Mirar al mundo desde la izquierda

0

Luis Paulino Vargas Solís, Economista (Ph.D).

A lo largo del siglo XX, los proyectos políticos de izquierda en el mundo malgastaron mucha energía tratando de justificar el socialismo de impronta soviética, en el intento por convencer al mundo (y convencerse a sí mismos) que aquellas eran sociedad justas, igualitarias, democráticas y, en fin, que eran la avanzada emancipatoria de la humanidad. Al cabo resultó que no era nada de eso, y ni siquiera tenían –ni de lejos– el potencial económico que les permitiera competir exitosamente con el occidente capitalista rico, según la propuesta de coexistencia pacífica que lanzara Jruschov en 1955. Tristemente ello llevó a que las izquierdas del mundo –con la excepción de algunos sectores críticos minoritarios– estuviesen dispuestas a ignorar y, lo que es peor, a justificar las atrocidades que se cometía, desde los gulags hasta las invasiones a Hungría y Checoslovaquia.

Aquello implicó haber extraviado el camino. Porque si los proyectos de izquierda pretenden ser los que lideren los procesos de emancipación de la humanidad, su deber prioritario debería ser el compromiso con la verdad, o sea, con la búsqueda honesta de la verdad. Aunque ésta incomode, e incluso si contradice flagrantemente la propia ideología. Y en tal caso con más razón, puesto que, ciertamente, nunca se pone a prueba ese compromiso con la verdad, tan claramente como en aquellas situaciones donde la realidad lanza signos inequívocos de disonancia con las personales preferencias ideológicas. Pero se actuó a la inversa: se optó por ponerse una venda en los ojos, y más densa cuando peores eran las atrocidades del modelo soviético, y se hizo un esfuerzo realmente extenuante tratando de embellecer algo cuya fealdad hacía inútil cualquier maquillaje.

Recordemos que ser de izquierda ha significado históricamente luchar por sociedades realmente, sustancialmente justas, libres, inclusivas, pacíficas. Y es imposible concebir una sociedad que tenga tales características, si no se la construye sobre una opción moral de compromiso con la verdad, de respeto a la dignidad irrenunciable de la vida de cada ser humano y de confianza en las personas, en la gente y en su inteligencia, sensibilidad y capacidad de decisión. Ser de izquierda no implica necesariamente identificación con un determinado liderazgo, partido o proyecto político, o lo implica solo en un segundo plano. Porque cada una de esas cosas ha de estar sujeta al escrutinio crítico permanente que permita valorar su fidelidad a la aspiración de libertad y justicia que subyace al ideario de izquierda. Y quien reniega de la búsqueda de la verdad, atropella la dignidad humana e ignora, subyuga o suplanta la autonomía de decisión de las personas, no está haciendo un ejercicio consecuente con el ideario de izquierda.

No proceder de esa forma implicaría, muy tristemente, prestarse al juego de las derechas y, en último términos, darles la razón. Recordemos que el pensamiento conservador de derechas trata de presentar a sus contrapartes del lado izquierdo del espectro político, apelando justamente a esos errores históricos: sacan a relucir los grandes fallos del proyecto soviético y, enseguida, enfatizan el amoldamiento de la mayor parte de las izquierdas –en particular, en lo que nos compete, las izquierdas latinoamericanas– a la hegemonía ideológica soviética.

Desde luego, las derechas políticas no son, ni mucho menos, un dechado de coherencia. A lo largo de la historia, una y otra vez, condenan o glorifican un proyecto político según que éste se amolde a sus preferencias ideológicas y a los intereses que, a través de esa ideología, representan. Pero, en fin, no se supone que las izquierdas debemos ser como las derechas. Mejor dicho: se supone que somos radicalmente otra cosa. Las derechas representan y defienden el statu quo, con sus privilegios, iniquidades, exclusiones y sus diversas formas de violencia. Lo que se amolde o perpetúe ese statu quo recibe su aplauso; lo que lo rete o cuestione será entonces atacado. Entonces la democracia y la moral devienen un juego de plasticina, moldeadas a conveniencia, de forma oportunista y acomodaticia.

Las izquierdas, por su parte, quieren superar el estado de cosas vigente, pero no para reestablecer un nuevo estatus quo que reconstruya pero perpetúe la injusticia, sino para empujar y aprovechar el potencial de creación de justicia y libertad que nace de sociedades dinámicas, abiertas permanentemente al más amplio escrutinio crítico y democrático por parte de la ciudadanía y, por lo tanto, dispuestas a reconocer sus vicios y fallos y a buscar, de continuo, la forma de mejorarlos, para ser más justas, más libres y más democráticas, en un sentido sustantivo. Pero admitiendo, asimismo, que incluso grandes avances logrados en un determinado momento, pueden con el tiempo degradarse y decaer, haciendo obligatorio nuevas búsquedas y nuevos intentos de cambio. No se trata, por lo tanto, de pretender fundar la “sociedad perfecta”, una idea en sí misma absurda, puesto que la nuestra es, inevitablemente, una sociedad humana y, por lo tanto, tan imperfecta como somos los seres humanos que la formamos. Lo cual también descarta la pretensión de una sociedad donde todas las contradicciones habrán sido superadas y resueltas y la cual, por lo tanto, queda instalada en una especie de estado de nirvana perpetuo: el reino de las armonías definitivas para todos los tiempos por venir. Todo lo cual, por otra parte, contradice la idea básica que anima los idearios de izquierda, precisamente porque éstos recuperan el carácter dinámico y evolutivo de las sociedades humanas, un incesante flujo de cambio y transformación. Sería optar por una visión conservadora el imaginar que ese fluir incesante hubiera de detenerse alguna vez.

Ser de izquierda conlleva, por lo tanto, reconocer el carácter dinámico, creativo y complejo de las sociedades humanas, y, en lo político, implica la opción por una lucha que haga que ese cambio sea para mejor, o sea, para construir mejores sociedades. Pero ese desprenderse de las rémoras paralizantes del statu quo –cualquiera sea éste– conlleva un compromiso irrenunciable con la búsqueda de la verdad, como igualmente la opción por construir mejores sociedad implica también un compromiso moral irrenunciable a favor de la dignidad de cada vida humana, de todas las vidas humanas, por igual y sin excepción. Y, por cierto, nada podría ser más radical –más allá de cualquier altisonante discurso– que la reivindicación radical de la dignidad humana, en sociedades capitalistas que, de continúo, niegan, subyugan  y envilecen esa dignidad.

Las izquierdas del siglo XXI deben levantarse por encima de los errores que empequeñecieron a las izquierdas del siglo XX, recuperando, hasta sus últimas consecuencias, esa adhesión a la verdad y a la dignidad humana y, de paso, reconstituyendo su capacidad de diálogo y entendimiento con quienes estén dispuestos a colaborar en esa enorme tarea colectiva de construcción emancipatoria. Y esto no admite dobleces: no es que la violencia contra la dignidad humana se denuncia a veces si, a veces no. Se denuncia y se combate siempre, venga de quien venga y con mucho mayor énfasis cuando proviene de quien dice representar o liderar una propuesta de izquierda. Y no es que la verdad la buscamos a veces si, a veces no. La buscamos siempre, incluso si de por medio hay errores, vicios o corruptelas acaecidas al interior de los propios movimientos de izquierda o por parte de liderazgo que se autodefinen de izquierda. Y, ciertamente, en tales casos con mucha mayor obligación. De las derechas no cabe esperar coherencia moral ni intelectual; en las izquierdas esa coherencia es un imperativo irrenunciable. No proceder de esa forma sería corromper al espíritu más fundamental que hace de las izquierdas una fuerza transformadora, liberadora y de avanzada. No actuar así sería desdecir la superioridad moral que las izquierdas deben cultivar con celo y que, a la larga, son su más poderosa arma para enfrentar la lucha política con las derechas.

Resumo: recuperar y dar plena vigencia a la utopía en el latido de cada vida vivida con dignidad.

 

Luis Paulino Vargas
El autor de formación en sociología, ciencias políticas y economía, es Director Centro de Investigación en Cultura y Desarrollo (CICDE-UNED) y Presidente Movimiento Diversidad Abelardo Araya. Recibió el Premio Nacional Aquileo Echevarría.

Del mismo autor le podría interesar:

En  Soñar con los pies en la tierra

 

También podría gustarte

Comentarios

Cargando...