Ortega-Murillo, una dictadura a todas luces que no nos podemos permitir los centroamericanos

Es necesario encontrar una salida que sea democrática, que no lleve al pueblo nicaragüense y centroamericano a sufrir penas similares a las pasadas, de eso hemos tenido ya suficiente. El alcanzar una solución aceptable para Nicaragua será clave el apoyo y coordinación internacional, con un fuerte protagonismos de las naciones centroamericanas, con medidas firmes, que vayan más allá a los simples comunicados.

0

Desde Nicaragua.

A pocos días de cumplirse 42 años del triunfo de la revolución popular sandinista en Nicaragua, alcanzado por ese otrora movimiento popular, multifacético, fuertemente urbano, integrador de estudiantes, de vanguardias, de excluidos, de poetas e inclusos de diplomáticos, y que costo tantos miles de vidas para lograrla alcanzarla y luego defenderla… de eso hoy no queda nada. Si el triunfo de la revolución fue para muchas familias un apaciguamiento del luto por los suyos muertos en combates, el despropósito del FSLN de Ortega y su esposa es hoy una reapertura de heridas y hasta una invalidación del sacrificio realizado.

En los últimos años hemos sido testigos de la caída de máscara de un régimen del que los más conservadores desconfiaron desde el inicio, pues señalaban que Daniel Ortega y su partido no habían dejado atrás los errores del pasado, y que, por el contrario, solo saldría del poder “a balas”.

Hoy, luego de centenares de muertos y miles de refugiados, el régimen ya no se preocupa por fingir ser diferente, ser de “reconciliación y unidad nacional”. El matrimonio entre criollo y rancio empresariado nicaragüense y el régimen está roto –o eso creemos-. El acuerdo tácito y nefasto entre Ortega y el infame Cardenal Miguel Obando –fallecido en 2018-, está roto por decisión mayoritaria de la Conferencia Episcopal. La excusa de ser un muro contra el narcotráfico -también falso por cuanto Nicaragua paradójicamente decomisa menos que Costa Rica y Honduras- también se ha caído y hoy Estados Unidos presiona al régimen, pese a que el riesgo de ayer y que se mantiene hoy es que, si sale Ortega, ese vacío de poder quizás sea difícil de llenar por una oposición desunida y desorganizada.

Hoy el régimen tiene pocas cartas a su favor para mantenerse en el poder. Tan solo les queda el hacer de Nicaragua una amenaza migratoria para el resto de países de la región, especialmente Costa Rica, Estados Unidos, Panamá o España, incluso; apostar a la pasividad de la comunidad internacional para mantenerse en el poder; o transformar a los presos políticos que desde hace meses lleva acumulando por decenas en distintas cárceles del país, para negociar un canje, que todo apunta a una rebaja de las sanciones antes que aceptar a competir en elecciones libres, transparentes y competitivas.

La situación en Nicaragua se ha venido deteriorando año con año, mes con mes, día con día. En un régimen personalista, dictatorial y absolutista que ya no se esfuerza por aparentar ser democrático, esto resulta ser un elemento de extrema preocupación, por la posibilidad de que el régimen finalmente haya decidido o se haya convencido de que puede mantenerse, aun convirtiendo al país en un Estado relegado por la comunidad internacional.

Quiero enfatizar esto: es de extrema preocupación que el régimen desista de mantener su actuación de gobierno democrático, pues, aunque la democracia real no puede ser mimetizada como lo ha hecho el gobierno Ortega-Murillo, en sus intentos de mantener cierto performance existe una mayor probabilidad de que la dictadura se vea en la necesidad de aceptar un proceso de diálogo, por el simple hecho de ser coherente –no con la democracia- con su actuación.

Lo que hemos venido viendo en los últimos meses, y de lo que la respuesta de la cancillería nicaragüense a la española (del sábado 26 de junio) es un excelente ejemplo es que el régimen pareciera que está desistiendo de su idea de poder recuperar la imagen previa que tenía antes de abril de 2018 y con ello recuperar cierta legitimidad. Por el contrario, lo que vemos en el comunicado de la cancillería nicaragüense, que para todas y todos es claro que fue redacción de Rosario Murillo por el lenguaje soez que pocas veces deja ver en público, pero del que es bien sabido que utiliza en reuniones con funcionarios públicos, es que el régimen bicéfalo, que ella y su esposo controlan, está tensando las cuerdas e incluso parecieran mostrar el deseo de quemar los puentes, aunque eso suponga la suspensión de acuerdos de libre comercio con Europa y Estados Unidos y sea el golpe de gracia que la economía nicaragüense necesita para retroceder a niveles de desempleo y pobreza de hace varios años atrás.

Con el golpe de gracia a la economía, los niveles de emigración del vecino país se dispararían, pues recordemos que los nicaragüenses vivieron su mayor ola emigratoria en los años noventa, con la crisis económica que momentáneamente agudizó los ajustes estructurales a los que el gobierno de entonces tuvo que someter el país para sanear su economía. Ni el terremoto, ni la guerra en los setenta, ni la nefasta intervención estadounidense-soviética en los ochenta llevaron a tantísimos nicaragüenses a abandonar el país como la crisis económica de los noventa. Esto es algo que en Centroamérica, Estados Unidos y el mundo debemos tener presente.

A cinco meses de los comicios generales en Nicaragua, la mejor opción que existe para alcanzar una transición y transmisión ordenada del poder son unas elecciones libres, competitivas y transparentes, lo cual hoy aparenta ser un barco condenado totalmente al fracaso. A los más de cien presos políticos que el régimen ya tenía, en los últimos días ha agregado a una veintena más, entre ellos los principales candidatos opositores que tenían como última esperanza la casilla del partido Ciudadanos por la Libertad, luego de que poder electoral nicaragüense hubiese quitador la personería jurídica al Partido Restauración Democrática donde estaban aglutinándose los opositores. Para encarcelar, actualmente el régimen está excusándose en la aplicación de la ley 1055 (Ley Defensa de los Derechos del Pueblo a la Independencia, soberanía y autodeterminación para la paz), con la que acusa a opositores de traición, conspiración, sedición, etc. Y, junto a la modificación del código procesal, se ingresa en prisión preventiva hasta por 90 días a los acusados.

Nicaragua no puede convertirse en otra Venezuela. La comunidad internacional ha fracasado miserablemente, por incompetencia y poca decidía, permitiendo al régimen criminal de Maduro llevar a Venezuela a una situación sumamente dramática.

Es necesario encontrar una salida que sea democrática, que no lleve al pueblo nicaragüense y centroamericano a sufrir penas similares a las pasadas, de eso hemos tenido ya suficiente. El alcanzar una solución aceptable para Nicaragua será clave el apoyo y coordinación internacional, con un fuerte protagonismos de las naciones centroamericanas, con medidas firmes, que vayan más allá a los simples comunicados.

No nos podemos permitir que el régimen Ortega-Murillo condene a Nicaragua al naufragio. No podemos permitir que la dictadura familiar queme los puentes y opciones de diálogo y negociación. El encontrar una solución al conflicto nicaragüense es urgente.

 

COVID-19
Suscribase COVID-19

También podría gustarte Más del autor

Comentarios

Cargando...
La Revista es un medio de opinión libre y gratuito, pero necesitamos su apoyo, para poder continuar siéndolo Apóyanos aquí
Holler Box