No a la xenofobia

La violencia y el odio deben de desaparecer si los costarricenses deseamos continuar viviendo en paz en nuestro territorio y conviviendo pacíficamente con nuestros vecinos inmediatos, en un mundo cada vez más globalizado e interdependiente

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Desde sus inicios como nación independiente, Costa Rica ha recibido migrantes de diversas naciones a través de su historia, muchos de los cuales contribuyeron a fundar la identidad nacional, de paz, libertad, concordia democracia y respeto por los Derechos Humanos.

El devenir centroamericano ha propiciado movimientos migratorios producto de sangrientas guerras internas, en las cuales Costa Rica, consecuente con sus principios, al igual que otros países sirvieron de asilo para salvaguardar el principal de los Derechos Humanos, la vida.

Para nadie es un secreto la ola de violencia que se desató en la vecina Nicaragua durante el mes de abril y que ha cobrado la vida de cientos de personas, en su mayoría jóvenes. La comunidad internacional ha sido clara en acusar y censurar los actos de violencia, ante los cuales nuestra Cancillería no ha titubeado en manifestar el repudio a la dictadura de Daniel Ortega.

Esto ha producido en algunos sectores de la población -no todos- la manifestación de actitudes xenofóbicas y racistas que en los últimos días son evidentes contra la inmigración de nicaragüenses que han sido obligados nuevamente a salir de su país por la situación de guerra que se vive bajo el dictador Ortega, apoyado por Venezuela y Cuba.

Algunos consideran que aunque ciertas actitudes del tico promedio pueden ser consideradas racistas, por la idiosincrasia y forma de ser del tico, rara vez estas actitudes derivarían en verdadera violencia o agresiones. Otros, en cambio, consideran que el racismo costarricense puede ser muy grave en cuanto a lo que se refiere a humillaciones públicas, chistes groseros y discriminación.

Hoy igual que ayer vemos a miles de costarricenses que aprovechan la situación migratoria de miles de hermanos nicaragüenses para que nuevamente este fenómeno de racismo se vuelve a producir. Ahora toda la delincuencia que vivimos desde hace décadas se resuelve con afirmar que es culpa de la entrada masiva de la inmigración desde Nicaragua, con la cual hemos convivido por décadas de forma pacífica y cordial, construyendo la Costa Rica de hoy.

Y más grave aún leemos en las redes sociales que si el Gobierno tiene dinero para atender esta crisis migratoria, entonces no tiene derecho a exigirnos pagar impuestos y es más, hasta piden al gobierno tomar las acciones que los radicales de la violencia esperan. Esto, con un total desconocimiento de que son los organismos internacionales los que, a través de donaciones responden a la ayuda humanitaria que el país realiza en estas circunstancias.

Un país que se precia respetuoso de los derechos humanos y día a día se practica la discriminación, el racismo y la xenofobia contra numerosas poblaciones, contra personas con algún tipo de discapacidad, contra las poblaciones LGTBI, contra los inmigrantes. Y todavía hoy, quienes anhelamos el cumplimiento de los Derechos Humanos para todos los habitantes de Costa Rica, esperando la aprobación definitiva del Expediente No.20174 que crea una “Ley Marco  para prevenir y sancionar todas las formas de Discriminación, racismo e intolerancia”.

Y para muestra de que nuestra sociedad sigue por el camino de la xenofobia, el 18 de Agosto un grupo más bullicioso que numero de personas, todas costarricenses, portando la bandera y a través de ofensas a los nicaragüenses, con vergonzantes palabras, han emprendido una protesta que amenazan sea permanente en la que además de pedir que nuestro Presidente se vaya del Gobierno, adelantan que van a hacer posible que el Parque La Merced, vuelva a manos costarricenses.

¿Qué pasa con nuestra paz? ¿O vamos a dejar que unos cuantos a través del caos social logren amenazar nuestra democracia con acciones populistas? Mucho menos podríamos dejarnos manipular por agentes de Ortega que en la confrontación de nuestras sociedades, abriría frentes de distracción a los hechos impulsados por él en su país. Y es que esto último por más extraño que llegue a sonarle a algunos, no está alejado para nada de la realidad estratégica de las dictaduras Chavistas y Castristas, muy bien asimiladas por Ortega.

La violencia y el odio pueden acabar las sociedades. Pueden acabar la democracia. La violencia y el odio deben de desaparecer si los costarricenses deseamos continuar viviendo en paz en nuestro territorio y conviviendo pacíficamente con nuestros vecinos inmediatos, en un mundo cada vez más globalizado e interdependiente.

 

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