Miguel Gutiérrez: Sobrevivir y decidir ahora (más allá del peor escenario previsto)

la posibilidad de acordar no puede favorecer la arbitrariedad, la ocurrencia o la improvisación, pues puede causar estupor y ampliar el malestar, el que finalmente se lleve en banda lo avanzado en la recuperación de la fe y, como si fuera poco, perjudicar a las personas y a una respuesta adecuada a la pandemia.

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Miguel Gutiérrez Saxe, Economista, Educador (Dr.).

La reforma fiscal aprobada en la Asamblea Legislativa (AL) en 2018, luego de 15 años de la anterior y múltiples intentos, está terminando de desplegarse pues recién entraron en vigencia las últimas disposiciones sobre impuestos. Costó llegar a una transacción, el forcejeo entretuvo demasiado la decisión, tanto dentro como fuera de la AL. Para la fecha en que se aprobó la reforma ya era tardía y por lo que se aprobó era insuficiente, de limitado trato de la elusión/evasión y con problemas de equidad. La escasa mejoría de recaudación y la definición de un límite de endeudamiento ya muy cercano al 60% del PIB (por medio de una regla fiscal) obligaban a dos cosas: recargar el peso de la reforma en la reducción del gasto y tener que transitar muchos años al borde del abismo para llegar a un límite normado (60%) de endeudamiento del gobierno, eso contando con un crecimiento del PIB adecuado. El rezago en su aprobación produjo que el 36% del presupuesto nacional sea intereses o amortizaciones de la deuda.

Pues mal, esa ruta escogida, llena de riesgos y vulnerabilidades, se agravó enormemente con la pandemia, los riesgos se hicieron realidad y las vulnerabilidades nos salieron a la cara. De esta manera la vida, la salud y el trabajo de casi todos están bajo ataque y amenaza, aunque de manera muy desigual; muchos ya estaban por debajo de lo mínimo, hoy son muchos más.

No es mi propósito en este artículo entrar a la discusión de indicadores y propuestas fiscales, como lo hice durante muchos años, pero sí señalar la necesidad absoluta que demanda la situación de encontrar con prontitud respuestas que nos distancien del abismo.

La pregunta que cobra relevancia es cómo superar un estilo de hacer política que parte de que el fracaso de la acción de gobierno equivale a la construcción de la fuerza opositora. Ese giro me pareció atisbarlo primero en negociaciones de partidos políticos y luego en los primeros dos años de esta administración. Las fuerzas políticas pudieron construir una agenda en algunos temas, muy ambiciosa y relevante, llegar a identificar y tomar 59 acuerdos por mayorías calificadas, en un Acuerdo Nacional (AN) entre partidos políticos. Por cierto, el desempeño ha sido notable ya les quedan solo algunos pendientes de realización a la fecha, entre ellos el Consejo Económico y Social, un tren eléctrico que interconecte las ciudades del Area Metropolitana con una infraestructura ferroviaria a desnivel.

Los partidos, entonces, constataron que la confrontación permanente originaba un pierde-pierde que tiene un efecto: no un partido sino el conjunto del sistema político sale debilitado y desprestigiado. La colaboración, junto con la confrontación en algunos asuntos, es el camino de la construcción de la fuerza propia; cada partido recoge lo que siembra, y no tiene sentido recoger las cenizas de su adversario. Esa reconciliación se dio al aprender algo muy sabido de siempre, que pueden trabajar en conjunto para deliberar con fundamento y tomar decisiones que aunque no son expresión plena de sus intereses, sí satisfacen parcialmente intereses de cada uno; los intereses compartidos plasman una voluntad y un mérito comunes.

Las disposiciones de reforma del estado acordadas, aunque hay muchas mas pendientes, ya han sido aprobadas y las reformas al Reglamento Legislativo fueron aprobadas con creces pues la AL decidió eliminar la posibilidad de obstruir las decisiones. La propuesta fiscal fue aprobada en el AN con excepción de lo relativo a tributos, aunque tuvo el apoyo de tres partidos con un 66% de la representación de la anterior AL. Este entendimiento generó que partidos y la propia AL comenzaron a recuperar credibilidad y estima, siempre en un campo negativo.

Ahora bien, la posibilidad de acordar no puede favorecer la arbitrariedad, la ocurrencia o la improvisación, pues puede causar estupor y ampliar el malestar, el que finalmente se lleve en banda lo avanzado en la recuperación de la fe y, como si fuera poco, perjudicar a las personas y a una respuesta adecuada a la pandemia.

Después de todo la gobernabilidad democrática requiere buenas prácticas políticas, valores e instituciones, bajo las cuales la sociedad administra sus asuntos. Claro que es indispensable una conjunción de habilidades del gobierno, partidos y de los distintos sectores sociales, para combinar adecuadamente en un período objetivos compartidos. Estos parecieran fáciles de identificar frente a una amenaza externa, tan severa como el COVID19. Ingobernabilidad es su contrario, esto es, aquello que perjudique o reduzca la capacidad de una sociedad de administrar sus asuntos, y esto además de manera democrática (inspirado en ideas de Tomassini; y Arbós y Giner,citado en Urcuyo). Algunos autores esperan del buen manejo de objetivos que genere la obediencia civil de la población (¿será esto lo que ha generado el buen manejo sanitario?).

No estaría nada mal reconocer un objetivo básico como es «propiciar una nación más próspera en términos económicos; más equitativa y de alto progreso social; solidaria entre sus ciudadanos y sectores; moderna y competitiva ante la economía global; con gobernabilidad democrática y fuerzas políticas que dialogan con fluidez y transparencia en función de los objetivos superiores de la nación». Hoy esto puede traducirse en la constitución de un equipo técnico inter-partidario de todos los partidos que valore o prepare propuestas de política. Ya está clarísimo que cada uno por separado es incapaz de lograrlo.

 

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