Miguel Martí.

Desde la irrupción de Ottón Solís en el ámbito público el tema de la moral en la política pasó a ocupar un espacio relevante en la conversación ciudadana.

Sin embargo, la concepción de la moral que pregonó, y que llegó a ser ampliamente aceptada en el imaginario colectivo, fue aquella que se limita a juzgar los actos individuales de los actores políticos. Se centró en la necesaria denuncia de conductas inmorales individuales como por ejemplo, el uso de vehículos de lujo por parte de funcionarios públicos. Incluso, llevó esta manera particular de entender la moral en política al extremo de juzgar como inmoral que los diputados comieran galletas pagadas con fondos públicos.

Sin embargo la moral trasciende los actos meramente individuales: tiene también una necesaria dimensión colectiva.

En su sentido más clásico, desde los tiempos de la antigua Grecia, la reflexión sobre lo moral llevó a los más grandes filósofos de la época a postular, cada uno a su manera, que en definitiva, “moral” es toda conducta o acción que propicie el logro de dos fines superiores: la felicidad (o realización del potencial) de cada individuo y la armonía de la sociedad. Entendieron que una no se consigue sin la otra.

Así pues, postularon que, en su núcleo más esencial y profundo, la democracia debe propiciar el bienestar general si ha de ser verdaderamente moral.

Desde 1949 hasta fines del siglo XX se puede decir que la política en Costa Rica tuvo un propósito claramente moral. Buscó, en palabras de don Pepe, “el mayor bienestar para el mayor número”. Y lo logró. En esos 50 años la transformación de nuestra patria fue, en verdad, portentosa. Según lo ha demostrado Roberto Artavia, por muchos años nuestro país fue admirablemente exitoso en traducir crecimiento económico en desarrollo social. Pero ya no más. Desde principios de este siglo se fue extinguiendo paulatinamente ese propósito moral. La política dejó de tener como norte y como objetivo propiciar el mayor bienestar para el mayor número. Por el contrario, nuestra democracia empezó a funcionar para llevar el mayor bienestar para unos pocos sectores, y en especial para los empresarios y para los empleados públicos que, sin duda, son los grandes ganadores a costa de los demás.
Durante la segunda mitad del siglo pasado los principales partidos políticos fueron portadores de proyectos nacionales, amplios e inclusivos. Hasta Vanguardia Popular postulaba un proyecto que se llegó a conocer como “comunismo a la tica”. Los que hoy peinamos canas (si aún queda pelo) recordamos que crecimos escuchando a nuestros mayores decir, una y otra vez, que debíamos acabar con la pobreza. En el país se vivía una especie de sueño y de entusiasmo colectivo que nos inspiraba y nos llamaba a la acción: terminar con la pobreza. El sueño terminó.

Los partidos políticos de la actualidad, en la práctica, dejaron de ser portadores de proyectos nacionales, inclusivos y multisectoriales. Solo lo son en sus “Programas de Gobierno” que deben presentar cada cuatro años y que, aparte de quienes ingenuamente los redactan, nadie más les presta atención.

El gran desafío, el reto más grande, la prueba más difícil que se nos presenta en este momento histórico es recuperar la política como acto moral, es decir, como la acción colectiva, racional y libre de los ciudadanos para propiciar el mayor bienestar para el mayor número.

El ineludible primer paso para avanzar en esa dirección es la emergencia de nuevos liderazgos, tanto en los partidos políticos como en las cámaras empresariales, en los sindicatos del sector público, en las universidades, en el movimiento cooperativo, en la sociedad civil organizada, en los intelectuales y en los académicos. Y cuando hablo de “nuevos” liderazgos no necesariamente significa que deben ser jóvenes, lo que significa es que, independientemente de su edad, entienden que deben tener el coraje y la valentía de generar propuestas y concretar acciones que trasciendan el gremialismo y el sectorialismo que sofoca y estrangula paulatinamente a la mayoría de la sociedad.

Necesitamos liderazgos que vuelvan a tener como norte y como inspiración el propiciar otra vez el mayor bienestar para el mayor número. Hoy en día no solo se trata de acabar con la pobreza, además se tiene que revertir -¡y pronto!- la creciente desigualdad. Solo así podrá la política ser de nuevo un acto moral.

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Por La Revista CR

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