Leonardo Garnier.

“Desde hace miles de años – nos dice el primer fascículo de ‘El libro de la convivencia’ que publica La Nación – las tribus han desconfiado de las tribus vecinas y han considerado peligrosos a los habitantes de tierras lejanas o a los que muestran diferente color de piel o costumbres. Todos aquellos que no pensaban igual o se veían distintos, eran llamados ‘los otros’.” Y, sin embargo – advierte el libro – los otros nos resultan indispensables. La vida no tendría sentido si estuviéramos “completamente solos y dueños del universo. Las bóvedas de los bancos están abiertas y a mi disposición, los almacenes están llenos de productos finísimos y basta con estirar mi mano para tomar lo que yo desee.” Pero entonces, paradójicamente, no podríamos alcanzar la felicidad: “No tengo a nadie con quien compartir lo que tengo. No tengo a nadie con quien hablar. No tengo a nadie a quien amar. Nadie me observa. Para nadie soy ‘el otro’. Difícilmente podré estar seguro de que existo y nada de lo que haga tendrá sentido.” Los otros, ineludiblemente, nos hacen falta.

Pero qué animales complicados somos los humanos, porque los otros no solo nos hacen falta para compartir, para hablar, para amar… sino para elevarnos, para valorarnos y darnos importancia. Y los humanos – como decíamos hace poco – tenemos una trágica tendencia a entender nuestro valor solo en términos relativos: soy en tanto sea más que, mejor que, mayor que, más poderoso que, más respetado que, más rico que, más lindo que, más fuerte que, más temido que, y hasta más querido que… ¿Absurdo? Sí, pero terriblemente humano. Y en ese juego insensato de valorarnos desde y contra los otros es que los dividimos y clasificamos: los cercanos y los lejanos, los parecidos y los distintos, los propios y los ajenos, los amigos y los enemigos… y hasta hacemos clasificaciones dentro de los amigos – los más, los menos amigos; los más importantes, los menos – y dentro de los enemigos. Así intentamos reinar en ese reino dispar buscando… ¿qué? ¿La felicidad, acaso?

Eso solemos creer pero, si así fuera, extraño camino estaríamos siguiendo. Un camino que depende no de los afectos, no del ensanchamiento y profundización del ‘nosotros’, no de haber encontrado con quien compartir, con quien hablar, con quien gozar y amar y ser amados… no, sino un camino de poderes, de prestigios y comparaciones. Un camino de temores: el temor de no superar, de no dominar; el temor de que nos superen y nos dominen. Un camino que, inevitablemente, nos hace tan difícil alegrarnos del triunfo y el bienestar ajeno – que parece disminuirnos, desvalorizarnos – como sufrir realmente con las limitaciones del otro, en las que, disimuladamente, apoyamos nuestra ridícula superioridad. De esas dos formas de necesitar al otro es que surge ese terrible y maravilloso reto de la convivencia: comprender que ‘ser humano’ significa, exactamente, ser otro, ser uno de los otros; comprender, como nos dice el fascículo, que “los otros somos nosotros” y que, por eso mismo, ser ‘buen humano’ significa vivir plenamente el nosotros, el todos nosotros. Y recordar siempre que el mérito de ser buenos humanos radica en que, con facilidad, podemos ser – y solemos ser – no tan buenos, y hasta malos humanos. Cuestión de valores, y de valor.

Leonardo Garnier
Ecadémico, Economista, Ex Ministro de Planificación y  Ministro de Educación en dos Administraciones
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Leonardo Garnier

Por Leonardo Garnier

Doctor en Economía especializado en Economía Política y Desarrollo Económico. Ha sido Ministro de Planificación Nacional y Ministro de Educación. Catedrático e investigador en la Universidad de Costa Rica. Docente en la Universidad Nacional. Fue Asesor Especial del Secretario General de las Naciones Unidas para la Cumbre por la Transformación de la Educación.