Orlando García: La Cosa

En cuanto a fea solo vean en la Internet las imágenes de los edificios legislativos de todos los países vecinos y de los del mundo en general para que coloquen a éste al lado y le den su calificación personal.

Orlando García Valverde, Traductor-Intérprete Oficial.   

Venía recientemente desde el este por la Estación del Atlántico y vi esto que de inmediato me sugirió una película de terror típica jolibudense (de Hollywood) y que al mismo tiempo me sugirió este cartel que hice para dejar constancia de la sensación que me causó.

Estaba esta cosa al sur del Parque Nacional, y era algo que realmente sobresalía de todo lo que había a su alrededor:  hacía sentir insignificante a la ciudad misma, al Parque, al paisaje, a las montañas en el fondo y a las nubes en lo alto.  Realmente captó toda mi atención y pensé que tenía que ser el decorado de una película.  Poco a poco fui corroborando que era eso:  la película de terror del nuevo edificio de la Asamblea Legislativa.  Y con toda honestidad sin ánimo de satirizar al respecto, me atemorizó;  me erizó por muchas razones asociadas con esa cosa.

Decidí de ese momento en adelante llamarle “la cosa”.  Conforme más va acercándose uno a ella más va encontrando que es desproporcionadamente prominente, impositiva, amenazante, difícil de describir por sus características y sencillamente fea.  Y cuanto más nos acercamos más tenemos que ir echando la cabeza hacia atrás para poder ver desde qué altura nos está viendo ella y cuánto más alta es que todas las demás cosas alrededor.  En ese momento me pregunto también qué estarán pensando las esferas de piedra (ahora tan minimizadas dentro de tal mole) que algunos decisores se tomaron el gran trabajo de trasplantar de su sitio propio a éste y qué estarían pensando sus creadores ante la escabrosa historia de todo ese proyecto;  es decir, si considerarían ese un lugar digno para sus esféricas creaciones ahora metidas en un cuadrángulo y fuera de su elemento.

Todo esto a mi modo de ver, claro, que es el de un simple ciudadano sin representante político en la Asamblea ya que no somos los ciudadanos quienes escogemos y elegimos a los diputados y menos si no pertenecemos a ningún partido político y menos aún si no somos los acaudalados que pueden formar un partido político para imponer diputados que van en su precocida papeleta presidencial.  A quien dude de esto pregunto:  ¿Ha escogido alguna vez su comunidad, su barrio, su localidad a SU candidato a diputado? ¿Ha votado usted o cualquier costarricense por un candidato a diputado alguna vez en la historia del país? ¿Conoce alguien al diputado que represente a la Ciudadela Calderón Muñoz, a Barrio Vasconia, a Barrio Luján, a Barrio El Pacífico, a Barrio La Cruz o a Paso Ancho porque es de alguno de esos sitios y está allí porque lo quiere, lo conoce , lo defiende y lo representa?

En cuanto a fea solo vean en la Internet las imágenes de los edificios legislativos de todos los países vecinos y de los del mundo en general para que coloquen a éste al lado y le den su calificación personal.  Sugiero no omitir Rusia, Estados Unidos de América, Argentina, Brasil ni los del Caribe.

Yo culpo a todos aquellos con cuyo concurso y por cuya firma se consolidó este proyecto que según lo escuchado y lo leído es un gran pecado contra los intereses económicos y morales del pueblo y les vaticino un cargo de conciencia y unas consecuencias que ya no podrán erradicar de sus existencias por el resto de sus vidas, a menos que…no sé.  Y vaticino que tarde o temprano terminarán mudándose a otras instalaciones.

Desde hace años en que comenzaron a publicarse las irregularidades que rodean esta obra sentí y decidí que estaba condenada y que cosas malas iban a ocurrir allí dentro como resultado de los crímenes sociales cometidos en su realización;  incluso sentí que nunca iba a acabarse y a estar listo para el traslado del cuerpo legislativo a esa sede.  Allí me vino a la mente causándome algo extraño lo que dice la tradición sobre la Iglesia de Santiago Apóstol en Cartago (“las ruinas de Cartago”), edificación cuya construcción fue descontinuada tras los destrozos ocasionados por el terremoto de 1910 (lo cual no era razón de ingeniería para no poder continuarse), pero en el sentir del pueblo por haber cometido un sacerdote allí, en el altar mayor, el asesinato de su hermano en disputa por una mujer.  Todas las desgracias ocurren por todas las razones relacionadas con ellas;  no sólo por la razón que consignan en la historia oficial los detentores del poder.  Los pueblos saben y sienten mejor que quienes los gobiernan.

Ahora, colocar en ese sitio una nueva edificación como sede de la Asamblea Legislativa me parece una insensatez.  Es una masa que rompe la armonía del conjunto de este antiguo barrio de la vieja San José, está en medio de una cuesta, entre calles estrechas de un solo sentido, junto a unos establecimientos comerciales y un supermercado, en un sector de altísimo tránsito vehicular,  no tiene grandes y hermosos jardines alrededor ni elegantes escalinatas para los recibimientos protocolares de dignatarios extranjeros y locales y para las ceremonias públicas locales, ni amplios accesos para las limusinas como sería lógico tener en el primer poder de la república.  Para muchos es un obstáculo que les impide ver parte del paisaje en el fondo y que parece un pedazo del Muro de Berlín, una planta industrial o un almacén de materiales;  mucho más irónico aún:  es mucho más bonito que esta cosa el viejo cuartel militar de este país antimilitarista que está en este vecindario con todo y las marcas de impactos de balas que muestra, que tienen un significado histórico y que es actualmente el Museo Nacional;  será porque el sentido estético de los generales de entonces era superior al de los diputados actuales…

Pienso mucho en el tumulto que puede armarse en el caso de una emergencia mayor entre el cúmulo de vehículos ya en la calle, la masa de peatones corriendo en todos los sentidos, los ascensores repletos para arriba y para abajo desde el piso 17 hasta el sótano 4 suponiéndose que no se hayan averiado o que no habrá habido fallas de electricidad, la saturación de las escaleras, la evacuación de visitantes y personas discapacitadas y el desplazamiento simultáneo de todos los vehículos de los que ahí trabajan.

Me parece sumamente grave que no se haya hecho estudio del impacto ambiental que habría de tener la edificación y que hay indicios de que afecta el acuífero Colima Superior de vital importancia para la capital, según algunas fuentes.  También pienso en el efecto psicológico que tendrá en el personal en el largo plazo verse cotidianamente metido en un cajón sin vista a la calle como para ver qué está ocurriendo fuera;  esto me parece tenebroso en un país tropical de luz y de bellos parajes naturales que circundan el Valle Central que son parte de nuestra constitución emocional y que podemos apreciar con solo levantar la vista en cualquier dirección.  No sé cuánto nos costará el aire acondicionado y la luz artificial en las cuatro plantas subterráneas, incluso en las que reciben algo de iluminación y aire del patio, pero también en todos los pisos y el bombeo de las aguas residuales y negras hacia el sistema sanitario, pero ha de ser muchísimo dinero.  ¡Qué tontería! me sigo diciendo, además de todo lo anterior:  que pudiendo haber escogido el mejor sitio del edificio, el más majestuoso y claro, el que tuviese la mejor vista –hacia fuera, naturalmente- se decidiera instalar su salón de sesiones plenarias en el último sótano, para mí algo claustrofóbico;  algo normal para un topo pero funesto para las criaturas de la luz, el aire y la libertad.

No estaría mal, para garantizar que los futuros diputados puedan mantener su cordura, su integridad y su estabilidad emocional en el nuevo encierro y bajo la presión que imponen los asuntos legislativos, que reciban algo del entrenamiento que se da a los tripulantes de los submarinos.

 

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