Nicaragua, Ortega y el cambio en la sociedad

No me cabe la menor duda de que la sociedad nicaragüense ha despertado y buscará dichos espacios de participación política

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José Pablo Valverde Coto, Periodista y Administrador de empresas.

Hace algunos meses, previo al estallido del pueblo nicaragüense, pocas personas se habrían aventurado a vaticinar un levantamiento de masas de una magnitud tan significativa como la que se dio en el recién terminado mes de abril.

Nicaragua, un país lleno de contradicciones, es quizás muestra clara de lo que Samuel Huntington llamó en su obra “Political Order in Changing Societies”, the Political Gap (Brecha Política). Huntington argumenta que, aunque los países pueden experimentar un desarrollo económico, esto no significa necesariamente estabilidad política y, por el contrario, cuando se experimenta un crecimiento económico pero las sociedades no logran asociarse entre sí, el desarrollo de instituciones políticas y la participación ciudadana son débiles y resultan en inestabilidad. Esto es especialmente importante para organismos internacionales que asumen equivocadamente que, al enfocar sus esfuerzos en el desarrollo económico de un país, se obtendrá de forma automática su estabilidad política.

Tan solo unos meses atrás, el Banco Mundial estimó en su reporte Global Economic Prospects 2018, que la economía nicaragüense sería la tercera de mayor crecimiento en América Latina, con 4.4% de incremento. Asimismo, la CEPAL auguró un buen 2018 al país centroamericano estimando un 5% de crecimiento para el 2018.

El ajedrez de Ortega

Ante una coyuntura favorable durante su primer periodo, Daniel Ortega identificó cuidadosamente las piezas claves dentro su tablero de ajedrez y se reinventó como un católico conservador que traería orden y estabilidad a una Nicaragua aún maltrecha por la dictadura del 79.

A pesar de mostrar una retórica antiimperialista y seguir la línea de Venezuela y Cuba dentro de las Naciones Unidas, Ortega supo alinearse en términos de migración y lucha antidrogas con Estados Unidos. Internamente, el mandatario generó fuertes lazos con el sector privado asegurándole una economía predecible y estable, a cambio de vía libre para gobernar Nicaragua. Este acuerdo se consumó reformando el artículo 98 de la Constitución Política, en donde se estableció un diálogo permanente en búsqueda de consenso entre el gobierno y el sector privado, es decir, una voz en la generación de la política pública. Finalmente, una de las leyes antiaborto más fuerte del mundo significó tener de su lado a un tercer actor de peso en el tablero, la Iglesia Católica.

Una vez consumadas sus alianzas, no fue difícil asaltar la democracia erradicando partidos de oposición en el panorama político nicaragüense, eliminando cualquier impedimento para su continuidad en el poder, y estableciendo formalmente en el gobierno a su esposa, Rosario Murillo Zambrana, mediante elecciones poco transparentes.

Oda al revolucionario

Aunado a su meticuloso ordenamiento de piezas dentro del juego político, Ortega ha fortalecido su poder instaurando un astuto mecanismo propagandístico. No hay que esforzarse mucho para encontrar pancartas publicitarias exaltando su figura, y la de su esposa, a lo largo y ancho de Managua. Este culto hacia la persona se alimenta a través de una constante exposición de la población a personajes y héroes de la gesta revolucionaria mediante el uso de imágenes y figuras conmemorativas.

Justo el año pasado, fue para mí una sorpresa encontrarme en una de mis visitas a Nicaragua con que cada año, el 19 de julio, se celebra el triunfo armado sobre la Guardia Nacional de Somoza con una multitudinaria marcha de nicaragüenses desde Managua hasta Masaya. Ese día la capital se paraliza. La producción desaparece y todo nicaragüense sabe que puede unirse a la marcha (en caso de trabajar en el sector público resulta prácticamente una obligación) o quedarse en su casa ya que le será imposible ser productivo debido al caos imperante de las calles abarrotadas.

¿Es sostenible?

Ante la creciente represión a la ciudadanía y la situación económica de Venezuela, el régimen de Ortega enfrenta serías amenazas. Solo entre 2008 y 2015, Nicaragua compró $4.5 billones de petróleo venezolano a precios de descuento, lo cual significó un enorme alivio a las finanzas del país. Durante este periodo Nicaragua se convirtió en un incómodo caso de análisis al ser quizás uno de los países menos democráticos en Latinoamérica y al mismo tiempo presentar importantes crecimientos económicos.

Sin embargo, con el colapso de la economía venezolana el país sudamericano no pudo darse el lujo de continuar ayudando a sus aliados. En 2016 las exportaciones venezolanas hacia Nicaragua cayeron dos tercios desencadenando una disminución de productos nicaragüenses exportados hacia Venezuela. Sin un padrino que le inyectara dinero, Ortega se vio obligado a modificar su gasto público profundamente. Su famoso programa “Plan Techo”, en el cual se le entregaba gratuitamente láminas de zinc a beneficiarios de escasos recursos, dejó de ser gratuito desde marzo del 2017. Por su parte, la electricidad sufrió un importante aumento en febrero de 2018 gracias a la reducción del subsidio en la tarifa de energía domiciliar, y como ya hemos visto, el detonante de la bomba fue una reforma al seguro social, que, a pesar de haber sido revocada días después, ha evidenciado que la población nicaragüense está determinada a romper las cadenas que le oprimen.

El panorama para Ortega no es esperanzador. El crecimiento económico sostenido sumado a la represión ciudadana ha generado un incremento en las exigencias de la población, reclamando espacios reales de participación política. Este fenómeno, tal y como Huntington explica, se origina en sociedades que se encuentran en rápido tránsito a la modernidad, pero con un desfase entre los cambios políticos y los cambios económicos. No me cabe la menor duda de que la sociedad nicaragüense ha despertado y buscará dichos espacios de participación política, aunque lamentablemente bajo regímenes autoritarios dicha búsqueda resulte en enfrentamientos violentos como los que hemos visto durante las últimas semanas en el país centroamericano.

 

 

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