Nicaragua: Un virus que no distingue entre militantes y opositores

No solo nosotros, los nicaragüenses, estamos condenados, sino también todos los esfuerzos que en Centroamérica vienen haciendo las naciones.

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Managua, 16 de mayo de 2020. R.P.V.

La polarización política y la negación de la verdad tan solo por poder no ser la nuestra o, mejor dicho, nuestra ideología, es de los peores males que puede atravesar una democracia y su pueblo. Nicaragua, como muchos países en América Latina, está acostumbrada a la polarización en torno a caudillos, pero hoy no es exactamente el caso. Desde hace dos años la polarización se acrecentó en favor de una oposición a  y el Estado que controlan, pero sin un liderazgo definido y galvanizado; y un Daniel Ortega con una militancia, minoritaria en cuanto a la población nacional, pero fuertemente adepta y dotada de recursos del Estado nicaragüense en todos los sentidos: recursos para movilizarse, protección y complicidad policiaca y del sistema de justicia, publicidad, etc.

Esta polarización exacerbada ha llevado a negar la verdad por tan solo salir de la boca del otro; y en este caso, el centralismo democrático que viene practicando el FSLN desde antaño hoy hace gala de una fuerte disciplina partidaria que pone en marcha un discurso que no es más que producto de una directriz bajada por la dirección del partido encabezada por Ortega y, especialmente, su esposa, Rosario Murillo.

Con estas primeras líneas, es más que seguro que algún creyente férreo rechazará el porvenir de este escrito por desacralizar a su líder y partido, pero no lo hago con ánimos de favorecer a otro movimiento u organización, lo hago como exposición crítica de una realidad que deberíamos los nicaragüenses poder rebatir sin temor a ser aplastados por el otro en el poder o una vez que lo consiga.

2018 le costó muy caro al FSLN de los Ortega-Murillo y más al pueblo que sufrió la represión y tantas muertes. La crisis económica en la que nos sumergimos desde entonces, por no hablar de la social y política tiene a un país, en el que venía consolidándose el autoritarismo, en un estancamiento en el cual la crisis no avizora una salida pronta. Es cierto que la presión internacional en este punto se vuelve vital, cuando el gobierno reprime atrozmente a todo aquel que ose tan solo sacar una bandera nacional a la calle, pero es inexcusable que la oposición a estas alturas, desde grupos de universitarios, movimientos sociales y partidos políticos tradicionales no hayan, maduramente, dado una verdadera opción política a Ortega, pero sigan pidiendo sanciones sin organizarse a lo interno. En este caso, el remedio (la presión) puede ser peor que la enfermedad (la falta de institucionalidad).

Desde hace dos años el gobierno de Ortega viene haciendo artificios poco duraderos y que en el corto plazo saldrán costosos para equilibrar un presupuesto deficitario al que se le suma el retiro de millones de dólares de la cooperación, la gran carga de un sistema público supernumerario, problemas financieros que ponen en riesgo la cobertura de pensiones y la atención a pensionados, por no mencionar que desde hace 24 meses el gobierno ha aumentado drásticamente los recursos para sus aparatos de represión: la policía y ejército, por no contar los recursos destinados por otras vías a paramilitares.

Esta gran carga económica, con una recesión que se viene prolongando desde hace dos años y que ahora el COVID19 nos dice que va a durar durante este, el próximo (2021, año electoral) y quizás 2022 limita a todas luces cualquier repuesta discreta que el Estado más pobre del continente, por detrás de Haití, podría dar a la población para hacer frente a la pandemia.

Estas circunstancias y un discurso polarizado han llevado al gobierno a optar por la Economía y no tomar medidas frente a la pandemia; es más, han ido al extremo de negar su existencia, de calificar al COVID19 como un castigo a los países imperialistas y burgueses, como una enfermedad que no da a los pobres, o que no es necesario tomar medidas porque tenemos un sistema de salud eficiente que da “cátedras” a otros sistemas más avanzados. Los pedidos de medidas, de confinamiento, cese de clases, entre otros, son desechados por ser pedidos de opositores, de golpistas, de “cerebros deformes”, de intento de “aprendices de extraterrestres”, como ha tachado recientemente Rosario Murillo.

Sin embargo, la realidad es una muy diferente. El país que dice tener menos de 30 casos de contagios y menos de 10 muertos, cuando sus vecinos llevan las cuentas en centenares y decenas es una imagen que ni la propia militancia gubernamental cree, pero que podría respaldar porque “el comandante sabe lo que hace”. Las noticias y reportes de conocidos y parientes, sino de la experiencia propia, nos dicen que hay muchos más casos y muertos de los que se aceptan. Los desvanecimientos en las vías pública vienen siendo algún común, que se cuentan en poco menos de una decena por semana, en al menos el último mes, aparte de los entierros exprés que se vienen haciendo de madrugada por las noches, sin velatorios y con cadáveres transportados en ataúdes sellados en camionetas o ambulancias que salen de los principales hospitales de Managua y Chinandega.

Nicaragua está comenzando a vivir el período más crítico de esta pandemia desde mediados de abril o inicios de mayo, y todo apunta a que vamos a continuar empeorando. No obstante, si bien debemos de aceptar que medidas drásticas como las tomadas por otros países no podían implementarse o ser razonables en Nicaragua, lo cierto es que tuvimos muchas semanas de gracias para haber intentado organizarnos, observar los hechos que venían dándose en otros países y haber preparado medidas ajustadas a nuestra realidad que no necesariamente demandaban de un confinamiento total, pero sí de una organización fuerte que el FSLN a través de las estructuras partidarias que tiene en todo el país, y con las que nos controla, podría haber presentado una organización territorial que fortaleciera las capacidades estatales. Pero no, optaron por el verticalismo, razonamientos atados a interés partidarios y la abyección de la realidad.

Y ante ese futuro desalentador que nos vendrá en las próximas semanas, posiblemente, el país deberá enfrentar los embates económicos que son lógicos de estas circunstancias, pero los enfrentará en peores condiciones que si se viera preparado para evitar mayores golpes de la pandemia.

Entre los efectos que expertos pronostican están una caída de una de las principales fuentes de divisas y pilares del consumo de muchas familias: las remesas, por el orden superior al 17%; una caída en las exportaciones, principalmente de productos agropecuarios que inicialmente reportaron dinamismo ante la compra de emergencia de otros países al inicio de la pandemia, por el orden del 20% y un sector turístico que ve por tercer año consecutivo nulas oportunidades de recuperarse. Todo esto se espera que impacte entre un 5% y 7% al PIB nicaragüense, dejándose sentir con fuerzas en las finanzas públicas que han venido sobrecargando el aporte del pequeño sector formal (de más o menos el 30% de la PEA).

Estas circunstancias acuciante nos hacen a los nicaragüenses temer lo peor, y no se trata de partidismos, porque aquí no hay posibilidad que se jodan algunos, sino que todos, sin distinguir necesariamente por partidos u otros criterios. Es verdad que los pobres serán los que principalmente padezcan los peores efectos de la pandemia, pero en una realidad que nos señala que nuestro gobierno no tiene muchas posibilidades de ofrecernos socorro en el peor de los casos, nos toca a todos, desde ricos a pobres el tomar medidas para evitar enfermarnos en la presente ola de esta enfermedad. No vamos a poder evitarlo por siempre, pero es ahora que debemos evitarlo al menos hasta que el pobre sistema de salud nicaragüense pueda discretamente ofrecer alguna posibilidad de atención transparente. Incluso, la meta debería ser llegar sanos hasta la existencia y disponibilidad de una vacuna.

De momento, estamos a la mano de Dios y de toda la presión que la comunidad internacional pueda ejercer sobre el gobierno nicaragüense para que tome la crisis con honestidad, transparencia y seriedad. De lo contrario, no solo nosotros, los nicaragüenses, estamos condenados, sino también todos los esfuerzos que en Centroamérica vienen haciendo las naciones.

 

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