Óscar Aguilar Bulgarelli.
14 de setiembre del 2026.
Amada Patria mía:
Hoy te escribo esta carta sin muchas formalidades, porque se la dirijo a una amiga que me enseñaron a querer y amar desde la cuna, y también a lo largo de mi formación en las instituciones que creaste para nosotros, los costarricenses.
Sin embargo, hemos olvidado tu rica herencia y el patrimonio que nos has legado, gracias al trabajo tesonero de millones de hijos de esta tierra durante centenares de años.
Hoy, amada Patria, vengo a confesarte algo muy triste: te hemos traicionado todos, ya sea por omisión o por acción. Sí, olvidamos tu herencia y, en los tiempos que vivimos, aunque parezca increíble, algunos hasta reniegan de ella.
Nuestra tradicional manera de ser, tranquila y respetuosa, fue forjada a golpe de pala, pico y azadón, bajo el sol y la lluvia de nuestros campos, por campesinos de manos endurecidas por el trabajo, pero de alma noble y limpia como la tierra y sus frutos. Esa manera de ser ha cambiado.
Hoy, nuestro agro ya no representa un porcentaje importante del producto interno bruto, pues su participación ha caído a tan solo un 3,3 %. Además, el porcentaje del área cultivada se ha reducido de un 30 % a un 20 %, especialmente durante los últimos años.
Si estamos perdiendo el fruto de la tierra que nos heredaste, más grave todavía es que también se nos extravió el espíritu que forjaron aquellas manos.
Empecemos por el costarricense amable, de trato afable y cortés, que hizo fama; aquel que medía sus palabras para no llegar al agravio y creía que «cada quien en su casa y Dios en la de todos».
No se trataba de una actitud egoísta, sino de una fórmula para vivir respetuosamente y en paz, pero siempre dispuesto a ofrecer ayuda a quien la necesitara, especialmente cuando el país tocaba a rebato. Ahí estaba el costarricense, presto a luchar por vos, querida Patria. Tu historia es rica en ejemplos.
Lamentablemente, hoy te traicionan vilmente quienes han cambiado tu defensa por la protección de sus intereses creados, especialmente aquellos que se han enriquecido con los tratados de libre comercio o con el narcotráfico.
Ellos exhiben sus despampanantes fortunas en vehículos de «alta gama» o en multimillonarias mansiones, distribuidas por todo el país, bien escondidas y resguardadas detrás de altos muros y oficiales de seguridad privada. Allí se ocultan para no ver la otra Costa Rica que existe fuera de ellas: las villas de miseria de un país que pasó de mostrar con orgullo su equilibrio y movilidad social a tener que ocultar que se convirtió en uno de los más desiguales del mundo.
Sí, Patria, ¡cómo te hemos traicionado!
Ahora atentan contra las instituciones del Estado social de derecho que nos heredaste. Arropados en campañas periodísticas y publicitarias, utilizan los medios de comunicación tradicionales y las redes sociales, con sus entramados de bots y troles. Además, compran a los vendepatrias que tienen su precio para lavar el cerebro de tu pueblo.
Han llenado el ambiente de informaciones falsas o tergiversadas mediante el uso de la posverdad; en síntesis, presentan descaradamente las mentiras y la desinformación como si fueran verdaderas, para propagar su vulgar engaño.
Por esa vía han logrado que el costarricense, desinformado y mal formado, les crea y se trague su cuento.
Así, Patria, poco a poco han eliminado derechos sociales fundamentales y van por más. Están destruyendo la Caja ante los ojos de los directamente afectados, sin que exista una reacción popular. Atentan contra la educación y las universidades, pero nadie sale en su defensa.
Ahora tratan de privatizar la distribución de la energía eléctrica para asestar un doble golpe: a la institución y al bolsillo del pueblo. Sin embargo, pocos defienden al ICE.
¿Y qué podemos decir de la agricultura, abandonada, sin apoyo y sometida a la competencia desleal proveniente del exterior? La vemos languidecer y morir lentamente, en medio del grito desesperado del campesino que contempla su ruina, mientras el Poder Ejecutivo se burla abiertamente de ellos.
Así, Patria, podríamos continuar enumerando la larga lista de la destrucción institucional de nuestro país. Pero, antes de terminar, hablemos un poco de la política en serio, porque la democracia, como un todo, sufre y se deteriora por lo que te he señalado y por mucho más.
Hace cuarenta años nos trajeron el cuento de la globalización y, aunque a muchos no les gusta escucharlo porque defienden sus intereses, ahí empezó la debacle.
Como siempre, los ricos y poderosos, con el apoyo y para beneficio de los políticos de turno y de los medios de comunicación de su propiedad, afirmaban que el país debía progresar. Decían que las nuevas ideas provenientes de Chicago, Washington o Londres —como la eliminación de subsidios y controles, la desregulación y las reformas para reducir el tamaño del Estado y restringir el gasto público— eran, como se decía antes, «la pomada canaria» para todos los males que te aquejaban.
Todo esto se hizo a cambio de la adoración a un nuevo dios: el mercado. También se promovieron el consumismo alocado y una concentración todavía mayor del poder económico y político.
El pueblo creyó en su nuevo becerro de oro, que supuestamente nos convertiría en un país más rico, cuya riqueza caería en cascada hasta los sectores más pobres de la pirámide social. Pero todo resultó ser una vulgar mentira.
Era obvio que, en el ámbito local, pese a las advertencias que muchos hicimos en su momento, nos sucedería lo mismo que sufrió el resto del mundo como consecuencia de este engaño.
El economista griego Yanis Varoufakis lo describe en pocas palabras en su ya célebre libro Tecnofeudalismo:
«El sistema de reciclaje global centrado en Estados Unidos entre 1970 y 2008 aportó todo el atrezo de nuestro drama actual: las grandes financieras, las grandes tecnologías, el neoliberalismo, la desigualdad a escala industrial, por no mencionar democracias tan atrofiadas que películas como No mires arriba son necesarias para explicar la parálisis de la humanidad».
La multicrisis que hoy vive el mundo, como lo han reconocido desde el Foro Económico Mundial de Davos en 2023, demuestra que el capitalismo, tal como lo conocemos, está cambiando radicalmente. También evidencia que las finanzas y la codicia no son estables y que, por el contrario, produjeron «un sistema en el que el poder está en manos de aún menos individuos, que poseen un nuevo y osado tipo de capital». Varoufakis lo llama, entre otros términos, «capital en la nube».
Por ahora no quiero abrumarte, mi querida Patria, con datos y hechos que confirman lo señalado por numerosos autores: la globalización sirvió para enriquecer todavía más a algunos ricos, crear una casta de milmillonarios, aumentar el número de pobres y empobrecer aún más a quienes ya lo eran, convertidos en los nuevos siervos de nuestra época.
Lo más grave, querida y amada Patria, es que de esta situación se ha valido una banda de forajidos, aspirantes a fascistas y enemigos acérrimos de la democracia. Han asaltado el poder mediante autoritarismos electorales que utilizan los instrumentos y las libertades de la propia democracia.
Son como un cáncer mortal que pronto ha hecho metástasis en todo tu cuerpo social.
Hoy, cuando celebramos tu independencia, vemos con estupor cómo estos costarricenses, traidores a los valores más queridos que nos heredaste, pretenden vender tu territorio en pedazos. No quieren vender únicamente tus riquezas naturales, como el agua y los minerales, sino también a tu propia gente, convertida en mercancía barata, sometida a horarios y salarios de modernos esclavos que incluso se sienten felices con su situación.
Como bien afirma Alan Barroso en su libro Civilización o barbarie: «La sumisión es tan perfecta porque se disfraza de libertad».
Por último, amada Patria mía, los podios y las curules del poder político han sido convertidos en instrumentos de un movimiento fascista local, que forma parte de un entramado internacional que comienza en la Casa Blanca, en Washington, y culmina en la Casa Rosada, en Buenos Aires.
Desde esos espacios, convertidos en lanzallamas verbales, arrojan llamaradas de odio y rencor contra quienes tenemos la osadía de oponernos a sus malignos propósitos.
Han logrado su cometido de dividir a la sociedad costarricense y hasta cambiar su forma de ser. Ahora, quien piensa diferente dejó de ser un opositor tranquilo para convertirse en un enemigo odioso al que hay que atacar y destruir.
Ese, Patria querida, no fue el costarricense que formaste a lo largo de tanto tiempo: amable, decente, amistoso, respetuoso y, como decían muchos, buena gente. El agresor violento no representa a ese tico. Tenemos que rescatarlo.
La buena noticia, querida Patria, es que no todo está perdido. Tus leales y verdaderos hijos estamos aquí y somos centenares de miles.
Hace unos días volvimos a vernos las caras. Salimos a las calles y nos reencontramos en los plantones realizados en todo el país para defender al Poder Judicial y a la democracia.
Hoy tuvo lugar la faroleada. En las cabeceras de provincia y en muchos cantones, a pesar del mal tiempo y de los cierres cobardemente ordenados por el poder político en Cartago, miles de padres de familia salieron a las calles junto con sus hijos y portaron los faroles de la libertad.
Mañana, 15 de setiembre, estoy seguro de que, a lo largo y ancho del país, cantaremos:
«Los hijos del pueblo
levanten la frente
al sol refulgente
de la libertad».
Y también proclamaremos:
«Sepamos ser libres, no siervos menguados».
¡A quienes se creen dueños de nuestro país les temblará la quijada!, porque vamos a luchar para recuperar aquella Costa Rica linda, de paz, tranquilidad y verdadero progreso; la Costa Rica de la ¡pura vida!, la que quiero para mis hijos, nietos, bisnietos y para todos los ticos.
Con todo el amor de este ciudadano costarricense,
PATRIA QUERIDA.

