Óscar Arias: Conferencia Centroamericana para una Cultura de la Legalidad

0

Óscar Arias Sánchez, Politólogo (Dr.).

Conferencia Centroamericana para una Cultura de la Legalidad
Discurso del Presidente de la República de Costa Rica
San José, Costa Rica, 30 de octubre de 2009.

 

Amigas y amigos:

Todos hemos escuchado la historia proveniente de la antigua ciudad de Frigia. Ahí, según decían los oráculos, el hombre que pudiera desatar un complicado nudo en el palacio de los antiguos reyes de la región, llegaría a gobernar todo Oriente. Confrontado con el problema, un joven macedonio se percató de que no podría desenredar la retorcida cuerda, así que deshizo el nudo gordiano cortándolo con un solo golpe de su espada. El joven pasaría a la historia como Alejandro Magno, y su enfoque, como la solución alejandrina.

Si alguna vez hubo un nudo gordiano en Latinoamérica, es el desafío de crear una cultura de legalidad en nuestras sociedades; una cultura en donde se cumpla finalmente el sueño que expresara John Adams, de ser gobernados por las leyes y no por los hombres. El largo rosario de penas de nuestra región es, muy a menudo, no más que la sucesión de eventos en que hemos incumplido las reglas, en que hemos creado regímenes de excepción que abrieron el portillo a la injusticia. Desde la Independencia de nuestras naciones, hace ya casi doscientos años, el problema de Latinoamérica no ha sido que carece de normas. Ha sido que no las respeta.

Este tema ha sido objeto de incontables cumbres, conferencias y trabajos de investigación. Ha dejado perplejos a los mejores líderes y a los mejores académicos de nuestros países. Ha significado el quebradero de cabeza de gobiernos que una y otra vez han reconstruido la paz en nuestras naciones. Y sigue siendo, en el fondo, la causa que explica la inseguridad que corre rampante por la región más violenta de la Tierra; la región que con menos del 9% de la población mundial, es responsable por el 42% de los homicidios que anualmente ocurren en el planeta. El nivel de violencia en Latinoamérica, que en algunos países alcanza dimensiones aún superiores a las de países en guerra, sólo se explica desde la perspectiva de un absoluto menosprecio a las normas de convivencia. Una cultura de legalidad es, entonces, la tabla de salvación en medio de la anarquía.

Agradezco al Sistema de Integración Centroamericana, y a su Unidad de Seguridad Democrática, por la celebración de este encuentro. Aprecio que hayan decidido celebrar este evento en Costa Rica, permitiéndonos la oportunidad de aprender de las lecciones discutidas y de la plétora de expositores que han venido a compartir sus experiencias. En nombre del pueblo de Costa Rica, y de mi Gobierno, les doy la más cordial bienvenida.

No pretendo darles una opinión de experto. No he venido a sentar cátedra sobre temas que ustedes manejan mucho mejor que yo. He venido, simplemente, a expresarles la visión de quien ha pasado casi cuatro décadas de su vida luchando por la paz en Latinoamérica y el mundo. No ofrezco más que estos ojos, que han visto los cuerpos destrozados de jóvenes que debieron estar en el colegio, y en su lugar murieron al borde de la metralla. No ofrezco más que estos brazos, que han sostenido el cuerpo tembloroso de madres que debieron enterrar a sus hijos, contra toda ley de la naturaleza. No ofrezco más que estos pies, que han recorrido las barriadas en donde se despeñan, entre la pobreza y la ignorancia, la esperanza de generaciones enteras de latinoamericanos.

¿Qué hace que un individuo, un país o una región, obedezcan las reglas? ¿Qué los motiva a quebrantarlas? ¿Cómo puede hacer un Gobierno, o un grupo de gobiernos, para incentivar la cultura de la legalidad por encima de la irreverencia? Éstas son las preguntas que diariamente enfrentamos, y son preguntas que abarcan mucho más que el acto de reforzar la legislación vigente. Hay una cultura de legalidad cuando un muchacho recoge los platos de la mesa, si su mamá se lo pide; y hay una cultura de ilegalidad cuando tira la basura en la calle. Hay una cultura de legalidad cuando un trabajador obedece las normas de la empresa en que labora; y hay una cultura de ilegalidad cuando se cola en la fila de un supermercado. Hay una cultura de legalidad cuando un conductor acata las señales de tránsito, y hay una cultura de ilegalidad cuando se estaciona en un campo reservado para personas con discapacidad. Hay una cultura de legalidad cuando un estudiante comprende la autoridad de un profesor, y hay una cultura de ilegalidad cuando intenta burlar a ese profesor copiando en un examen.

Tomemos el ejemplo del muchacho que bota la basura en la calle, para comprender cuán intrincado es este nudo gordiano. Si aceptamos que la bota porque ya hay basura en la calle, es claro que debemos mejorar nuestro servicio municipal de recolección de basura. Si aceptamos que lo hace porque ha visto a sus padres hacer lo mismo, es claro que debemos reforzar los valores en nuestras familias. Si aceptamos que lo hace porque sabe que no habrá consecuencias para sus acciones, es claro que debemos endurecer la legislación vigente, asegurar su vigilancia y cobrar una multa disuasiva. Si aceptamos que lo hace porque no le importa el barrio donde vive, y carece de motivaciones internas para mantenerlo limpio, es claro que es urgente recuperar el tejido social en nuestros barrios.

Visto de esta manera, pareciera que no hay líder capaz de evitar que ese muchacho bote la basura en la calle. Ni qué decir de evitar que consuma droga o se dedique a robar billeteras. En mayor o menor grado, nuestros jóvenes son llevados a su primer momento criminal por una pesada e interminable cadena de negligencia y de desperdicio. Son afectados por la falta de modelos a seguir en sus casas, o por la pobreza que impide a sus padres cuidar de ellos de la manera que quisieran. Son limitados por la falta de oportunidades laborales, producto de la deserción escolar temprana. Son, en algunos casos, motivados por el simple aburrimiento, por la carencia de actividades y espacios de recreación en sus comunidades. Le estamos pidiendo que respeten las leyes a muchachos que viven en barrios en donde un par de tenis nuevos o un iPod robado, son más aplaudidos que un título universitario; en donde es más difícil encontrar un buen libro que un buen puro de marihuana; y en donde los ídolos son estrellas de telenovelas y no científicos ni estadistas.

A pesar de la obvia complejidad del problema, la reacción gubernamental en nuestra región ha sido simplista y monofacética. Hemos intentado una y otra vez encontrar la salida a la inseguridad en nuestra obsesión con construir prisiones más grandes, promulgar leyes más severas y llenar las calles con más policías. Hemos tratado a nuestros criminales convictos con humillación y con negligencia, pero muy rara vez con rehabilitación. Hemos lanzado campañas publicitarias con consignas pegajosas diseñadas para intimidar, impresionar y tranquilizar a nuestros pueblos. Y sin embargo, la cuestión sigue empeorando. Quizás insistimos en esas vías porque resultan más sencillas que las otras, porque resultan más fáciles que la vía del gasto en educación, la del fortalecimiento de la institucionalidad democrática o la del control de las armas pequeñas y livianas en la región. Tal vez es hora de que dejemos de ser Caperucita Roja tomando el camino corto hacia el lobo, y se nos ocurra tomar el camino largo y difícil hacia sociedades más seguras.

Nada, absolutamente nada, justifica que el promedio de escolaridad de la región latinoamericana sea de siete años. Ni el estado de nuestra economía, ni la interferencia de potencias extranjeras, ni el mestizaje de nuestras poblaciones, ni la falta de ayuda externa, ni nuestro pasado colonial, ni ningún invento de los caudillos de nuestras naciones. Nada lo justifica cuando Latinoamérica gastará este año 60 mil millones de dólares en armas y soldados. Nada lo justifica cuando, con el precio de uno solo de los helicópteros artillados que surcan nuestro cielo, se podría pagar una beca mensual de 100 dólares a 5.000 niños latinoamericanos. Nada lo justifica menos nuestra propia miopía, nuestra propia indiferencia y nuestro propio irrespeto a la ley fundamental de la naturaleza: la del instinto de conservación de la vida.

Todo este gasto no parece habernos hecho más seguros. Por el contrario, a juzgar por los eventos recientes en Honduras, y otros ejemplos en la región, parece que nos ha hecho más vulnerables, que ha debilitado nuestras democracias al punto de volverlas exangües. Bien dijo Aristóteles que: “los hombres adquieren ciertas cualidades actuando constantemente de conformidad con esas cualidades”. ¿Cómo quiere Latinoamérica que sus jóvenes actúen conforme con las reglas, si lo que ven en televisión son ejércitos que las irrespetan? ¿Cómo quiere Latinoamérica que sus habitantes obedezcan al Estado de Derecho, si el recurso a la violencia empieza en el Gobierno? Y sobre todo, ¿cómo quiere Latinoamérica construir sociedades pacíficas, si alimenta sin mesura el tráfico de armas?

Varios galardonados con el Premio Nobel de la Paz nos reunimos en 1997 a redactar un Código de Conducta para la Transferencia de Armas, que poco a poco evolucionó en el Tratado Integral sobre la Transferencia de Armas, que Costa Rica presentó en el seno de las Naciones Unidas. Este esfuerzo ganó un nuevo y vital aliado, hace unos días, cuando la Secretaria de Estado estadounidense, Hillary Clinton, anunció que el Gobierno de Estados Unidos revertiría su posición inicial, y apoyaría las negociaciones para hacer de este tratado una realidad. Hoy les pido su apoyo a esta iniciativa. Les aseguro que puede hacer más por la seguridad y por la legalidad en Latinoamérica, que todas las campañas de mano dura que repican en las radios y las televisoras.

Si queremos luchar contra la delincuencia, empecemos por tener mano dura contra las prioridades perversas. Empecemos por invertir en actividades extracurriculares para nuestros estudiantes, que los mantengan ocupados y lejos de las calles. Construyamos en nuestras escuelas verdaderos centros de tejido social, en donde los muchachos encuentren referentes positivos para moldear sus vidas.

Empecemos por invertir en reformas al currículo de nuestras escuelas y colegios, por invertir en tecnologías y herramientas idiomáticas que hagan a la educación relevante, y preparen a nuestros jóvenes para encontrar trabajos que les permitan mejorar su calidad de vida.

Y sobre todo, empecemos por invertir en un aspecto de nuestro sistema educativo que por larga data ha sido subestimado y desatendido: la educación cívica. Si la crisis reciente en Honduras nos ha enseñado algo, es que comprender y respetar los sistemas políticos, es condición esencial para que nuestros habitantes construyan una cultura de legalidad que vaya más allá de las palabras. Nuestros jóvenes tienen que aprender mucho más que los nombres de los Poderes de la República. Necesitan visitar nuestras Asambleas Legislativas y Tribunales. Necesitan conocer a sus líderes locales, regionales y federales. Necesitan admirar el milagro de la libertad, para que no caigan en la tentación de vulnerarla.

Amigas y amigos:

Estamos aquí, como muchos antes que nosotros, ante el nudo gordiano. Tenemos la espada en nuestras manos. Puede sonar como la cúspide del idealismo sostener que la solución a nuestros problemas es una cuestión de voluntad. Y sin embargo, sinceramente creo que es así. Lo que nos falta es voluntad para tomar el camino largo, para gastar en educación, para fortalecer nuestras democracias, para controlar el flujo de armas. No se desalienten si les digo que el camino de la legalidad es el extenso y el difícil. Celebremos que hay un camino y empecemos a andar.

Muchas gracias.


 

COVID-19
Suscribase COVID-19

También podría gustarte Más del autor

Comentarios

Cargando...
La Revista es un medio de opinión libre y gratuito, pero necesitamos su apoyo, para poder continuar siéndolo Apóyanos aquí
Holler Box