Nicaragua: ¿Se nos acabó la suerte?

“El mundo debe saber lo que pasa en Nicaragua”, Ernesto Cardenal.

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Managua, 9 de mayo de 2020. R.P.V.

Nicaragua viene presentando unos datos que no se logran sostener de ninguna manera: 16 casos confirmados por el Ministerio de Salud (MINSA) de enfermos de COVID19, 5 muertos y unos cuantos en observación. Estos datos, ni El Salvador, cuyo gobierno ha tomado medidas extremas, que llegan a rayar en violaciones de los derechos humanos y constitucionales en ese país, tiene cifras tan bajas. Incluso, a pesar de cerrar fronteras, hermetizar el país y confinarlo con apenas menos de 5 casos confirmados, los números crecen, lentamente, pero continúan creciendo. Costa Rica, por su parte, que ha sido alabada por sus medidas, tampoco ha tenido menos casos que los que reporta Nicaragua, cuyo sistema de salud es el más débil de la región, quizás solo por detrás del beliceño.

El gobierno de Ortega (13 años de corrido en el poder, de momento), nunca se ha caracterizado por sus rasgos democráticos y desde 2018 los nicaragüenses hemos venido viendo un deterioro mucho más acelerado, luego de las protestas que iniciaron ese año dejaran en menos de un año más de 300 manifestantes muertos a manos de fuerzas combinadas de policías y paramilitares. Este crimen ha llegado a ser calificado por expertos internacionales como un crimen de lesa humanidad.

A la crisis sociopolítica que venimos arrastrando desde 2018 ahora se suma una pandemia, la cual no da luces de encontrarnos con un gobierno que deje posturas absurdas y partidarias y haga frente a la situación. Pero bueno, ¿qué podríamos esperar de un gobierno sobre el que pesa acusaciones de lesa humanidad?

Con el transcurrir de las semanas, muchas voces se han venido sumando y exigiendo al gobierno que tome medidas para preparar al país de cara a una enfermedad que comenzaba a demostrar los estragos que es capaz de hacer en países tan desarrollados como los europeos. Esas voces han venido de opositores políticos; de médicos; de especialistas que han terminado de han sido despedidos de sus puestos de trabajo en la UNAN-Managua, por expresar o tener preocupaciones frente a las acciones que se están tomando por el gobierno, entre las que se han incluido marchas y visitas casa a casa; de la Iglesia, que incluso sus obispos han buscado aprovisionar sus templos de alcohol y apoyo de especialistas ante una eventual necesidad de que vuelvan a convertirse en hospitales de campañas, como lo hicieron en 2018 para proteger a manifestantes, la mayoría jóvenes, de las balas del régimen y curar sus heridas que no eran atendidas en hospitales públicos, por órdenes del gobierno.

Si bien algunos ciudadanos desde hace más de un mes comenzaron a tomar medidas de autoaislamiento y usar mascarillas, aunque el gobierno se las prohibía a sus empleados “para no crear pánico”, y ahora, recientemente, las está recomendando, la amenaza de la pandemia no se materializaba. Los rumores, que se desarrollan, principalmente por la falta de información suficiente y confiable que este caso debería provenir del gobierno, poco lograban validarse.

Pues bien, en las últimas semanas, con Cuba reportando casos importados de Nicaragua (hasta 5 casos a mediados de abril) y Nicaragua negando la transmisión local, la preocupación ha venido aumentando. Y hoy con rumores, que poco a poco se van confirmando, de que los hospitales públicos se están saturando con “casos sospechosos de COVID19”, como les gusta llamarle al MINSA; de que la región de occidente, especialmente los municipios de León, Chichigalpa y Chinandega, además de Managua, están reportando entierros nocturnos y sin familiares, numerosos casos de desmayos súbitos en las calles, cuya cantidad va más allá de la que alguna vez pudiéramos atribuirle al calor de este tiempo, nos hace pensar que se nos ha acabado la suerte.

El gobierno nicaragüense no ha dicho con cuantos respirados cuenta el país, los que se estiman como en 160; no han dicho cuántas pruebas ha realizado, aunque recientemente el BCIE les dono miles, no reporta la cantidad de casos sospechosos con claridad; y, mucho menos, se deja cuestionar por medios de comunicación independientes y la ciudadanía. La batería de medios que han logrado amasar en estos años, solo reproducen lo que Rosario Murillo, vicepresidenta y esposa de Ortega, dice.

Y, por el contrario, demostrándose desafiante ante las voces que piden al gobierno el cierre de universidades y escuelas, este ha llamado a marchas multitudinarias de sus militantes y empleados públicos, se han burlado de quienes iniciaron usando mascarillas, ha mandado a sus operadores políticos en los barrios a visitar a sus vecinos y que estos resten peligrosidad al COVID19, al que escuche describir como una gripe más, una enfermedad más, que solo con lavado de manos se puede evitar en gran medida. Sus operadores y propagandistas no han dado tregua en alabar al sistema de salud nicaragüense, incluso han llegado a decir que está dando cátedra a otros sistemas en países desarrollados; restarle gravedad a la enfermedad y acusar de golpista, de derecha o de cualquier cosa más a quién ose cuestionar las afirmaciones del gobierno.

Sin embargo, cada vez se evidencia más que nos enfrentamos a una enfermedad grave y altamente contagiosa, que los casos sospechosos se están amontonando en sus casas y los graves en las salas hospitalarias, con un personal médico sin protección, sin acceso libre a pruebas de COVID19 y sus resultados y que esta semana se han reportado, extraoficialmente, enfermeras y médicos en cuarentena domiciliar o ingresados en hospitales y se rumorá hoy de la muerte de al menos un doctor y una enfermera.

Ciertamente hemos tenido suerte, la suerte del pobre, la suerte de estar en crisis sociopolítica desde 2018. Perdonen que lo diga así, pero el hecho de que desde 2018 el número de visitantes extranjeros disminuyera a menos de la mitad a menos de la mitad a causa de la crisis sociopolítica ha ayudado a que hoy, en 2020, nos encontráramos menos expuestos a que la enfermedad fuese importada por algún turista, pese a que hasta hace pocos días discretamente el gobierno ordenara cerrar fronteras. Hemos contado, también, con la suerte que tanto Honduras como Costa Rica han cerrado su frontera y con ello nos han virtualmente aislado. Venimos contando con el hecho de que desde 2018 los nicaragüenses que hemos venido autoconvocando, ante a las calles, ahora al autocudio, siguiendo las recomendaciones internacionales, de países como El Salvador o Costa Rica e ignorando medidas dadas por nuestro gobierno que nos pondrían en mayor riesgo de contagio.

Sabemos que, como país, no contamos con recursos suficientes para dar una batalla frontal al COVID19 y nos preocupa aún más que el gobierno no haya aprovechado este tiempo de gracias para prepararse, para organizarnos como pueblo y liderar la prevención y mitigación de la enfermedad.

Se nos acercan hora muy oscuras en los próximos días, con un futuro incierto por la enfermedad y el impacto económico que tendrá la pandemia sobre nuestra economía y su principal salvavidas que nos quedaban desde 2018: las remesas.

Los nicas tenemos mucho que agradecerles a los ticos, pues en los ochenta y recientes nos han refugiado y apoyado. Hoy necesitamos nuevamente de ese apoyo para exponer al mundo los riesgos que estamos enfrentando los nicaragüenses en nuestro país y los riesgos que supone el irresponsable manejo de la pandemia por parte de nuestro gobierno para Centroamérica, una región con redes migratorias irregulares permanentes y extensas. Si la región no toma medidas conjuntas, si uno de los países no asume sus responsabilidades, el esfuerzo de muchos será en vano.

“El mundo debe saber lo que pasa en Nicaragua”, Ernesto Cardenal.

 

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