Millennials: los hijos de la disrupción

Lo cierto es que contra el tiempo y el cambio generacional no podemos hacer mucho, por lo que tal vez ha llegado el momento para que la generación saliente trate de construir puentes con sus hijos y, con ello, tratar de ayudarles a pensar un poco más sobre los éxitos y, sobre todo, los fracasos de sus padres.

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César Zúñiga Ramírez, Profesor universitario  – UNED / ICAP

El paso del siglo XX al nuevo milenio generó una enorme cantidad de expectativas y preocupaciones entre los seres humanos; desde las fantásticas epifanías, asociadas con el fin del mundo y las cuentas mayas (2012), hasta las más mundanas efemérides, como el apocalipsis informático (Y2K) o ambiental. Como suele ocurrir en estos casos, las profecías y las cuartetas de Nostradamus no se cumplieron, quizá porque a todo el mundo se le había olvidado que el conteo del tiempo es un sortilegio humano, una invención creada para traer sentido a lo que, a primera vista, parece más caótico y nebuloso: el paso del tiempo. Y con semejante amnesia, el paso de un siglo a otro, o de un milenio a otro, se nos presenta cargado de misticismo y éxtasis.

No obstante, el comentario irónico sobre estas circunstancias no debería cegarnos sobre las realidades que, a todas luces, sí son apreciables en una mucho más mundanal y empírica perspectiva de los hechos. El nuevo milenio sí que nos ha traído enormes cambios en este pequeño globo azul que es nuestro mundo, transformaciones entre las cuales, al parecer, nosotros mismos somos la más grande de todas. En efecto, porque más allá de la renuncia de un papa luego de siglos de estabilidad eclesial en Roma, la creación del teléfono inteligente, la emergencia de la locura del fundamentalismo islámico de Al-Qaeda o Isis, o la aparición de las maravillas futboleras de Messi y Ronaldo, el nuevo milenio ha dado origen a un nuevo tipo de seres: los millennials.

El fin de la generación X. Hijos de los llamados Baby Boomers, nacidos entre la Segunda Guerra Mundial y 1960, la Generación X, a la que quien escribe estas líneas pertenece, llegamos al mundo entre 1961 y 1979, de tal manera que hemos vivido nuestra niñez, adolescencia y juventud entre la década de los ochentas y noventas, y nos ha tocado encargarnos del planeta durante las dos primeras décadas del siglo XXI. Ciertamente, los correligionarios de esta generación actualmente rondan entre los 40 y 60 años y, por razones propias del cambio generacional de nuestra especie, hoy día son las personas maduras que llevan el control de nuestros negocios, de nuestra cultura, de nuestra vida política y, en general, de nuestra sociedad.

Las chichotas y moretones que se van acumulando cuando uno llega a sus cuarentas y cincuentas, por regla general, nos hacen ser más calmos en cuanto a la toma de decisiones, más conservadores frente a los cambios y más estables en cuanto a la conducción de nuestras vidas. Por otra parte, así como la vida humana es efímera, el liderazgo generacional también lo es, pues la Generación X ahora le está pasando la estafeta a la próxima descendencia, la cual ha empezado a asumir su rol en este proceso de constantes cambios generacionales: lo millennials han comenzado a hacerse notar en nuestras sociedades, simplemente, porque ya les toca.

La aparición de los millennials. Como es obvio, estos seres que tan fuertemente han empezado a aparecer en nuestras sociedades, no son más que los hijos de la Generación X. La Generación Y, o los milénicos, mejor conocidos por su acepción en inglés, los “millennials”, son las personas nacidas entre 1980 y el año 2000, por lo que se trata de los niños, adolecentes y jóvenes que han tenido que lidiar con el cambio del milenio y con las profundas transformaciones que estamos viviendo en estas primeras dos décadas del nuevo siglo.  Al decir de Klaus Schwab, líder del Fondo Económico Mundial, les ha tocado lidiar con la maduración de la 3ra. Revolución Industrial (1970-2009), caracterizada por el ascenso de los ordenadores y la Internet, así como con la 4ta. Revolución Industrial, de la mano con la inteligencia artificial, la nanoteconología, el teléfono inteligente y la biotecnología (2009 en adelante).

Acá no hay hechizos, ni encantamientos, ni “sujetos” de la historia, ni elegidos; como es lo obvio en la vida social, cada generación es hija de los factores históricos que configuran y preforman la naturaleza misma del individuo considerado. Por este motivo, la aparición de los millennials no tiene nada de novedoso en sí mima; lo que sí implica una gran innovación es que estas personas son hijas de lo que podríamos llamar el hiperturbulento cambio social que la humanidad ha venido experimentando con mayor velocidad durante los últimos lustros. En efecto, mientras las generaciones precedentes enfrentaban el mundo con una mayor conexión respecto de sus progenitores, los cambios tan violentos que han tenido que experimentar los millennials, los hace desconectarse rápidamente de la visión de mundo, los valores y la cosmovisión de sus padres.

Sujetos-millennials. Podemos decir con Alain Touraine  (Crítica de la modernidad), que los millennials son los legítimos herederos del “sujeto individualista”, los amos de su propia individualidad. Por este motivo, la característica central de los hijos del nuevo milenio es el descontento y la incredulidad: hacia la lógica de sus padres, hacia los valores dominantes, hacia la religión y, desde luego, hacia política. Por este motivo, los millennials se consideran a sí mismos como personas plenamente independientes, amos de sus vidas, que se enfrentan al entorno que los rodea con una vocación muy contestaría -sin una visión de sociedad ideal, como sus padres-, bajo la lógica y convicción de su supremacía tecnológica, de la que se sienten sus naturales herederos, y sobre el subsuelo de las redes sociales, virtuales y físicas, de las que se sienten sus líderes absolutos.

Los millennials son, también, hijos de una sociedad más educada. “Más”, en un sentido cuantitativo más que cualitativo, pues ciertamente esta generación ha tenido más acceso a la educación respecto de sus progenitores, lo que no significa, desde luego, que sea una educación de mejor calidad, aunque sí con mayores medios –sobre todo, los digitales. Pero más educación y más medios, no significa que los millennials hayan tenido una vida fácil; de hecho, han tenido que lidiar con duras realidades sociales que los ha marcado como personas: mientras los hijos de la Generación X fueron criados por sus madres, sus sucesores han sido criados por la guardería, el televisor y la Internet; mientras aquellos fueron amalgamados con la ética judeo-cristiana de sus padres, que les dio cierto sentido trascendente de moralidad, estos han tenido que sobrevivir con una ética individualista, humano-céntrica y ascética, en la que la tranquilidad de la promesa trascendente ha sido sustituida por la volátil mundanalidad de la realidad existente; mientras el proyecto de vida era lineal y con metas definidas en el tiempo; el proyecto actual es el del “aquí” y el del “ahora”, con metas de cortísimo plazo… y punto; por último, mientras el arreglo económico permitía una vida materialmente independiente más accesible, sin duda, porque se toleraba mucho más la austeridad, la dura situación económica actual es mucho más restringente –sobre todo para un consumismo irreverente-, al punto que se genera un fuerte contradicción entre la independencia natural de los millennials, y la necesidad de retrasar su salida o volver a casa -efecto boomerang– debido a las dificultades de encontrar empleo y acceder a vivienda.

Individualización milenial. En su brillante construcción conceptual, el teórico alemán Ulrich Beck ha sentenciado que la característica sustantiva del tejido colectivo que sustenta nuestra vida en sociedad es la individualización. Este proceso denuncia el hecho de que en las sociedades contemporáneas, del “riesgo” como las llama Beck, las personas son, por así decirlo, “arrancadas” de sus lazos sociales tradicionales, de tal manera que son individualizadas y construidas como sujetos relativamente “aislados” del contexto social en el que existen. Su aislamiento es psíquico, desde luego, en el sentido de que “los seres humanos fueron desprendidos (en una quiebra de la continuidad histórica) de las condiciones tradicionales de clase y de las referencias de aprovisionamiento de la familia, y remitidos a sí mismos y a su destino laboral individual, con todos los riesgos, oportunidades y contradicciones” (Beck, U. La sociedad del riesgo).

Por su parte, Touraine señala que esta realidad es positiva en cuanto a que el individuo se dignifica por el solo hecho de serlo, lo cual crea “sujetos”, personas con la capacidad de tener el control de sus vidas para impactar su contexto social y ambiental. Empero, por otro lado, esto también puede manifestarse como individualismo hedonista –por oposición al individualismo asertivo-, el cual se desvincula de toda moralidad solidaria y vuele al sujeto marioneta de un sistema controlado por el poder y el dinero. Esto se debe a lo que el sociólogo español Manuel Castells (La era de la información. Sociedad, economía y cultura) llama la bipolaridad de la sociedad red: ese torbellino en el que el individuo se encuentra atrapado, entre los flujos globales de los sistemas controlados por el poder y el dinero, por un lado, y los esfuerzos de las personas por encontrar significado a su existencia –vaciada de lazos tradicionales-, mediante fuentes de sentido primarias, existentes en el mundo de sus vidas, por el otro.

Esta bipolaridad nos afecta a todos los que vivimos en esta “sociedad-red”, pero, por mucho, a los millennials les golpea más que a nosotros. Pues mientras la Generación X teníamos nuestras tradiciones y lazos sociales y familiares, nuestros hijos solo se tienen a ellos mismos y, aunque su individualidad es su logro más importante –impuesto por la historia, desde luego-, ciertamente, también es su más grande desafío. La impertinencia e incredulidad de los millennials tienen que sortear las dificultades de una sociedad vaciada de sentido, por las improntas sistémicas funcionales del dinero y el poder, y tratar de encontrar fuentes de significado elusivas que les permita construir una ética postmaterial secularizada que los saque del pantano del sinsentido social y moral.

Política antipolítica. Semejantes elementos nos termina llevando al callejón político por que el que se mueven los millennials. En su afán contestatario sobre todo aquello que esté allende los límites de su propia individualidad, su crítica a la cuestión política de nuestras sociedades es muy profunda y presenta dos tendencias delimitables. Por un lado, los millennials no viven la política como sus padres, pues tienden a refractar todo lo que huela a políticos “tradicionales” o a partidos políticos, por lo que la construcción de su visión política de las cosas cuestiona las bases mismas sobre las que se ha fundado nuestra vida democrática. Por otro lado, su desdén hacia lo heredado se vierte en una ácida crítica hacia los que ellos llaman el “adulto-centrismo”, hacia lo que representan sus padres en cuanto a la toma de decisiones políticas.

A partir de esto y ya cargados con su lógica de superhéroes –por la que pasan todas las generaciones cuando empiezan a filtrarse en las estructuras de poder de sus padres- los millennials que se meten en el mundillo de la política irrumpen en el escenario con arrogancia, sentido de superioridad y dispuestos a tomar la riendas de todo; aunque sin mucha claridad de para dónde van, pues su visión difícilmente supera su individualismo milenial. Se trata de un viejo paradigma revestido de nuevos colores: mientras los tecnócratas de la Generación X hicieron lo propio respecto de sus padres, a quienes les cuestionaron su lógica de intervencionismo estatal con el discurso neoliberal bajo el brazo, sus hijos, los “sociócratas” (Fabián Coto, El ascenso de los sociócratas) hicieron gala de los mismo, atacando la lógica de su padres con el discurso millennial bajo el brazo; un discurso con pocas conexiones claras frente a un proyecto de sociedad inteligible, las más de las veces anclado en luchas fragmentarias y parciales, “progres”, “libertarias” o de otra naturaleza.

Al final del camino, nos encontramos ante la encrucijada de la próxima jubilación de la Generación X y la toma total del control por parte de los millennials. Su ímpetu, su desdén por la estabilidad, su crítica ácida hacia todo lo que les rodea y su fusión con la tecnología parecen ser sus mayores atributos para tratar de llevar a buen puerto este barco que es la sociedad. Pero su cortoplacismo, su arrogancia y su poco interés en el pensamiento abstracto –el mundo va demasiado rápido para pensarlo- son, por mucho, su principal talón de Aquiles en semejante cruzada. Lo cierto es que contra el tiempo y el cambio generacional no podemos hacer mucho, por lo que tal vez ha llegado el momento para que la generación saliente trate de construir puentes con sus hijos y, con ello, tratar de ayudarles a pensar un poco más sobre los éxitos y, sobre todo, los fracasos de sus padres.

 

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