La mayoría oficialista, que era una ventaja, habrá dejado de ser un instrumento de poder para convertirse también en un mecanismo de autobloqueo.
Oscar Arévalo Solórzano, Abogado.
El Gobierno decidió poner a jugar —puso a despacho— el proyecto de ley de jornadas 4×3.
Esto tiene implicaciones: bloquea la agenda de mañana y tarde. También bloquea la propia agenda legislativa del oficialismo, que sacrifica sus demás proyectos con el propósito de:
Apostar por tensar internamente al PLN y enemistarlo con las cámaras empresariales.
Tensar al bloque de oposición.
Iniciar una campaña contra la Asamblea, acusándola de que no trabaja y está entrabada, pese a que fueron ellos quienes pusieron el tapón.
Esto da inicio a una nueva guerra de epítetos: el oficialismo diciendo que la oposición no deja avanzar y el bloque opositor afirmando que el Gobierno quiere imponer, no negocia y que lo único que busca es bronca. Básicamente, estaremos viendo estos juegos pirotécnicos.
Todo indica que el Gobierno perdió las esperanzas de solventar sus problemas fiscales con eurobonos y que apuesta de nuevo por un tipo de ajustes en la canasta básica que, más pronto que tarde, lo volverán a poner ante el mismo dilema de tener que subir impuestos.
Difícilmente se superará la enorme cantidad de mociones que tiene el proyecto 4×3 en tan corto tiempo. Para octubre, el presupuesto empezará a abarcar más espacio en la agenda, hasta que en noviembre entre con prioridad.
Esto quiere decir que el oficialismo opta por sacrificar su propia agenda en procura de crear escenarios que le permitan trasladar al «enemigo» de turno del Poder Judicial al Legislativo. Prioriza también el discurso y la bronca por encima de la gobernanza. Bueno, su estilo de gobernanza es el «pleito» permanente. Estamos aviados.
Cuál será la contrapropuesta estratégica del bloque está por verse.
Además, hoy aparece una modificación relevante de la coyuntura.
La presidenta Fernández intenta reconstruir el diálogo entre poderes, precisamente cuando tiene mayoría legislativa, pero vuelve a escoger una táctica de imposición procedimental.
No es necesariamente una contradicción interna. Puede ser una división de tareas.
Sin embargo, esto lleva a una pregunta estratégica que debemos seguir:
¿El Gobierno está pasando de la confrontación a una combinación deliberada de presión y negociación, o sus distintos centros de poder empiezan a operar separados y con lógicas divergentes?
Todavía no hay elementos suficientes para responder.
Lo que sí está claro es un segundo problema:
El oficialismo posee 31 diputados, pero cada vez más objetivos importantes requieren algo distinto, y estos objetivos se les están empezando a acumular sin resolver:
38 votos.
Cooperación judicial.
Confianza contralora.
Inversión privada.
Consenso empresarial.
Respuesta laboral.
Reformas constitucionales.
Venta del BCR, etc.
Eso cambia el juego de poder que Chaves había soñado.
La mayoría oficialista es extraordinariamente eficaz para seleccionar la agenda.
Pero eso les sirve de poco. No es suficiente para resolver todos los problemas procedimentales que pone en agenda ni los que establece la normativa legislativa.
La reactivación de las jornadas de doce horas será la primera gran prueba de esa diferencia.
Si logra aprobar una reforma razonablemente negociada, el Gobierno demostrará capacidad para transformar la mayoría en resultados, lo cual se ve poco probable.
Si el Plenario queda atrapado durante semanas entre miles de mociones, mientras la seguridad, la deuda y las reformas institucionales esperan, habrá ocurrido exactamente lo contrario:
La mayoría oficialista, que era una ventaja, habrá dejado de ser un instrumento de poder para convertirse también en un mecanismo de autobloqueo.
Por el momento, sigo viendo al Gobierno sin brújula y con muy poca capacidad para manejar el arte parlamentario.

