Nicas

El conformismo, mediante la tradicional y gelatinosa diplomacia tica no son un buen referente para estos instantes de la historia

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Nuestros hermanos nicas, esos de buena voluntad; como tantas otras buenas personas en el mundo, tienen no sólo ese derecho simple y diáfano a soñar, sino también lo tienen para tirar al basurero de la historia a sus tiranos. Lamentable y doloroso entre tanto, es el sufrimiento de las madres por la sangre de tanto soñador derramada. Sólo bastaron unas cuantas décadas, para percatarse que efectivamente la historia, caprichosa como es, simplemente repite y enseña que también a nombre de las ideologías, se cometen toda clase de crímenes. Así las cosas la Granja de los Animales de George Orwell emerge del recuerdo de las aulas universitarias, con una pasmosa vigencia. Es el cuento aquel en el que varios cerdos en nombre de un “socialismo animal”, se hicieron gradualmente del poder, esclavizando, ultrajando y sacrificando a los mismos animales que habían hecho posible la revolución sobre los granjeros, en procura de su propia utopía.

Martí alguna vez dijo “quien presencia un crimen en silencio lo comete”. Esta es una verdad quizás demasiado fuerte al sopor existencial de la bucólica sociedad contemporánea con respecto a tanta maldad y pisoteo de los derechos más elementales de las naciones. Lo que sucede en Nicaragua amerita que Costa Rica preste no sólo atención sino que ejerza la solidaridad necesaria con quienes luchan, sueñan y anhelan una vez más la liberación de su patria. No será la primera vez que se hace, porque además de ideales siempre habrá una razón pragmática en la política exterior costarricense que incite a la acción política. Oscar Arias promovió un plan de paz en Centroamérica, que no sólo salvo muchas vidas al ser neutralizada la acción bélica con la posible intervención guerrerista del Norte, sino que detuvo el baño de sangre y evitó el potencial desplazamiento de miles a Costa Rica, por las circunstancias de ese momento histórico.

El país ha aprendido a lo largo del tiempo sobre la relación particularmente con este vecino país y por otros motivos, que la insurrección trasciende la línea imaginaria entre territorios. Hoy se está ante la presencia de un notable sacrificio de un sector importante de la población joven que lucha honesta y valerosa en procura de sus más elementales derechos, frente al poder ciego y arrogante de la pareja gobernante. Es claro que los nicas no dudan siempre en defender su patria, sobretodo cuando llega el momento de hastío; ese punto de inflexión que separa al atropello de la dignidad. Y aquí ya llegó.

Lo que resulta novedoso en el modelo autoritario de Nicaragua es que ahora se trata en efecto, de una pareja de autócratas, incluida la “Chamuca”, quien emulando el comportamiento del triste célebre M.A. Noriega, el dictador panameño, mediante el uso de la fuerza bruta y también la brujería y los maleficios, procura la permanencia en el poder y la victoria sobre sus enemigos reales y ficticios. Sin embargo ésta es una cuestión muy seria en sus consecuencias y resultados para el pueblo nicaragüense, como también lo es para la región centroamericana. Ignorarlo o ser indiferente a ella es un error craso.

Hoy en día no pinta que haya diálogo, no pinta que haya conciliación, no pinta que estos sátrapas y su nepotismo, renuncien al poder. La arrogancia ya dio su última palabra y este entorno así como sus eventos, constituyen una suerte de deja vu de la política latinoamericana durante la Guerra Fría.

Es por ello que el conformismo, mediante la tradicional y gelatinosa diplomacia tica no son un buen referente para estos instantes de la historia. Habrá que tomar partido y no a favor de los cerdos de Orwell. Costa Rica debe asumir una vez más, la responsabilidad histórica y solidaria que le corresponde, de la mano con quienes luchan contra la pareja y la estructura de poder en Nicaragua, que protege sus oscuros intereses a costa de lo que sea. Corresponde igualmente abandonar el ropaje de los prejuicios con esta población y asumir la cruzada como propia, porque de lo contrario sus consecuencias afectarán profundamente a Costa Rica y la región. La verdad es que no hay otra opción. La iglesia costarricense también podría aprender mucho de la nicaragüense: sobretodo hidalguía, congruencia y dignidad en momentos apremiantes, como lo ha sido la acción y consistencia del jesuita que hoy lidera sus huestes de fieles distribuidos por el mundo, desde Roma.

 

 

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