La visión y plan de largo alcance no es una utopía; es la hoja de ruta indispensable para rescatar la promesa de equidad que una vez hizo de Costa Rica una excepción en el continente.

Miguel Gutiérrez Saxe.

Una pocas cifras macroeconómicas de Costa Rica suelen encandilar a los analistas en Washington y San José. El reciente informe del personal técnico del FMI celebra el crecimiento, las exportaciones de los regímenes especiales y el cumplimiento formal de las metas fiscales. Sin embargo, quienes insistimos en mirar el país desde sus fracturas estructurales sabemos que detrás de ese brillo de mirada de largo se esconde una realidad alarmante: una Costa Rica macroencefálica, donde una cabeza hiperconectada al mundo contrasta con un cuerpo territorial e institucional exhausto, precarizado y profundamente desigual.

Nuestra crisis actual no es un bache coyuntural de recaudación y endeudamiento; es el agotamiento de un estilo de desarrollo que ha consolidado una economía de dos velocidades. Por un lado, el motor dinámico y exento de impuestos de las zonas francas vuela alto; por el otro, el régimen definitivo —la agricultura, la industria, el turismo, el comercio local y los trabajadores fuera de la GAM— sufre silenciosamente con sus costos locales en colones revaluados.

Continuar por esta senda de complacencia fiscalista, celebrando el aplauso de los organismos internacionales mientras se desmantela el Estado social, es jugar a la ruleta rusa con la paz social y la viabilidad de nuestra democracia. El FMI ya le advirtió al gobierno que no sirve la coletilla de sin considerar la seguridad social en el título de los cuadros fiscales publicados por el Ministerio de Hacienda; esconder bajo la alfombra esa obligación principalmente con la CCSS, valorada en 4,5 billones de colones, ya no será posible. Esta jarana ya salió a la cara.

Costa Rica no puede seguir gobernándose al vaivén del próximo trimestre fiscal o del calendario electoral. Urge una visión y un plan, un pacto político y social con la mirada puesta en las próximas décadas. Recaudar mejor, también pensar cómo financiar más equitativamente al estado. El objetivo no es, bajo ninguna circunstancia, frenar el éxito de los sectores dinámicos, sino remover con decisión los diques estructurales que impiden que esa riqueza irrigue al resto de la sociedad y que el resto, por su parte,  pueda prosperar.

Este rumbo alternativo debe sostenerse sobre cuatro pilares inaplazables:

Primero, debemos forzar la convergencia y la integración productiva. El régimen especial y el definitivo no pueden seguir operando como dos planetas distintos. Necesitamos encadenamientos de segunda generación que vayan más allá de la proveeduría de servicios básicos; requerimos transferencia tecnológica real y financiamiento estratégico a través de programas robustos que sean acordados y ejecutados coordinadamente, transformándolo en un verdadero motor de reconversión industrial y agrícola para las pymes locales. Pero también crear las condiciones para que el resto de la economía sea competitiva, contrate gente, exporte por ejemplo a Centroamérica, tercer socio comercial del país.

Segundo, es imperativo corregir los sesgos de la política monetaria y cambiaria. El Banco Central de Costa Rica no puede seguir refugiándose en un fetiche inflacionario que ignora flagrantemente su propio mandato legal: el de evitar las tendencias deflacionarias y promover la ocupación plena. Un país inundado de divisas por la inversión extranjera directa, inversión financiera atraída por condiciones favorables, inversiones especulativas (de las transparentes y de las non santas), endeudamiento público, turismo,  etcétera generan condiciones para los comportamientos de la economía real y lo monetario. La persistente sobre apreciación del colón actúa hoy como un subsidio implícito a las importaciones que abarata lo extranjero, deprime la recaudación del IVA en aduanas y vacía los bolsillos del sector productivo nacional y de las economías regionales. Esa jarana aún no ha salido a la cara.

Tercero, debemos detener la austeridad atroz en la inversión social y humana. El superávit fiscal del que hoy se nutre el discurso oficial se está sosteniendo sobre un barrial: una deuda histórica e impagada con la Caja Costarricense de Seguro Social y un recorte atroz al presupuesto de la educación pública. El «apagón educativo» actual es la fábrica de la desigualdad del futuro. Recuperar el presupuesto constitucional en educación, universalizar las capacidades digitales y bilingües en las periferias geográficas y expandir masivamente la red de cuido de menores y ampliarlo a mayores para integrar a las mujeres al mercado laboral son inversiones de alta rentabilidad social, no gastos suntuarios, además de producir bienestar.

Finalmente, requerimos una reforma de las reglas fiscales y de la gestión pública. El Estado costarricense muchas veces sabe qué hacer, pero no logra hacerlo con eficacia por el entrampamiento institucional y reglas fiscales mal diseñadas. La regla fiscal actual, que se vuelve permisiva con el crecimiento contable de las zonas francas pero ahoga la inversión en desarrollo humano, debe ser sustituida por una regla plurianual de segunda generación que excluya del tope al gasto en educación, salud e infraestructura crítica. Debemos devolverle al estado —a través de un Mideplan robustecido— su capacidad de planificación estratégica frente a los feudos institucionales.

El crecimiento económico es una condición necesaria, pero radicalmente insuficiente si no se traduce en bienestar compartido. Las alarmas de seguridad ciudadana que hoy nos estremecen no son hechos aislados, sino el síntoma inequívoco de un estilo económico que genera riqueza pero se niega a distribuirla. Estamos a tiempo de rectificar. La visión y plan de largo alcance no es una utopía; es la hoja de ruta indispensable para rescatar la promesa de equidad que una vez hizo de Costa Rica una excepción en el continente.

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Su autor, Miguel Gutiérrez Saxe, reconocido investigador y analista de larga trayectoria, aporta una voz experta, rigurosa y profundamente comprometida con el bien público.
La Revista CR, medio independiente dedicado a la opinión, la cultura y el análisis nacional, impulsa esta obra como parte de su misión de fortalecer el pensamiento crítico y promover una ciudadanía informada.