Mucho ruido y pocas nueces

Podría alegarse que a veces hay que apuntarle al sol para poder pegarle a la luna

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Rodrigo Madrigal Montealegre, Politólogo.

Siempre revisando mis escritos de hace algún tiempo, me encuentro con temas que son  de actualidad, por más que transcurran los años, la naturaleza humana y la sociedad no cambian. La conducta humana independientemente de tiempo y espacio es transformadora. Lamentablemente, no a la velocidad y dirección que a veces quisiéramos que fuera.

R.M.M.

«Los molinos desaparecen, el viento queda», (Víctor Hugo,  «Los Miserables»).

Vemos cómo pasan rápidamente los gobiernos, los hombres y los gobernantes. Los que ayer detentaban el poder hoy parecen lejanos, los que hoy gobiernan mañana quedarán atrás; quedan olvidadas las glorias, las luchas y los fracasos y también quedan enterradas las ambiciones. Sólo parece quedar, como el viento que mueve a los molinos del poder, esa masa anónima, amorfa y abnegada: el pueblo.

A veces vemos a esos molinos agitar frenéticamente sus aspas y cuando cesan sus aspavientos se nota que es poco lo que han molido. Vemos por el otro lado cómo algunos, con su lanza en ristre, se arrojan quijotescamente a desafiarlos, movidos por la impaciencia y la frustración de tanta esperanza suscitada y después burlada.

La política, decía aquel gran estadista alemán del siglo pasado, es el arte de lo posible. Diríamos que el hombre tiene la cualidad de ser un ente proyectivo en la medida en que cuenta con esa extraordinaria facultad de proponerse metas y de fijarse propósitos, a tal punto que esa capacidad de formularse aspiraciones e imaginar fines es casi ilimitada. La política, podríamos aseverar, consiste fundamentalmente en la opción de ciertas finalidades o metas de carácter colectivo, las cuales se han de ajustar a los medios con que se cuenta. La dificultad precisamente estriba en poder armonizar y conciliar las aspiraciones que se persiguen con los recursos, siempre escasos, que se puedan movilizar.

Mucho hemos repetido que la implantación del sufragio universal ha acarreado, como consecuencia, la práctica de una especie de subasta ferial, la cual genera la mar de veces en una especie de saturnalia de ofrecimientos y promesas sin proporción real con los medios con que se dispone.

A veces sucede también que, quien ocupa un cargo importante por primera vez, se deja arrastrar por la euforia que da el triunfo o por la embriaguez que produce el poder, el vértigo de la altura o por el irresistible afán de hacerse plebiscitar constantemente y a toda costa.

También es una cuestión de temperamento y un problema de actitud. Hay quienes, como Magallanes o Moisés, se fijan metas lejanas y valerosamente quedan postrados en el camino. Asimismo hay quienes se proponen fines tan ambiciosos, vastos y sublimes que al final se quedan cruzados de brazos, apabullados por la inmensidad y lo penoso de la empresa, llegando uno a sospechar si a menudo no se trata de una excusa elaborada o un pretexto defensivo que racionaliza el afán íntimo de no hacer nada del todo, evadiendo así la responsabilidad de realizar algo en la vida, por modesto e imperfecto que sea y refugiarse en la utopía para justificar la inercia, la indolencia o la fuga ante el esfuerzo.

Algunos, es bien sabido, formulan propósitos tan elevados y proyectos tan ambiciosos que terminan confundiendo los medios con los fines. Otros, más modestos, se fijan metas más modestas y asequibles, evitando así perder los nortes y alcanzando discretamente logros concretos y positivos. A estos les sucede, en cierto modo, lo de aquel pianista en la taberna de un pueblo de mineros del oeste americano, con quien tropezó Oscar Wilde y que había puesto un modesto letrero sobre el piano, que decía: «No maten al pianista, él hace lo que puede.»

Otros, a su vez, anuncian su acceso al poder ofreciendo, con mucho bombo, milagrosas panaceas, sucediéndoles a veces lo de aquel famoso curandero que fue a visitar Zadig, el personaje de Voltaire, para que le curara un mal en el ojo izquierdo; como no logró sanarlo, le declaró solemnemente: «No es mi capacidad la que falla, lo que ocurre es que la ciencia sólo puede curar las dolencias del ojo derecho ….» Acto seguido se encerró en su gabinete a escribir un copioso tratado en que demostraba las razones lógicas de su fracaso.

Podría alegarse que a veces hay que apuntarle al sol para poder pegarle a la luna. Podría también decirse que ya muchos saben, con escepticismo, que a los políticos, no siempre como roncan duermen y que les sucede algo parecido a lo que decía Martín Fierro: que en lágrimas de mujer y en renquera de perro, nunca se debe creer.

Lo cierto, sin embargo, es que a menudo se comete una grave injusticia cuando, valiéndose de la credulidad y de la buena fe, se suscitan falsas expectativas y vanas esperanzas, cometiendo el acto cruel de defraudarlas y hacer sufrir dolorosas frustraciones, semejantes al suplicio de Tántalo, aquel dios que fue condenado por el Olimpo a sufrir angustiosas privaciones de alimento, a la vez que de sus manos se le escapaban los majares con lo que tentaban.

 

Rodrigo Madrigal Montealegre.
El autor es académico, Politólogo, fundador de la Escuela de Ciencias Políticas de la UCR y Profesor Emérito de esa Escuela y Ex Viceministro de Cultura.
En La Nación 31/05/1974

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