Música electrónica con elementos del folclore andino: La sonoridad del argentino Vachantu

"Los vientos andinos me cautivan, están muy ligados a lo ancestral, a la tierra y a los cantos espirituales", dice.

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RT. «Tengo claro el punto de partida de mi trabajo pero, si tuviese que poner un rótulo al resultado, no sé bien cómo lo llamaría; seguramente podría catalogarse dentro del movimiento denominado ‘Global Bass’ —estilo que une ritmos de diferentes culturas y géneros con lo electrónico—», dice Martín Matilla, un productor argentino de música electrónica, conocido como Vachantu, radicado actualmente en Quito, Ecuador.

En enero reciente, lanzó su primer álbum al que denominó ‘Creo‘. «El concepto fue incorporar los elementos folclóricos andinos a distintos tipos de música electrónica», explica Vachantu, cuyo nombre artístico significa ‘hoy’ en lengua ranquel, un pueblo indígena que habitó en parte del territorio que es actualmente Argentina.

Vachantu mientras trabaja en sus composiciones y arreglos musicales. / Vachantu

En ‘Creo’, que fue editado por el sello discográfico ecuatoriano Mishky Records, el artista argentino discurre entre al menos tres subgéneros de música electrónica: ‘Ambient’, «donde lo folclórico se acentúa y la producción es más experimental»; ‘downtempo’, con el «acento orgánico puesto en lo rítmico»; y algo que se acerca al ‘house’ y al ‘minimal tech’.

«No sé si éste sea un estilo de música que escuchen los adolescentes, me encantaría, pero entiendo que su valoración implica una actitud de descubrimiento que está bastante lejos de la inmediatez del mundo actual», enfatiza el argentino, que explica que en su trabajo incorpora instrumentos del folclore andino, como el charango (parecido a la bandurria), la zampoña (un instrumento de viento compuesto por tubos a modo de flautas), entre otros.

«Los vientos andinos me cautivan, están muy ligados a lo ancestral, a la tierra y a los cantos espirituales», afirma el entrevistado, y señala que en la región andina de Latinoamérica «hay un universo para explorar, desde lo rítmico, las sonoridades, las pequeñas sutilezas y los significados que tienen cada una de las manifestaciones folclóricas».

Vinculado a la música

Matilla nació en Buenos Aires, pero pasó parte de su vida en la ciudad de General Pico, en la provincia de La Pampa. A los 15 años, ya componía canciones, tocaba la guitarra y empezó a «entender el folclore pampeano».

Vachantu tocando el charango, instrumento andino parecido a la bandurria. / Vachantu

Al culminar la secundaria, comenzó a estudiar ciencias políticas; pero en algún punto empezó a sentir que, «si no hacía música», se «entristecía».

«Creo que la comprensión cabal de esa situación fue la que me llevó de vuelta a ponerme a componer», explica Vachantu, que toca, además de guitarra, teclado, charango y algunos otros instrumentos. Aún no se decidía a lanzar una producción propia, sin embargo, permanecía vinculado al mundo de la música, como representante de otros artistas y productor.

Del folclore a la electrónica y viceversa

Se mantuvo en constante aprendizaje y encontró una herramienta para enfrentar su timidez, la música electrónica. «El modo que tenía de plasmar las ideas era a través de la computadora; empecé a aprender a trabajar con secuenciadores, sintetizadores y a cómo manipular el sonido».

Descubrió una banda islandesa llamada Múm, de la cual escuchó el tema ‘We have a map of the piano’, que tiene «sonidos ambientales, elementos orgánicos» —que los define como los que tienen sonoridad natural, desde instrumentos acústicos hasta el ruido de una puerta— y comprendió que eso era lo que «quería hacer» y «hacia a dónde apuntar».

Algunos de los instrumentos musicales que toca Vachantu. / Vachantu

A la par, durante su trabajo como productor conoció a Mari Sano, una artista japonesa, radicada entre México y Argentina, quien ofrece un espectáculo llamado «Danza charango». «Es un ser de luz, especial, que combina toda la espiritualidad japonesa con el folclore andino«, dice Vachantu.

«Nos conocimos, nos hicimos amigos y esa fue mi puerta de entrada al folclore y al entendimiento de la espiritualidad que subyace en las manifestaciones culturales autóctonas, no solo en lo andino, en el folclore en general, en lo que sale del pueblo y de las tradiciones», resaltó.

Viaje en busca de sonidos

En 2012, Matilla se embarcó en un viaje de exploración por Latinoamérica. «Iba con un pensamiento mágico, con la idea de ir encontrando por el camino distintas expresiones populares de las cuales partir para la generación de una música que pensaba mucho más experimental en ese momento», cuenta.

Pero, el viaje «terminó siendo, por distintas circunstancias, algo más turístico». No obstante, también «se transformó en un camino de mucho aprendizaje».

Vachantu en escenario con otros músicos. / Vachantu

En Ecuador, particularmente, conoció a Ali Lema, un músico de la localidad de Otavalo, a unos 90 kilómetros al norte de Quito, la capital ecuatoriana. «Me llamó mucho la atención su conexión con la música desde un lugar completamente corrido del ego. Él dice que la música lo atraviesa, que tiene heredada la capacidad de tocar por el lugar donde creció, pero que no es su música, es la música de la montaña, que se manifiesta a través de él«.

En este país, además, dice que «se solidificó un poco el concepto» de lo que buscaba «y la idea se condensó en una obra un poco más acabada, menos experimental», señaló.

«La música andina es tierra, espiritualidad»

Vachantu aclara que él no hace «reversiones del folclore latinoamericano», sino que toma «partes que tienen que ver con su sonoridad, con algunas células rítmicas o pasajes de algunas cosas» desde el lugar que le gusta «encarar la cuestión» que es la «deconstrucción: el tomar elementos, romperlos, cortarlos en pedacitos y volverlos a unir o reutilizarlos, dándoles otro contexto, otro significado y otro plano».

Para él, la música andina «es tierra, espiritualidad, canto a la naturaleza y conexión con lo más elemental de la cultura y de las tradiciones».

Vachantu mientras compone. / Vachantu

Esta corriente de incluir el folclore en la música electrónica —cuenta Matilla— tiene más de 10 años y ha recibido nombres como ‘folktrónica’, ‘postdigital’ y ‘folklore digital’.

«Hay mucha gente haciendo esto, trabajando con la incorporación de música árabe, hindú, folclore de todas partes del mundo a la electrónica», dice y explica que «en Latinoamérica se está dando (esta corriente) quizás un poco más fuerte por la increíble variedad de sonoridades que existen».

Edgar Romero G.

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