crecimiento de la desigualdad.

Tiempos buenos solo para algunos. Hace más de dos  décadas, una   nueva época inició con la consolidación de un nuevo estilo de desarrollo  hoy en día se encuentra, con una sociedad enzarzada en crecientes conflictos distributivos sobre posesiones y posiciones. El crecimiento del PIB por sí solo resultó insuficiente.  Al principio de este tiempo se reconocía que  combinar metas económicas y sociales era ético y realista. Pero solo se avanzó parcialmente; también hubo involuciones. Hoy tenemos una sociedad con más capacidades humanas pero que lleva más  de dos décadas de estancamiento de los niveles de pobreza según ingreso  y se topa con una  creciente desigualdad en el reparto de riqueza, ingresos y poder.  La nueva economía –con algo más del 20% de la ocupación- concentró los beneficios de la política pública y el  desarrollo de una institucionalidad moderna, financiada y eficiente; estuvo exenta del pago de casi  todos los impuestos. El resto de los sectores económicos –casi el 80% de la ocupación- vieron desmantelarse sus políticas de fomento productivo, deteriorarse su porción de institucionalidad y menguada la eficiencia pública de esa su parte. La modernización económica  no resultó incluyente para amplísimos sectores. Se declaró una pérdida de rumbo, a partir de la coincidencia muy mayoritaria sobre la insuficiencia de la ruta para llevarnos a generar desarrollo humano y a repartir de manera aceptable posiciones y posesiones.

Se reclama y se reconoce la perdida de rumbo. Los programas de gobierno de los principales partidos, presentados durante las elecciones, así lo reconocieron y señalaron como necesarias la corrección de las políticas económicas, aunque ciertamente con mayor o menor amplitud de giro; también el elector, por su parte se expresó por cambios, entre otros importantes asuntos, en las políticas económicas y de desarrollo productivo para lograr empleo, equidad y bienestar.

El malestar se ha acumulado desde muchos factores, algunos de ellos  mencionados. Su reducción solo será efectiva si se actúa sobre esos factores.  Es indispensable, entonces,  pactar de nuevo la concordia, recuperar la fe en la política, los políticos, las instituciones y también en tener un destino común como nación.


 

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