Olga Goldenberg Guevara.

Poemas del libro “Sombra que soy

 

Yo pez

 

Soy el cristal que fluye con el río.

Soy la gota que va contracorriente.

Yo soy de agua.

Soy ese pez que mira de costado

al pez que sube,

que mira de costado

al pez que baja.

Yo soy el pez caído del estanque,

como el ángel

el día que lo pescaron

en pecado.

 

Lilith

 

Noche a noche me saco las costillas,

las acomodo en fila,

las dejo reposar sobre las sábanas.

Analizo su blancura de cal,

su calidad flexible y resistente.

Celebro el amoroso abrigo

que dan a mis pulmones,

el soporte que dieron a mis senos,

la erguida simetría y proporción que guardan

pese al pasar y al peso de los años.

Infatigablemente andando mis caminos

ninguna se extravió.

Ninguna alimentó el falaz,

el quimérico encanto de la transmutación.

Ninguna jugó el juego delirante

de pretender estar fuera de mí conmigo

—herido mi costado—

en las complicidades de furtivos abrazos

y el tiritar de madrugadas húmedas.

Cada noche las cuento de una en una.

Están todas completas.

En su jardín

Adán nada en la sombra.

Nada encuentra.

 

 

 

Preñez

 

Agazapadas,

merodeamos hambrientas

sin encontrar la fruta.

Un móvil crucigrama

nos propone acertijos,

números y palabras

inconformes, revueltas,

cálculos entrampados

logros resbaladizos.

Hasta que finalmente

en rebeldía abierta,

desvisten los candados

sus pudores estrechos,

viajamos transgresoras

por caminos ilícitos

marcados en un mapa

titilante de estrellas,

soltamos los anclajes de iracundia,

nos limpiamos la boca

de caprichos tortuosos.

Cada una decide cuatro Nortes

Nos concebimos

preñadas de sentido,

en gestación sin término.

Vamos pariendo,

cada quien de si misma,

una nueva mujer.

Aferramos la decisión consciente

de pronunciar el vuelo.

Entonces deletreamos

el oficio  innombrable del amor.

 

Probadas

 

Quienes fuimos traídas y puestas en tutela,

erigidas guardianas

de nuestros propias cárceles,

cercadas,

“desnegadas” del ser por treinta siglos,

treinta lúgubres túneles,

treinta laberintos,

treinta pesadas losas catacumbas,

treinta mil cerraduras

engarzadas en la única puerta del milagro

del cuerpo que nos fuera expropiado.

Quienes fuimos tentadas por encuentros furtivos

y acudimos

—aunque dejáramos prendida el alma en los aleros—

a los desdoblamientos y las máscaras,

al flujo de las metamorfosis,

al azaroso devenir,

transformadas de ingrávidas libélulas

o garzas de majestuoso andar,

en letárgicas boas,

fugaces lagartijas, grillos saltarines,

vacas nutricias,

apacibles ballenas de ojos soñolientos,

lentas jorobas, dilatados vientres

y ajenos horizontes migratorios

coronados por altos surtidores de sal.

Quienes empecinadamente renacidas

achicamos las aguas del naufragio

hasta abrazar azul el horizonte,

elevar papalotes, la palabra, la voz

y atrapar los demonios de las sombras

con la punta de un lápiz.

Quienes sin indagar respuestas

de incógnitos espejos,

brujas madrastras de lo cotidiano,

podemos inventar nuevos ensalmos

de alasvuelocolor multiplicadas,

y expertas en sostener el punto

discurrimos la edad

y sus anillos deslumbrantes,

ya no estamos a prueba.

hasta abrazar azul el horizonte,

elevar papalotes, la palabra, la voz

y atrapar los demonios de las sombras

con la punta de un lápiz.

Quienes sin indagar respuestas

de incógnitos espejos,

brujas madrastras de lo cotidiano,

podemos inventar nuevos ensalmos

de alasvuelocolor multiplicadas,

y expertas en sostener el punto

discurrimos la edad

y sus anillos deslumbrantes,

ya no estamos a prueba.