Notre Dame frente a sus demonios

El reciente incendio de la catedral de Notre Dame de París sugiere realizar algunas reflexiones que exceden, aún en la urgencia, el mero lamento por la pérdida, afortunadamente parcial, de un gran monumento del pasado.

Quizás lo primero sea considerar la importancia de aquello que ha ardido y de aquello que ha resistido. Se ha recordado que gran parte de lo perdido, en especial la imponente aguja del crucero, eran creaciones modernas y no medievales. El arquitecto y pionero de la restauración Viollet-le-Duc realizó una extensa restauración, que podría decirse rediseño, en la segunda mitad del siglo XIX para otorgarle una aspecto más perfecto de acuerdo a sus ideas.

A la pregunta de si estas intervenciones eran menos o más valiosas debe responderse con matizaciones. Ciertamente formaban parte integral del monumento, habían ayudado no solo a dar forma a su imagen moderna (cuando ya hay fotografía), sino a construir la imagen de la perfecta catedral gótica. Son por tanto integrales a lo que entendemos por Notre Dame.

La aguja en llamas.
Guillaume Levrier, CC BY

Sin embargo, no dejan de ser dudosas desde el punto de vista de la historia de la arquitectura, y podríamos decir que no hubiesen sido reconocidas como propias por parte de los constructores de los siglos XII o XIII. A la hora de intervenir en la reconstrucción deben, por tanto, tomarse decisiones que afecten a estas intervenciones.

Un edificio poco original

Ciertamente, hablar de original en este edificio tiene poco sentido. Pues no solo hay que recordar la intervención de Viollet-le-Duc, sino tanto las distintas restauraciones a lo largo del siglo XX como la propia y larga historia de construcción del edificio.

En el mismo lugar se asentó primero un templo romano, que a continuación se transformó en un templo cristiano, también reformado varias veces. Hacia 1160 se comenzó el templo actual, y en los aproximadamente cien años de construcción incluso el estilo gótico con que se inicia se modifica.

Múltiples actuaciones posteriores transformaron aún más su fábrica, por lo que responder a cuál es, o era, el edificio ‘original’ tiene, en realidad, poco sentido. Nunca hubo, mas allá de la construcción en el imaginario histórico, una Notre Dame perfecta y acabada que, ahora, se haya perdido.

Por otra parte, ya no el propio edificio físico, sino el sentido de Notre Dame ha ido variando con el tiempo, siendo el resultado de las construcciones sociales, políticas e ideológicas de cada momento histórico por el que ha pasado y por los que, inevitablemente, ha sido apropiada. Por ejemplo, nada más lejano, aunque cercano en el tiempo, que el sentido que los revolucionarios de 1789 concedieron a la Catedral como símbolo de (casi) todo aquello que deseaban destruir para construir un nuevo futuro sobre sus cenizas, que la coronación de Napoleón I como Emperador de Francia en 1804, que reinstaura su poder simbólico.

La consagración de Napoleón, por Jacques Louis David, 1808. Museo del Louvre.
Wikipedia

Arte y símbolo

Esta constante resignificación se comprueba ahora mismo, tras el incendio. En los medios se ha divulgado la pronta respuesta de mandatarios de diversos países europeos que lamentan no solo la pérdida artística, sino la fractura de un símbolo para los franceses y aún para toda Europa. Un símbolo que resulta ser de los ideales cristianos de una época, de los idealizados valores de una comunidad medieval o del esfuerzo colectivo que llevó a su dilatada construcción, y que parece necesitar afirmarse para reivindicar el actual proyecto de construcción europea.

Y es que, ¿de quién es Notre Dame, si es que es de alguien? Ya el crítico y moralista británico John Ruskin, contemporáneo de Viollet-le-Duc, sugería que los monumentos no son tanto ‘nuestra’ propiedad, sean en cada momento histórico quienes sean estos ‘nosotros’, como la de, en parte, aquellos que los construyeron y, especialmente, de aquellos que los heredarán.

El patrimonio no es lo que se obtiene sino lo que recibe y, por tanto, no es del todo de uno. En este sentido debería resistirse la tentación de apropiarse Notre Dame como un mero objeto en posesión y pensar en mantenerla, precisamente, para las generaciones futuras, en su compleja riqueza. Es decir, que la urgencia de la restauración no sería tanto una obligación para con el presente, por mucho que el icónico emblema turístico pueda echarse de menos en el cielo parisino, como para con el porvenir.

Una última reflexión. Quisiera recordar la fragilidad de las cosas, que parecemos haber perdido la capacidad de reconocer. Si se confirman las informaciones, el fuego ha sido un mero accidente. El cómo ha sido esto posible, a pesar de toda la seguridad que expertos aparentemente infalibles transmiten, debe ser algo más que un simple recordatorio del necesario y constante cuidado que las obras humanas, y la vida humana en sí misma, precisan.

Reconstrúyase, pues, Notre Dame, pero no se olvide que la condición de todo edificio, de toda obra humana en general, y aun de la propia vida, no es la preservación embalsamada de un origen inexistente, sino la constante apertura a lo que, desconocido, está por venir. Y ello incluye, sí, su desaparición.

The Conversation

José Vela Castillo no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

Publicado originalmente en The Conversation

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