Norwin Romero Campos, Educador (M.A.E.)

En los últimos años, el curso de la humanidad ha cambiado vertiginosamente, esto coloca a las organizaciones de toda índole ante el reto de estar anuentes al cambio.  De hecho, el cambio les ha permitido a muchas entidades superarse a sí mismas y volverse únicas.  Las instituciones educativas no han sido la excepción. Cambiar, actualmente, es un proceso continuo, forma parte de la cotidianidad del centro de enseñanza. Según Miranda (2002) “Los centros escolares son instituciones que, por naturaleza, tienden a la estabilidad y a los que la inercia de prácticas asentadas hace resistentes al cambio” (p. 2). Ahora, esto es algo que encuentra, muchas veces, a los actores de la experiencia educativa en una zona de confort que les impide, en parte, generar o ampliar prácticas beneficiosas para el centro educativo. Lograr el cambio no es proceso fácil de hacer, hay que trabajarlo de manera convincente para que los actores educativos lo acepten de una manera voluntaria y cooperativa, por lo tanto, se deben diseñar estrategias que impidan la resistencia al cambio.

Un proceso no posee duración definida, responde a ciertos propósitos, por ende, puede repetirse las veces que sea necesario para conseguir el objetivo trazado.  Además, la iniciativa de trazar un camino hacia la mejora puede provenir de cualquiera de los actores del proceso educativo, sin importar la circunstancia, el momento ni el reto que se presente. Miranda (2002) menciona que “(…) las propuestas de cambio en los centros se conciben como procesos que se prolongan a lo largo del tiempo y que deben ser comprendidos, planificados, gestionados y evaluados de forma colectiva por los que participan en ellos” (p. 2). Esto quiere decir que serán rutas distintas en cada escuela y en cada colegio, pues se diseñan de acuerdo con las capacidades, los recursos y las condiciones de cada centro educativo.

En concordancia con lo expuesto, es fundamental conocer las fases requeridas para que el proceso de cambio se pueda lograr, a saber: a) iniciación; b) planificación; c) implementación; d) evaluación; e) institucionalización.

  1. Iniciación: Comienza cuando algún actor educativo toma la decisión de mejorar el centro de enseñanza. En esta etapa es necesario que el resto de la comunidad estudiantil esté informada del cambio, no menos importante es que lo considere necesario.  Cabe el riesgo de que en algunos se generen resistencias: rechazo, incertidumbre y desacuerdos por parte de algún docente, personal administrativo, padre de familia o estudiante, entre otros. De no ser contemplado y adecuadamente abordado, esto puede representar un obstáculo para conseguir los objetivos propuestos.
  2. Planificación: Corresponde a los objetivos que pretende alcanzar el centro educativo a través de ese proceso de mejora. Debe ser un documento que esté al alcance de todos los miembros del sistema educativo y que detalle las estrategias que se implementarán en el transcurso de este.
  3. Implementación: Significa llevar a cabo las estrategias planificadas, es indispensable que las actividades que se realicen puedan pilotearse primero para garantizar su funcionamiento; en esta etapa, tanto como en las anteriores, la participación de todos los actores del proyecto educativo es fundamental. Nada que sea percibido como una imposición será relevante para quienes son parte de un sistema.
  4. Evaluación: Es una fase muy importante, generalmente, es el examen sistemático de lo acontecido con respecto a lo planificado. Deben establecerse indicadores que permitan, como en cualquier proceso, mejorar o ajustar los objetivos alcanzados. No se trata de medir en términos numéricos, contempla la integralidad de las acciones.
  5. Institucionalización: En esta etapa, el cambio debe convertirse en una práctica habitual, debe mantenerse a través del tiempo y formar parte de la dinámica organizacional.

El cambio conduce a la mejora, la mejora conduce a la excelencia, la excelencia es lo que busca cualquier centro educativo comprometido con la calidad.  Pero dichas mejoras, no se consiguen si no existe un proceso de cambio permanente en las instituciones.  Por ende, las escuelas y colegios deben estar preparados para avanzar, como lo mencionan Murillo y Krichesky (2012) “Posiblemente uno de los peores pecados de la educación es la autocomplacencia: quien crea que ya lo hace bien, que no necesita mejorar, está en el camino de hacerlo mal y cada vez peor” (p. 27). Así mismo, los actores educativos deben tener presente que la mejora no es un destino, más bien, se trata de un recorrido continuo; porque cuando se cree que ya se ha alcanzado el nivel más elevado y se ha llegado a la meta, es cuando cabe establecer nuevos objetivos de mejora; el mundo cambia y lo hace a pasos agigantados y las instituciones educativas, como sistemas abiertos, deben fluir y reinventarse constantemente.

Figura 1. Etapas del proceso de cambio escolar

Fuente: Elaboración propia Romero, (2019).

Este proceso debe llevarse a cabo en conjunto con toda la comunidad educativa, o sea, hacer partícipes a los estudiantes, los docentes, los padres de familia, la comunidad, el personal administrativo y de servicio.  Impulsar el proceso de cambio requiere compromiso y voluntad, Murillo y Krichesky (2012) consideran que deben existir un “(…) desarrollo de capacidades específicas por parte de los distintos miembros de la organización escolar, que permitan impulsar y sostener proyectos de mejora a lo largo del tiempo” (p. 27). Consecuentemente, es tarea central del gestor educativo asumir el reto de generar sinergia, más que de imponer o distribuir tareas. La gestión educativa solo es fértil cuando, a pesar de las posibles divergencias, inspira motivos de convergencia.

En muchas instituciones de enseñanza, estos procesos de cambio están ausentes.  No existe un interés real de mejora, por parte de los actores educativos; o en su defecto, existen detractores u opositores a los procesos de cambio; personas que representan los principales obstáculos para el desarrollo del proceso; muchas de ellas tienen miedo, están confundidas o no están de acuerdo con lo que se propone.  En estos casos, las personas encargadas de llevar a cabo los procesos de mejora, deben estar atentos para minimizar estas resistencias, buscar estrategias que permitan homogenizar criterios, que estimulen la unión del grupo para que colaboren con el trabajo en equipo. El objetivo es involucrarlos para que formen parte del proceso y puedan aportar a tan importante actividad dentro de las instituciones de enseñanza. Las organizaciones mejoran porque crean y nutren consenso sobre qué cosas vale la pena alcanzar y ponen en marcha los procesos internos mediante los cuales los individuos aprenden progresivamente a hacer lo necesario para alcanzar todo aquello que vale la pena (Elmore, 2000).  Es lamentable observar como algunas instituciones han caído en el conformismo y no emprenden acciones para solucionar los problemas que enfrentan a diario y que en muchas ocasiones tienen soluciones prontas y sencillas.

La figura del administrador educativo, es indispensable, en todos los procesos que realiza cualquier institución educativa y por ende, el proceso de cambio es su responsabilidad.  Claro está que, dicho proceso no depende solo de él.  El director de una escuela o de un colegio es el guía, pero también es el ejemplo.  Tiene que tratar de enamorar a sus colaboradores en cualquiera de las metas que se quieran alcanzar.  Cabe destacar, que los procesos de mejora son importantes e indispensables para cualquier entidad que busque la excelencia, con relación al cambio Murillo y Krichesky (2012) reconocen que el proceso es un ciclo y que debe evitarse una visión simplificada ya que es “(…) un proceso largo y complejo en el que intervienen muchos factores de manera simultánea” (p. 28).  Por consiguiente, es una tarea que no puede llevar sobre los hombros, solamente el gestor educativo, sino más bien, puede resultar de una idea sencilla, de una visión futurista, de una incógnita acerca de un problema, de una innovación, entre otros.

Todas las instituciones educativas requieren cambios para mejorar, ninguna escuela o colegio ha llegado a lo máximo, a la excelencia total ni a las calidades óptimas.  Todos los que conforman el proyecto educativo deben apostar por el mejoramiento continuo, desde el ámbito que les corresponde, tienen que ser partícipes de cualquier proceso que intente mejorar los procesos de enseñanza-aprendizaje, los procesos administrativos, los valores institucionales, el clima organizacional, los resultados de las pruebas estandarizadas, la relación entre el padre de familia y la escuela y muchos otros procesos propios de los centros de enseñanza.

Referencia bibliográfica:

    • Elmore, R.F. (2000). Building a new structure for school leadership. Washington: Albert Shanker Institute. http://www.shankerinstitute.org
    • Fullan, Michael, El significado del cambio educativo: un cuarto de siglo de aprendizaje. Profesorado. Revista de Currículum y Formación de Profesorado [en linea] 2002, 6 [Fecha de consulta: 2 de marzo de 2019] Disponible en:<http://www.redalyc.org/articulo.oa?id=56751267002> ISSN 1138-414X
    • Miranda, Enrique, La supervisión escolar y el cambio educativo. Un modelo de supervisión para la transformación, desarrollo y mejora de los centros. Profesorado. Revista de Currículum y Formación de Profesorado [en linea] 2002, 6 [Fecha de consulta: 2 de marzo de 2019] Disponible en: http://digibug.ugr.es/bitstream/handle/10481/14988/rev61ART5.pdf2002MAESTRIA?sequence=1
    • Murillo, F. y Krichesky, G. (2012).  El proceso de cambio escolar.  Una guía para impulsar y sostener la mejora de las escuelas. REICE. Revista Iberoamericana sobre Calidad, Eficacia y Cambio en Educación 10, (1), pp. 26-42.

Norwin Romero Campos es Educador y Asesor Sección Financiamiento y Coordinación Técnica del Departamento de Especialidades Técnicas en el Ministerio de Educación Pública