Miguel Gutiérrez Saxe – “Aportes y criterios”

Espero que hayan pasado unas ¡Felices fiestas! Me tomo la libertad de pedir prestado el título de una canción emblemática y militante de un mundo mejor, pero también un gran recurso para los tiempos agitados y que abre oportunidad para pensar propósitos. Sí, imaginemos algo que sea deseable, aunque no exista.

Por contraste recuerdo un cuento corto de Kafka, el buitre, que es su antítesis. Atropello el cuento por razones de espacio: Un pobre hombre yace en el campo, víctima de un buitre que se come poco a poco sus pies, concesión del indefenso ante un poder que no podía combatir. Un buen hombre pasa y le ofrece ayudarlo, pero requiere su arma por lo que tardará para resolver la agresión. Se marcha. El buitre entiende el plan urdido en su contra y decide dar su golpe letal, sin dar tiempo. Cito: ¨… voló un poco más lejos, retrocedió para alcanzar el impulso óptimo, y, como un atleta que arroja la jabalina, encajó su pico en mi boca, profundamente. Al caer de espaldas sentí como una liberación; sentí que, en mi sangre, que colmaba todas las profundidades y que inundaba todas las riberas, el buitre, irremediablemente, se ahogaba¨.

Ahora bien. nuestro país, cuando obtuvo su independencia, no escogió el camino de la confrontación, realizó un ejercicio de diálogo que lo conocemos hoy familiarmente como pacto de concordia, aunque su nombre es más pomposo. Nadie obtuvo todo lo que cada uno deseaba, pero sí algo que a cada quién le resultó razonable. No recurrió a sacrificar dolorosamente sus pies, ni a ahogar en su sangre a su enemigo y morir en el intento, como en el cuento de Kafka. Otros países de la región así procedieron, sufrieron -algunos sufren- un largo y prolongado conflicto que procura excluir al otro, trayendo a la región a terceros, pero con intenciones aviesas, como los filibusteros. Esa fue nuestra inevitable y peor confrontación que costó el 10% de nuestra población de aquellos días.

Nuestro Siglo XIX y XX fueron siglos con conflictos entre visiones, entre provincias, entre personas, entre clases. También hubo golpes de estado y traiciones memorables. Por lo general tuvimos la viveza de resolverlas de la manera menos cruenta posible, aunque se llegó a fusilar a próceres reconocidos como Morazán, Cañas y Mora y, un siglo después, llegamos a una guerra civil que culminó también con un pacto en una muy difícil circunstancia. Nadie obtuvo todo. Desde hace mucho escogimos el camino del estado de derecho, de la ley para resolver diferencias, por eso tenemos atiborrado de litigios al poder judicial, pero convivimos.

No es fácil proponerse solo aceptar la máxima aspiración. Cada uno la propia, suponiendo que la cobija alcanzará siempre. Sabemos que no alcanzará, que en un escenario de confrontación total el más fuerte, o el más astuto, vencerá. El maximalismo, así se conoce esta posición de no aceptar menos que todo, conduce a pérdidas totales para algunos y la correspondiente ganancia plena para otro, o la ruptura de la manta en pedazos, aunque quizá ningún pedazo llegue a cubrir satisfactoriamente a ninguno. La alternancia en la desgracia no es fácil de lograr, por lo general al más flaco se le pegan las pulgas.

Pareciera que la mejor manera es el estado de derecho, que expresa y se adecúa según la concordia del tiempo. El riesgo de perderlo todo por no aceptar opciones de negociación debería ser un fuerte incentivo para buscar nuevas concordias. Tenemos sonados ejemplos recientes que han dejado en debilidad y vulnerabilidad a algunas fuerzas sociales. ¡Advertía el gran revolucionario del Siglo XIX que no se debe jugar a la insurrección! Tampoco se puede jugar a la confrontación – más o menos violenta- de calle a cada paso. Dejar que el más radical domine la retórica y marque la pauta da muy malos resultados casi siempre, sacrifica por lo general opciones más favorables. Lástima que algunas voces oficialistas y de los sectores sociales organizados recurran a este llamado con extrema frecuencia.

Excepcionalmente, es necesario recordar, el país ha recurrido a formas extremas que han originado periodos de recuperación de la democracia, o su afianzamiento y en ocasiones a épocas de crecimiento y progreso social duradero. Siempre se ha reestablecido el imperio de la ley con celeridad, ¡por fortuna y por virtud!, aunque la concordia haya llegado tiempo después.

Actualmente vivimos tiempo más violentes, de inseguridad, de restricción de la esperanza de obtener mejores condiciones de vida, de pobreza y exclusión para muchos. ¡Qué no se deterioren los derechos! Al menos en estos temas se impone actuar juntos, aunque sea con un mal arreglo (todos ceder) por encima de un buen pleito. En lo que sí deberíamos llegar a un acuerdo ambicioso es en darle oportunidad a los excluidos, especialmente a los niños y jóvenes pues perpetuarían su condición durante toda su larga vida. Seguridad, recuperar la educación y los sistemas de salud y de protección social. Volver a tener fe en la política, los políticos, las instituciones y, en definitiva, en tener un destino común como nación. Efectivamente, lograr una renovada concordia.

Antes pudimos en peores condiciones y bajo malos ejemplos. ¿Por qué no ahora? ¡Imagina!

 

 

 

Por Miguel Gutiérrez Saxe

Miguel Gutiérrez Saxe. Economista de formación, fundador y director del Proyecto Estado de Nación por más de 20 años y actual colaborador. Partidario del poder suave.