Eli Feinzaig.

Durante la tormenta tropical Nate, compartí con todos ustedes una foto de cómo quedó el colegio Yimba Cajc, en el territorio indígena de Rey Curré, completamente bajo el agua. La crecida del río Grande de Térraba fue de tal magnitud, que no solo el colegio quedó cubierto por el agua, sino también, y mucho más importante, 25 familias de esa comunidad lo perdieron prácticamente todo. El agua llegó al nivel del techo de sus casas, o incluso más arriba. Muebles, ropa, enseres, puertas, ventanas, comida… todo desapareció en cuestión de unas horas.

Compartí en facebook las fotos del antes y el después del liceo de Rey Curré generó una enorme reacción, y muchísimo apoyo para los damnificados. Con el aporte de muchas personas, algunos amigos y conocidos de mucho tiempo, otros para mí completamente desconocidos hasta ese momento, nos pusimos a trabajar para convertir ese apoyo virtual en ayuda vital para los habitantes de los barrios de El Bajo y La Plaza de Rey Curré, los más afectados.

En cuestión de una semana lo tuvimos todo listo. En medio de la tragedia, mi amiga Silvia Rojas, residente de El Bajo, se dedicó a levantar un listado de las necesidades más básicas de cada familia, muchas veces sacrificando el tiempo que necesitaba para limpiar y ayudar a reparar su propia casa.

Marta Blanco Cordero ofreció una bodega para recibir donaciones, y ella, junto con Luis Fer SánchezSara MizrahiGuerth Castro, mi esposa Rosalia Waisman y yo, nos pusimos a gestionar las donaciones entre nuestras amistades. Mi cuñada Claudia Silbermann se movió para conseguir ropa y artículos para bebés y niños, que tanta falta hacía. La Dra. Maria GabrielaAlvarado, estando en San Vito al momento de la tormenta, organizó desde allá una recolecta de donaciones, y finalmente pudo visitar Rey Curré el martes 10 de octubre, donde además brindó atención médica básica y nos pasó un informe de la situación en el terreno. El jueves 12 volvió con nosotros a Rey Curré, llevando medicinas para tratar los cuadros gripales que han afectado a buena parte de los damnificados.

Con las generosas donaciones en efectivo compramos 35 colchones en Proursa, donde doña Livia no solo nos los dejó a un excelente precio, sino que nos regaló 35 almohadas para acompañarlos. También compramos 1.250.000 colones de comida, ropa de cama, paños, vajillas, artículos de limpieza y de higiene personal en Pequeño Mundo, y recibimos un descuento de 250.000 colones cortesía de mi amigo Joseph M Joseph. El personal de Pequeño Mundo en Guachipelín nos atendió con gran mística y una sonrisa, a pesar de que por nuestra culpa se tuvieron que quedar una hora después del cierre del almacén.

Lo que inicialmente pensamos sería una caravana de 2 ó 3 pickups, terminó siendo un proyecto bastante más complejo, gracias a la generosidad de decenas de personas que se acercaron a la bodega a dejar ropa, colchones, frazadas, alimentos, artículos de higiene, etc. No los puedo mencionar porque a la mayoría lo hizo anónimamente, con el único afán de ayudar a la gente más afectada por esta tragedia.

Roberto Suarez Castro puso a nuestra disposición un camión para transportar las mercancías, pero se nos llenó con lo recibido en apenas los primeros 3 días. Melany Cojocaro, de Manos al Arte, nos puso en contacto con Ingrid Roldan, y ella con Sergio Fernández Arrieta, quien con menos de 12 horas de preaviso, puso a nuestra disposición su camión para llevar las donaciones que no cupieron en el primero. Sergio llegó a salvarnos la tanda con su hermano Alejandro Fernandez y su sobrina Karla Fernández, y los tres se pegaron una trabajada épica cargando y descargando, además de la ingrata manejada ida y vuelta a Rey Curré.

Finalmente salimos el jueves 12 de octubre con dos camiones y mi pick-up cargados hasta el copete.

Por transparencia, y por respeto a todas las personas que con su generosidad nos obligaron a pensar -y a actuar- más en grande, comparto aquí algunas fotos que tomamos el jueves tanto al cargar los camiones como al entregar la ayuda en nuestro destino. No puedo dejar de mencionar cuánto me conmovió la generosidad de los propios damnificados de Rey Curré, que decidieron reservar parte de lo que les llevamos para entregarlo a otras familias indígenas que viven montaña adentro y que, por la dificultad de llegar hasta donde están, tampoco habían recibido ayuda hasta ahora.

La gratitud palpable en las caras de cada una de las personas que nos recibieron en Rey Curré hicieron que esta fuera una de las experiencias más lindas que he vivido en mucho tiempo. De corazón, mi agradecimiento imperecedero a todas las personas que hicieron esto posible.

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Por La Revista CR

Medio de comunicación digital.