¿Naufragio democrático?

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José Pablo Valverde Coto.

A escasos días de las próximas elecciones en Costa Rica, vale la pena reflexionar y cuestionarnos si estamos experimentando un deterioro significativo en nuestra democracia. Incluso, es importante dar un vistazo a la realidad de nuestros vecinos centroamericanos, ya que un erosionamiento de esta índole reviste un enorme peligro pues provoca que se asome la sombra del caudillismo sobre la región.

Basta con ver las turbulentas aguas guatemaltecas que dejaron al expresidente Otto Pérez en la cárcel, para darse cuenta de que la institucionalidad se debilita cual buque que naufraga en el océano.

Dichas tempestades no se han aplacado en mares chapines, y más bien han provocado que el actual presidente, Jimmy Morales, expulsara a quien presidiera la Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala por sus investigaciones relacionadas al financiamiento de la campaña electoral.

Al seguir nuestro camino por los senderos democráticos de Centroamérica, nos encontramos con un El Salvador en donde las últimas tres administraciones presidenciales se han visto envueltas en denuncias por corrupción. En Honduras, debieron pasar 21 días para que Juan Orlando Hernández fuera declarado como vencedor por el TSE con una ventaja mínima de 1.53%, y su legitimidad fuertemente deteriorada. A su vez, un informe reciente del Carnegie Endowment for International Peace titulado “Cuando la corrupción es el sistema operativo: el caso de Honduras” nos recuerda que mientras la institucionalidad se marchita en la región, nacen estructuras informales que fortalecen la corrupción y atentan contra los valores democráticos.

Por su parte, en Nicaragua los procesos de modernización de los que hablaba Samuel Huntington no son los suficientemente vertiginosos como para que la población incremente sus expectativas y cuestione los dudosos procesos electorales que han dejado como vencedor a Daniel Ortega.

Al llegar a Costa Rica, nos encontramos con decisiones desafortunadas por parte del gobierno, e inacción y cambios de postura diametralmente opuestos que han minado la confianza de la sociedad costarricense en la institucionalidad del país.

Escándalos de corrupción como el de la Trocha 1856 y la más reciente situación suscitada con el cemento chino, han logrado permear instituciones que hasta hace poco se consideraban sagradas, y exaltan los ánimos de la población dejando entrever una peligrosa idea: ¿Será un caudillo nuestra única salvación?

No comparto esta hipótesis y creo firmemente que la democracia es la mejor forma de gobierno que la humanidad ha empleado hasta la fecha, con todas sus falencias y vicisitudes, sin embargo, no sería correcto recriminarle al pueblo su cuestionamiento ya que en la práctica la gestión gubernamental ha tenido un desempeño paupérrimo.

Cada vez es más frecuente escuchar en las calles costarricenses la necesidad de que aparezca una persona que ponga orden y no vacile a la hora de tomar decisiones fundamentales para el desarrollo económico y social de nuestro país. Aunque esta idea puede ser una especie de grito al cielo o llamado desesperado en busca de soluciones, se debe de tener una mente fría y no caer en situaciones donde la supuesta cura es peor que la enfermedad. Las pasiones deben ser dejadas de lado a la hora de analizar un tema de tanta preponderancia para el bienestar, no solamente nacional, sino de toda la región. Basta con recordar el caso cubano, chileno y venezolano de la última mitad de siglo XX e inicios del siglo XXI para saber que se debe tener cautela y mucha prudencia a la hora de hablar de formas gubernamentales.

La democracia representativa puede estar en problemas. Si los partidos políticos no son capaces de mediar, con un mínimo de efectividad y justicia, la democracia empieza a perder legitimidad como instrumento de repartir aquello que es escaso. Se hace imperativo prestar mucha atención a signos que ya se están evidenciando en nuestro país. Las manifestaciones constantes, muestra clara de la insatisfacción popular, pueden dar paso a un círculo vicioso en donde la misma ingobernabilidad haya sido causada por la falta de capacidades de nuestros gobiernos. Se debe de hacer una pausa en el camino, girar el timón y fomentar una mayor participación ciudadana, pilar fundamental de la democracia, con el fin de encontrar puntos de convergencia y enrumbar la embarcación hacia puerto seguro; de lo contrario nuestra democracia terminará inevitablemente siendo un naufragio más en el turbulento océano de la política.

José Pablo Valverde Coto
Periodista y administrador de empresas

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