Oda al Héroe del Subdesarrollo

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José Pablo Valverde Coto.

Recientemente asistí a disfrutar la magnífica interpretación, por parte de la Orquesta Filarmónica, de la música del cine. Con un repertorio memorable y en el marco del Teatro Mélico Salazar, la noche de ese sábado pintaba a que iba a ser memorable.

Dada la altísima calidad de la Orquesta, me fue imposible adquirir boletos en otra locación que no fuera la Galería del cuarto piso. ¡En cuestión de horas todas las localidades estaban agostadas! Aunque algo decepcionado por no haber conseguido una mejor localidad, internamente me entusiasmaba ver que el costarricense tuviera tal interés por una actividad de tal envergadura.

De este modo, a sabiendas de que tendría que hacer fila, el sábado me presté a llegar un poco más temprano de lo habitual a San José y a estacionar mi vehículo en un parqueo aledaño a Cuesta de Moras.

Eran las seis y treinta de la tarde, el cielo estaba despejado y se podía sentir una brisa fresca en la capital. Hice mis apuestas y decidí no traer conmigo el paraguas que siempre cargo en mi vehículo.

Dispuesto a disfrutar de una breve caminata por la Avenida Central me enrumbé hacia el Teatro Melico Salazar. Una parte de mí se esforzaba por apreciar la vida capitalina, con la refinada estructura del majestuoso Teatro Nacional, y el interesante y llamativo mural en la fachada del Hotel Presidente. Nada mejor que un sábado con una dosis de cultura, pensé para mis adentros. Sin embargo, mi otra mitad no podía hacerse de la vista gorda con la basura, y los grafitis que no dieron tregua ni si quiera al polémico “SJO ¡Vive!” ubicado a un costado del Teatro Nacional.

Continué mi camino mientras mi mente discutía enardecidamente consigo misma, y al llegar a la entrada del Melico Salazar, observé con asombro que solamente había unas 10 personas haciendo fila, por lo que decidí caminar 25 metros más hacia el oeste en busca de un café. A pesar del buen sabor de mi taza de café, el fétido olor que emanaba de la acera en el trayecto me hizo cuestionarme si realmente había valido la pena. Mi autoreproche escaló al ver que ahora la fila no era de 10 personas sino de unas 25 a 30 personas.

Resignado, y ahora con unas cuantas gotas que caían del cielo y amenazaban a varios entusiastas que hacían fila mientras exhibían con orgullo sus camisas de la Guerra de las Galaxias o Viaje a las Estrellas, me recosté contra la estructura del Teatro y esperé.

Mientras aguardaba, fue inevitable no observar como varios autos se estacionaban justo al frente del inmueble. Un “guachiman” con chaleco reflector y conos dirigía orquesta y me hacía dudar si el repertorio musical ya había iniciado. Gentes de todas las edades y géneros parqueaban y se bajaban elegantemente al mismo tiempo que invadían un carril completo de la Avenida Segunda y violentaban, el ya de por sí, abarrotado espacio vial disponible.

Justo cuando yo me preguntaba en dónde estaba la Policía de Tránsito, y si esta era la cultura “refinada” del costarricense, que estacionaba en donde mejor le pareciera sin importar afectación a terceros; las puertas del Teatro se abrieron y procedimos a subir en fila, y como gente civilizada, al cuarto piso. ¡Al menos las filas sí se respetan!, pensé.

Luego de esperar 15 minutos más en una fila que se asemejaba a una serpiente tomando un baño de sol, con su cuerpo estrujado y en zigzag, una joven de temprana edad dio el banderazo de salida al abrir la puerta hacia la parte interna del Teatro. La línea comenzó a avanzar y todo transcurría con normalidad hasta que la serpiente, de su propia voluntad, decidió separarse. ¡El animal ahora tenía dos cabezas!

La recién nacida serpiente, cobró vida gracias a uno de esos héroes urbanos costarricenses que reciben más dinero en su vuelto y lo esconden, que rayan por la derecha en el espaldón y toman primer lugar en la hilera de autos, gracias a un derecho divino otorgado al nacer. Uno de esos “vivos” que sabiendo que no le han cobrado por el segundo café en su factura se queda callado y celebra en su interior.

Este héroe de mitología que golpea un auto en un parqueo y se da a la fuga, tuvo la “suspicacia” de aprovecharse de la joven funcionaria, y haciendo uso del pliegue de la serpiente más cercano a la puerta de ingreso, le extendió su tiquete a la joven y ésta muy ingenuamente lo dejó pasar.

Su “ingenio” no tardó en adoptar un cúmulo de seguidores, y en un santiamén la joven se encontraba recibiendo entradas provenientes de dos filas. Con asombro y malestar, al llegar a la puerta le indiqué a la joven que había una única fila y que ésta era la del costado izquierdo. Al ver que quizás la llave de paso estaba por cerrarse una señora entrada en edad le dio su tiquete intempestivamente a la joven y apresuró a su esposo e hija de mediana edad a ingresar. La serpiente había vuelto a tener una única cabeza, pero el daño ya estaba hecho.

Al dirigirme a un espacio de los que aún estaban disponibles, observé al caballero que había “aprovechado” la última ventana de oportunidad y le dije: “Muy mal hecho”. Él lucía apenado, pero curiosamente su hija saltó al rescate y en tono confrontativo me dijo: “no me lo regañe, él no fue el primero”. Ahora, de repente, la trama de la película había dado un giro inesperado y yo era el malo de la historia. El villano que hacía frente a uno de los 10 o 15 héroes que habían sido “vivos” y habían sabido aprovechar la “oportunidad”, estaba completamente fuera de lugar.

Brevemente argumenté: “tan culpable es el primero en meter la mano a un bolsillo ajeno, como el último”, sin embargo, mi línea de argumentación parecía ser frágil ante un “valor” con raíces muy profundas en la “cultura” que se esbozaba en ese instante.

Descansé mi caso aludiendo qué si él sabía que estaba haciendo algo malo, debió de haberle puesto fin al acto. Me retiré, mientras se hacía cada vez más notorio que bajo las reglas del “héroe costarricense” mi argumento había sido aniquilado y carecía totalmente de cualquier validez.

Aunque algo defraudado por lo sucedido, la impecable ejecución de la Filarmónica logró elevar mi espíritu. Casi había olvidado ya el altercado cuando de repente anunciaron, antes de iniciar la segunda parte del concierto, que oficiales de tránsito se encontraban bajando placas de los autos estacionados al frente del inmueble. Desde lo alto de la Galería, en el cuarto piso, alcancé a observar como una cantidad significativa de asistentes, que habían hecho elegante ingreso hacía una hora, corrían algo desencajados hacia las salidas.

El concierto volvió a reiniciar y me fue imposible no reflexionar y comparar instintivamente la ocasión en que asistí a la Casa de la Ópera en Zúrich a disfrutar de la puesta en escena de Pagliacci. Al contrastar las situaciones previas a disfrutar de ambos espectáculos me era difícil no preguntarme si realmente merecemos el título de Suiza Centroamericana o si éste es solamente un imaginario en donde vive el héroe costarricense. Un héroe admirado por su ingenio y perspicacia. Un héroe egoísta y oportunista, vigilante siempre de la más mínima oportunidad para sacar provecho de los demás.

José Pablo Valverde Coto
Periodista y administrador de empresas

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