Óscar Álvarez ArayaPolitólogo (Ph.D.)

La revolución espiritual de la dignidad.

Jesús de Nazaret vive aproximadamente entre los años 9 o 6 a. de C. y hasta los años 24 o 27 d.C. No escribe sus ideas, se conocen por los relatos que dejaron algunos de sus discípulos, especialmente los evangelistas.

De su vida antes de los treinta años se sabe muy poco. Hay muchas teorías sobre su formación espiritual. Algunos estudiosos lo ligan a los esenios. Lo que sí parece verdad es que en cierto momento de su vida entra en discrepancia con los fariseos y empieza a predicar por cuenta propia.

De profesión carpintero y de vida muy austera. Su conflicto con la religión oficial terminó en su persecución, captura, tortura, muerte en la cruz y, según escribieron los Evangelistas, en la resurrección.

La vida, la prédica y la muerte de Jesús constituyen un verdadero cataclismo espiritual. Obviamente este no es un libro de religión o teología por lo que en el siguiente texto solo nos interesan los aspectos políticos o sociales de la vida y las enseñanzas del Nazareno.

¿Por qué Jesús de Nazareth en un libro de historia del pensamiento político, de pensadores políticos?

Jesús no es ni político, ni gobernante, ni aspirante al poder político y carece de pensamiento político. No nos dice cuál es el mejor o el peor sistema de gobierno, no clasifica a los diferentes tipos de gobierno y no se refiere a los objetivos, medios o valores a los que deben servir los Gobiernos.

Tampoco critica el gobierno del César, que era la máxima expresión de poder político en su época y mucho menos propone alguna revolución o cambio en el gobierno de Roma o de su país natal.

Más bien es un profeta «apolítico» que renuncia de manera radical a ser parte de cualquier gobierno.

Según los Evangelios cuando el demonio le ofrece todos los reinos de la tierra a cambio de que le adore, Jesús rechaza contundentemente la oferta entendiéndola como una tentación. Es decir que no quiso ser «el rey de todos los reinos de la tierra», con lo cual demostró su total renuencia al uso del poder político.

Cuando Pilatos le pregunta: ¿Eres tú el Rey de los Judíos? Él contesta: «Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mis súbditos lucharían para que yo no fuera entregado a los judíos. Pero mi reino no es de aquí» (Juan: 18,36). Con esta respuesta Jesús se considera a sí mismo como el Rey de un reinado espiritual, completamente diferente a los reinados políticos que conocemos en el mundo.

No se siente un gobernante, un político o alguien que aspire al poder político. Mucho menos se siente un revolucionario político, un guerrillero o un insurgente, como se diría ahora de alguien que aspira por medio de la revolución a conquistar el poder político. Ni siquiera tiene poder religioso, porque no pertenece al estamento de los sacerdotes o de las autoridades de la religión oficial.

Cuando Pilatos lo juzga no le encuentra delito alguno porque las actuaciones y prédicas de Jesús no están de modo alguno contra el orden político de los romanos.

Jesús es un inconforme con la religiosidad de su tiempo y lugar, un crítico de las autoridades religiosas oficiales y por tanto, sus supuestas infracciones son más bien del orden religioso y atentan contra la Ley tal y como la entendían los fariseos y los jefes de los sacerdotes.

Por ello es percibido por el establishment de los sacerdotes como una amenaza que había que erradicar recurriendo a cualquier método de represión. Ya Jerusalén había eliminado a muchos de sus profetas: ¡Jerusalén, Jerusalén que matas a tus profetas!

Pero esta vez el profeta además se declaraba Mesías y Rey de los Judíos, por lo que la casta sacerdotal lo acusa de blasfemo o como se diría siglos más tarde de «hereje», es decir alguien que trasciende la verdad religiosa oficial y por ello debe de ser castigado en este caso con la crucifixión, que era el sistema de aplicación de la pena de muerte entre los romanos.

Estamos entonces ante un rebelde en los temas de la teología y del espíritu. Si hubiera nacido unos siglos más tarde habría terminado en la hoguera o en la horca.

Pero Jesús no se resiste a sus perseguidores. No devuelve mal por mal, ni odio por odio. No rebate con medios violentos. Ni siquiera insulta o antagoniza a quienes le martirizan. En el clímax de la tortura se comporta manso, pacífico, no violento, que se deja apresar, torturar, flagelar y crucificar sin ofrecer resistencia.

Hasta el final perdona a los que «no saben lo que hacen» y demuestra con su vida y con su muerte una ausencia total de malicia, de realismo y de cálculo político.

Jesús, entonces, es un predicador y un profeta de origen popular, un carpintero que se declara el Hijo de Dios, el Mesías esperado por los judíos, y con ello viene a complicar la historia de la religión oficial. El concepto de que un ser humano se declarara Hijo de Dios no tenía cabida dentro de la teología judía.

Pero en ningún momento Jesús se comporta como político o predicador de ideas políticas. Tampoco es un crítico de los políticos o gobernantes. Él se mueve en otras dimensiones.

Lo que Jesús promueve, es un pensamiento espiritual y social, o más bien algunas ideas sociales que fueron influyentes y continúan vigentes en la historia de las ideas políticas. Su revolución se produce en el ámbito de lo teológico, de lo religioso, en la cultura espiritual judía; desde allí repercute en el conjunto de la vida social e incluso en la política.

Al final, fue víctima del régimen político del César cuando las autoridades del Imperio romano ejecutaron las acciones de flagelación y crucifixión.

Jesús es un judío educado en la religión del «pueblo escogido por Dios» que rompe las fronteras de su propia nacionalidad y religión y se convierte en un universalista que trae un mensaje de salvación no solo para su pueblo sino para todos los pueblos del mundo.

Él cree en la unidad y en la dignidad de todo el género humano. Su Evangelio es para los seres humanos de todas las naciones: «Id y predicad a todas las naciones». Con Jesús, el nacionalismo religioso de los judíos se convierte en un universalismo para todos los ciudadanos del mundo o dicho de otro modo en un humanismo sin fronteras. Y esa es una de las razones de su éxito entre los gentiles.

Jesús distingue entre el mundo de la política y el «Reino de Dios». Cuando le preguntan si hay que pagar impuestos al César contesta: «Hay que dar al César lo que es del César y a Dios lo que corresponde a Dios» (Marcos: 12, 17). Es decir que hay que distinguir entre los Reinos de este mundo político y la vida espiritual.

Implícitamente no acepta entonces que todo el poder esté o en manos de los políticos o en manos de los sacerdotes, pues incluso el César tendría que respetar la autonomía de los asuntos de Dios y viceversa los cristianos tendrían que respetar la autonomía de los asuntos del César.

Con esta idea se rechaza de manera implícita incluso cualquier idea de un totalitarismo político o religioso, y el ser humano tiene responsabilidades que cumplir en los dos reinos.

Hay que pagar impuestos incluso al imperio romano, es decir cumplir con el nivel político de la existencia y hay que buscar el Reino de Dios como la misión esencial de nuestra vida. Con esta separación entre el poder del Estado y la esfera de lo religioso, el Nazareno es también un precursor de la idea de los límites del poder.

Otro aspecto del pensamiento social de Jesús que interesa destacar es su propuesta de valores: En lugar de la Ley del Talión «Ojo por ojo y diente por diente», Jesús viene a predicar la Ley del Amor y del Perdón: «Si alguien te golpea en la mejilla derecha, ofrécele también la otra y ama incluso a los enemigos».

Cuando le preguntan por el mandamiento más importante contesta: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu inteligencia y con todas tus fuerzas». Y después viene este otro: «Amarás a tu prójimo como a tí mismo».

«No hay ningún mandamiento más importante que estos» (Marcos: 12, 30-31).

Y en el Evangelio de San Juan dice: «Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros. Ustedes deben amarse unos a otros como yo los he amado. En esto reconocerán todos que son mis discípulos; en que se amen unos a otros» (Juan: 13, 34-35).

La esencia de la prédica de Jesús es el amor. De este mandamiento se nutren las ideas de solidaridad que marcarán el pensamiento social en los siglos venideros.

Las Bienaventuranzas pronunciadas en el Sermón de la Montaña son valores fundamentales como la justicia, la paz y la humildad, entre otros. Dice que: «Bienaventurados son los que tienen hambre y sed de justicia… Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán reconocidos como Hijos de Dios».

También sobre la paz dice: «Les dejo la paz, les doy mi paz. La Paz que yo les doy no es como la que da el mundo». (Juan: 14, 27). Con lo que se continúa con la naturaleza espiritual y no política de su mensaje. Cuando Pedro le defendió cortándole la oreja a uno de sus captores Jesús no aprobó el uso de la violencia ni siquiera en defensa propia de él mismo.

Inmediatamente devolvió la oreja a su lugar diciendo: «Quien usa la espada, perecerá por la espada». Es decir, que Jesús fue pacífico, no-violento, pues incluso en una situación límite como cuando expulsó a los mercaderes del templo, no llegó a matar o a herir a alguno de ellos y se limitó a derribar las mesas y sacarles del templo.

Incluso en aquella situación límite de su propio martirio y crucifixión dio ejemplo de perdón, mansedumbre y no-violencia. Ni siquiera en ese momento critica al régimen o a los soldados que le estaban martirizando. La paz, junto al amor son valores esenciales del Evangelio del Nazareno.

Otro valor esencial en el Evangelio es el de servicio a los demás: «Si alguno quiere ser el primero, que se haga el último y el servidor de todos». (Marcos: 9,35) Durante la última Cena les lava los pies a los discípulos y dice: «También ustedes deben lavarse los pies unos a otros». (Juan: 13,14).

El amor al prójimo y el servicio a los demás fueron determinantes en el surgimiento de las ideas de solidaridad. Es decir, que no estamos solos; estamos con el prójimo, con los demás. Y a los demás hay que «lavarles los pies», hay que amarlos y servirles.

Otro valor que aparece en el Evangelio es el de la libertad, pero en el sentido espiritual: «La verdad os hará libres y Yo soy el camino, la verdad y la vida». En otras palabras la vía para llegar a la libertad es seguir las enseñanzas de Jesús, emanciparse del pecado y alcanzar la Verdad.

Una vez más no se está hablando de política, no se trata de una libertad en el sentido político, puesto que no es su dominio, aunque se promueve una libertad espiritual. En fin, Jesús es un predicador y promotor de valores.

Otro aspecto importante de las ideas sociales de Jesús es su desconfianza hacia los ricos y hacia los que dedican su vida a poseer riquezas: «Eviten la codicia. No estén pendientes de lo que comerán o beberán… Busquen primero el Reino de Dios, y esas cosas se les darán por añadidura». Y luego su idea de que «es más fácil que pase un camello por el ojo de una aguja a que un rico se salve».

Muy de acuerdo con su origen popular, Jesús promovía una espiritualidad diferente a la de los saduceos, que eran los ricos de su tiempo y a la de los fariseos, que eran la clase media religiosa. Su mensaje es preferencial hacia los pobres en un Evangelio y hacia los pobres de espíritu en otro.

En San Lucas dijo: «Bienaventurados los pobres…» y en San Mateo dijo: «Bienaventurados los pobres de espíritu…» Pero en todo caso, Jesús siempre se puso del lado de los humildes, de los que sufren, de los desheredados, de los excluidos en su e, especialmente las mujeres y los extranjeros.

Por eso, las ideas de Jesús inciden en una dignificación de los excluidos; el universalismo y la dignificación de ellos estuvo en la base de la idea, precursora de la democracia, de igualdad entre todos los Hijos de Dios,

Las ideas sociales de Jesús han ido marcando la historia humana a través de los siglos. Sin ser, repetimos, un político, y menos un pensador político, sí fue un disidente espiritual en colisión con la casta de los sacerdotes oficiales del judaísmo.

El juicio que le hicieron, su martirio, flagelación y finalmente la crucifixión, constituyen una escandalosa muestra viviente de la ausencia total de humanismo, compasión y misericordia en los jefes de los sacerdotes y en las autoridades romanas.

Es un ejemplo de linchamiento e intolerancia que victimizó a Jesús hasta el paroxismo, creando las condiciones para el triunfo de su Evangelio en Europa y más allá de Europa. Sin proponérselo, sus victimarios generaron el efecto contrario al que buscaban y en vez de erradicar la amenaza del Rey de los judíos lo convirtieron en un Salvador espiritual a través de las naciones.

El Calvario primero, y luego la idea de que había resucitado internacionalizaron el Evangelio del que naciera en un establo de Belén.

El Jesús bíblico victimizado, crucificado y resucitado, se torna en la piedra angular de una nueva religión, el cristianismo, que durante dos mil años fue y es la más importante de occidente.

Sus ideas sociales de unidad, igualdad y dignidad de todos los seres humanos, amor al prójimo, opción preferencial por los pobres, inclusión de los excluidos, perdón, libertad, justicia, paz, servicio a los demás y solidaridad influyeron a través de los siglos no solo la historia de las ideas políticas, sino la conformación de las instituciones sociales y políticas.

La revolución espiritual de la dignidad de todos los seres humanos terminaría repercutiendo en el conjunto de la vida social y política.

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Por Oscar Alvarez

Politólogo, autor y coautor de 45 libros y publicaciones. Fue Embajador de Costa Rica en Taiwán (1998/2006) y Asesor del Presidente de la República (1990/1994). Ha sido analista y consultor internacional con el PNUD, UPAZ, IIDH, ACDI, KAS, entre otras entidades. Ha sido invitado internacional de los gobiernos de los Estados Unidos de América, de Japón, de Corea y de la Organización de Estados Americanos. Su CV.