Orlando Guerrero Vargas, Ciudadano en ejercicio.

Nuestro país empezó a entender sus fortalezas turísticas y su potencial, hace casi medio siglo, al comenzar a recibir flujos de extranjeros con cierta sostenibilidad.

Cuando se empezó a crear el sistema de parques nacionales y cada presidente le fue agregando sus cosechas propias, orientadas a la atracción de los valores que intrínsecamente significa, la conservación de alrededor de una cuarta parte del territorio nacional.

El gran vis, quien agregó la suya y la isla del Coco pasó a engrosar la lista. Pero el inicio de la monetización de nuestras fortalezas lo hace el Presidente Luis Alberto Monge Álvarez, quien le encuentra sentido ambiental y comercial.

La creación y promulgación de la Ley 6990, promovida por una sólida base de 32 legisladores propios y 18 del principal partido de oposición, logra una ley sin precedentes al final de su administración (1986). Esa ley y la decisión de priorizar el turismo en los gobiernos subsiguientes, hicieron de este, un rumbo nacional.

Se estima que el Gobierno central “sacrificó” de sus ingresos US$400 millones de dólares en esta tarea. Estudios posteriores, demostraron que la retribución fue de cinco veces por cada dólar invertido.

A partir de ese momento, el país empezó a dejar de ser un mundo exclusivamente agrícola y se dedicaría a acoplarse a la industria de servicios y recreación. Aprendimos a valorar nuestra belleza escénica, nuestros parques y las bondades del entorno. No es casualidad que nuestros mejores hoteles están fuera de la ciudad. Nos especializamos paulatinamente en el turismo de aventura y logramos pasar de 1986 a 2019 de 200 mil a más de tres millones de turistas. Pasamos de una estadía de cuatro días a una de doce días, cifras sumamente significativas del crecimiento y sobretodo de la aceptación de nuestra oferta turística.

Pero ahí, es donde el tema se volvió más interesante, la lluvia de oportunidades hizo florecer centenares de empresarios y de sus emprendimientos, provocó la catarsis, provocó, una ola de entusiasmo que animó a miles de ticos a mirar con amor el atractivo panorama económico que teníamos enfrente.

Pasamos de tener menos de 500 habitaciones Doble A, a tener más de seis mil habitaciones clase A+, todo en menos de tres décadas. Ni que decir de los sectores conexos, de las aerolíneas y sus frecuencias de vuelo a Norteamérica, a Europa y a Asia.  Todo se expandió a niveles inimaginables en cuestión de un par de décadas, obligándonos a profesionalizarnos y desarrollar habilidades dentro de los mejores estándares.

La industria turística es sin duda la que mejor democratiza la economía, generando cientos de encadenamientos. En la práctica y en los mejores tiempos, se convierte en el mayor empleador, el mayor generador de divisas reales, el mayor pagador de cargas sociales, el que más distribuye personal, a todo nivel y en todo el país y paga la mayor planilla de la historia.

Hoy sin embargo, el sector está en una encrucijada difícil e impredecible. Las familias han empezado a sufrir una desinversión indeseada, improductiva y sobre todo irreversible. Miles de puestos de trabajo han desaparecido, costosa infraestructura permanece ociosa e inversiones conexas se mantienen en una pausa incierta.

Esto sin embargo en la actualidad es entendible pero indeseable a la vez, y nos lleva a sugerir preguntas como:

  • ¿Qué hacer en esta situación tan incoherente con los años de prosperidad previos?
  • ¿Cómo solventamos este difícil trance?
  • ¿Cómo logramos entendimiento?
  • ¿Qué medidas a lo interno podrían solventar la crisis?
  • ¿Hasta cuando perdurarán los efectos de la pandemia?

Inicialmente, hay que volver los ojos a las formas y leyes que nos hicieron crecer en prosperidad y aunque las condiciones externas sean ajenas, es momento de recapacitar sobre lo actuado.

Los tiempos han cambiado por un virus que ha dejado destrucción de valor por todos los sectores. Esto a su vez, lleva al decrecimiento y a un pesimismo. La tormenta perfecta.

Mi propuesta no es compleja, pero si es radicalmente agresiva:

  • Deben terminarse los trámites incómodos, lentos y tóxicos.
  • Debe revisarse los plazos de duración de los trámites para entrar al negocio.
  • Debe homologarse el sistema de Zonas Francas a los hoteles.
  • Debe conseguirse apoyo con leyes que den certeza real. Que haya claridad entre lo que se ofrece y lo que se quiere lograr.

La ley original hizo crecer a los pocos que puedan sobrellevar la adversa situación actual, para que las empresas a todo nivel no se hundan. Debemos promover un abanico de posibilidades que solventen la inestabilidad del sector privado.

Debemos volver a superar nuestras propias debilidades post pandemia, estamos en un prometedor sector económico que no se puede doblegar.

Tenemos la capacidad de volver a programar una serie de medidas para volver a activar el sector. No obstante la pandemia y sus consecuencias han reconfigurado la oferta disponible y la disposición del ciudadano hacia los servicios que antes tenía disponibles.

Los hoteles tienen menos servicios disponibles. Los horarios de bares y restaurantes son limitados, la capacidad de los locales ha sido reducida a la mitad y los precios no están estables. Los precios de los arrendamientos continúan subiendo y la desocupación sigue presente.

Hay ausencia de una política clara, estable, consensuada y realista ante la emergencia sanitaria y la estabilidad de la economía como un todo. Lo que tenemos son más ocurrencias y contradicciones que certezas.

En lo positivo, los viajes familiares y de pareja, superan los grupales e individuales. Los viajes de aventura y naturaleza (especialidad de Costa Rica) siguen incólumes. Los cruceros se acercan vertiginosamente a una normalización. Las aerolíneas han aumentado sus frecuencias de viajes al país.

Pareciera que el sendero de la nueva normalidad es ancho y de buen trazo. De ahí la importancia, de que el Estado no estorbe con restricciones en su recuperación y más bien trabaje en incentivos específicos para desahogar las dificultades presentes.

Creemos en incentivos de segunda generación. Creemos en beneficiar y aliviar a los que lograron resistir la crisis y aún se mantienen de pie. Creemos en modernizar los apoyos al segmento de Alimentos y Bebidas. Creemos en fortalecer la resistencia de los pequeños y medianos alojamientos (menos de cien habitaciones) y estamos conscientes de que los grandes necesitan condiciones para sobrevivir.

La crisis que afecta a todo el mundo y en el caso de nuestro país es una oportunidad para plantear apoyos a todo nivel, no para el oportunismo político ni clientelista.

Costa Rica ya acumula 200 años de independencia y debe tener la madurez política, para afrontar crisis inesperadas y también para sacar la tarea y lograr que todos sus habitantes gocen de sus derechos sociales y económicos básicos.