No todo lo que brilla es… lógico

Leonardo Garnier.  Nunca lo he dudado: el curso más importante que llevé en todos mis estudios universitarios – postgrado incluido – fue el curso de lógica que daba Claudio Gutiérrez en la Universidad de Costa Rica. No era parte del programa de economía, ni un curso que ‘tuviéramos’ que llevar, pero a un grupo de amigos se nos metió que podría valer la pena… ¡y lo gozamos! Fue un curso intenso, difícil, pero enormemente entretenido y, sobre todo, absolutamente útil desde entonces y hasta el día de hoy… al punto que uno de los pocos textos de aquellos años que aún conservo es la “Introducción a la Lógica” (diecinueve colones, se lee aún en el sellito de la contraportada) de Irving Copi que empezaba explicando que se trataba de estudiar “los métodos y los principios usados para distinguir el razonamiento correcto del incorrecto”.

Traigo este recuerdo a colación porque si algo echo de menos en la educación costarricense es eso: la lógica, la facultad de razonar correctamente. Y lo digo tanto por lo que veo en muchos de mis estudiantes de economía, como por lo que leo en trabajos de algunos de nuestros más connotados profesionales e intelectuales; y ni qué decir de ciertos reportajes periodísticos, documentos oficiales o anuncios comerciales. En todos ellos extraño el pensamiento lógico.

Nuestros estudiantes y profesionales pueden saber mucho del tema de su especialidad y estar al día en los más modernos descubrimientos y avances pero, a la hora de leer y analizar un texto, tienen enormes dificultades para identificar y valorar los pasos que conectan las distintas partes del argumento – y el argumento mismo; y más dificultad cuando son ellos mismos los que tienen que realizar un razonamiento original, conectando correctamente sus premisas con sus conclusiones, sin saltos ilegítimos, sin contradicciones, sin falacias, sin vacíos, sin inconsistencias. Así, pueden ser notablemente hábiles para operar con un modelo, diseñar o resolver un sistema de ecuaciones pero… a la hora de razonar, no logran pasar de una mera sumatoria o agregado de argumentos, impresiones y datos inconexos y hasta contradictorios de la que creen obtener alguna conclusión que les parece razonable más por intuición o prejuicio que por su relación con los datos, opiniones y argumentos que supuestamente la sostienen.

En pocas palabras, muchos de nuestros más sofisticados profesionales, científicos e intelectuales saben mucho, sí… pero no saben razonar bien. Y, eso es casi como no saber nada – o incluso peor – porque si no logramos desenmascararlo , un mal razonamiento puede engañarnos conectando una conclusión verdadera con unas premisas falsas o, peor aún, una conclusión falsa con unas premisas verdaderas. Y muchos se dejan llevar (o tratan de llevarnos) desde premisas que pueden ser verdaderas – los perros ladran – hasta conclusiones notoriamente falsas – Juan es perro – simplemente porque su capacidad de análisis lógico no les permite ver que la pieza que las conecta – Juan ladra – no las conecta bien, aunque sea verdadera.

En la vida real, cuando lo que discutimos tiene que ver con la reducción de la pobreza, con alterar el tránsito para ahorrar petróleo, con los tratados de libre comercio, con las estrategias energéticas, con la eficiencia del seguro social, con derechos de propiedad intelectual, con frenar o aumentar la desigualdad, con las formas de enfrentar la globalización, con los problemas del mundo rural, con el aumento de la violencia… o con las opciones de desarrollo que tiene – o no tiene – el país, según el camino que se siga y según lo que hagamos o dejemos de hacer con nuestro sistema educativo, las consecuencias pueden ser mucho más graves que creer que Juan… es perro. ¡Lógico!

Fuente:

Leonardo Garnier
Ecadémico, Economista, Ex Ministro de Planificación y  Ministro de Educación en dos Administraciones
Sub/versiones leonardogarnier.com
También publicado en La Nación: jueves 14 de julio, 2005

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