Óscar Arias Sánchez, Politólogo (Dr.).

Foro Económico Mundial, Cancún México, 15 de abril de 2008

“Poco a poco América Latina emerge de las sombras hacia la luz, y derrota a los demonios que durante tantos años han acosado su progreso. Pero no podemos descuidarnos, hay demonios nuevos. Ni el libre comercio, ni la profundización de nuestra democracia, ni el desarrollo humano de nuestros pueblos servirán de nada si nuestro planeta se vuelve inhabitable”.

Mes y medio después de ocurrida la muerte de Salvador Allende en Chile, en 1973, el gran escritor mexicano Octavio Paz publicó su ensayo Los centuriones de Santiago, en el que manifestaba su preocupación por el surgimiento de regímenes totalitarios en América Latina, y retrataba nuestra situación con las siguientes palabras:

“El continente se vuelve irrespirable. Sombras entre las sombras, sangre sobre la sangre, cadáveres sobre cadáveres: la América Latina se convierte en un enorme y bárbaro monumento hecho de las ruinas de las ideas y de los huesos de las víctimas”.

35 años después, en el mismo país que produjo a ese genio y Premio Nobel de Literatura, podemos afirmar que la nuestra ha dejado de ser una región de sombras, pero todavía dista mucho de ser una región de luz. Los demonios del pasado no gobiernan más nuestro destino, pero ciertamente constituyen fuerzas que aún no hemos logrado extinguir por completo: las pretensiones autárquicas y el proteccionismo comercial; el populismo y la retórica antidemocrática; la posposición de las más básicas necesidades de todos nuestros ciudadanos, particularmente la educación; y la persistente carrera armamentista, son lastres que todavía arrastramos y que hemos de abandonar si pretendemos sentar las bases para un futuro mejor.

América Latina es una región singular. Habiendo llegado tarde a la cita del desarrollo, vive simultáneamente en el feudalismo y la posmodernidad. Nuestras preocupaciones van desde la erradicación de tugurios, hasta la conectividad de banda ancha; desde la universalización del acceso al agua potable, hasta el reto de lograr que nuestro libre comercio con las naciones desarrolladas sea, en verdad, libre. Quizás esto explique el hecho de que todo abordaje de la economía latinoamericana, deba empezar por el abordaje de su democracia y de su desarrollo humano. Compartimos con los países desarrollados la preocupación por asegurar un crecimiento económico sostenido, controlar la inflación y atraer mayor inversión extranjera directa; pero tenemos al mismo tiempo que lidiar con la necesidad de crear Estados eficientes y transparentes, capaces de brindar respuesta a las demandas de los ciudadanos, y de distribuir más equitativamente tanto el poder económico como el poder político; todas estas preocupaciones que los países desarrollados, en su gran mayoría, han dejado de tener.

Sobre el libre comercio prácticamente todo ha sido dicho en este foro. Así es que hoy quisiera empezar por hablarles de la democracia. Es un hecho que en los próximos años veremos una desaceleración del crecimiento económico de América Latina. Esto es difícil de manejar para cualquier región, pero es mucho más difícil de manejar para una región que no cuente con buenos índices de gobernabilidad, y de adhesión de los ciudadanos a las instituciones democráticas. Una región en donde los individuos, y particularmente los inversionistas, no puedan confiar en las políticas públicas impulsadas por el Poder Ejecutivo, ni en las leyes aprobadas por el Poder Legislativo, ni en las resoluciones del Poder Judicial, tendrá una capacidad menor de responder a los desafíos económicos globales. Sólo si logramos en nuestras naciones respuestas coordinadas y sacrificios comunes, que emanen de la confianza de los individuos en el sistema democrático, lograremos reducir al máximo los efectos perniciosos de la recesión económica de nuestro vecino y principal socio comercial. Hacer al Estado más eficiente, más transparente, más capaz de mejorar las condiciones de vida de nuestros pueblos, es un reto indispensable para lograr un desarrollo económico y social más elevado.

Digo esto también porque pocas oportunidades son tan propicias para el resurgimiento de demagogias y delirios autoritarios como una crisis económica. Si América Latina no desea volver a las trincheras de la represión, más le vale asegurar ahora mismo a todos sus ciudadanos las condiciones mínimas para una vida digna. Si nuestras naciones no hacen un esfuerzo ingente por aumentar su gasto social, particularmente su gasto en educación, nuestros ciudadanos caerán con mayor estrépito bajo el hechizo del mesianismo, y las conquistas que con tiempo, sangre y dolor hemos alcanzado, pueden desaparecer.

Siempre he dicho que gobernar es escoger. Nunca como ahora debemos tener muy claras nuestras prioridades, y pocas cosas son tan impostergables en Latinoamérica como una mayor inversión en salud, en vivienda, en ciencia y tecnología y en educación para nuestros habitantes.

En épocas de vacas flacas lo que vale es el trigo que tengamos en el granero. Yo les pregunto ¿de qué nos vale tener armas en el granero? ¿de qué nos vale tener tanques y cohetes? ¿De qué nos vale tener helicópteros militares y decenas de miles de soldados, en una región que –con la sola excepción de Colombia– no experimenta actualmente ningún conflicto armado? Según cifras del Instituto Internacional de Investigación sobre la Paz de Estocolmo (SIPRI), en el año 2006 el gasto militar de América Latina ascendió a $32.600 millones, una cifra que ha aumentado un 24% en términos reales en los últimos doce años. Esto es alarmante, sobre todo si tomamos en consideración que, como nos informa la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), entre los años 1991 y 2005 América Latina elevó su gasto en salud de un 3,1% del PIB a un 3,4%, es decir, apenas un 9,7%; y su gasto en vivienda permaneció inalterado en un 1, 2% del PIB.

A pesar de que nuestro gasto en educación en relación con el PIB sí ha aumentado considerablemente en los últimos años, ello no ha sido suficiente: uno de cada tres jóvenes no asiste nunca a la escuela secundaria, y sólo uno de cada diez llega a graduarse de la universidad. ¿Qué es esto sino el más evidente símbolo de irracionalidad y ceguera histórica? Lo he dicho muchas veces y no me cansaré de repetirlo: los fracasos en la educación de hoy son los fracasos en la economía de mañana.

Los países desarrollados, que albergan menos del 10% de los jóvenes del mundo, gastan más de la mitad de todo el presupuesto mundial en educación. El escritor estadounidense Thomas Friedman nos advierte que de las casi 12.000 universidades y centros de educación superior en el mundo, 4.000 se ubican sólo en los Estados Unidos, es decir, aproximadamente una tercera parte. De las 200 mejores universidades según el ranking elaborado por el periódico londinense The Times, sólo 3 son de Latinoamérica, y ninguna de ellas califica dentro de las 100 mejores. Si queremos sentar las bases para un mejor futuro, debemos empezar por invertir más en los salarios de nuestros maestros y profesores, en la infraestructura de nuestras escuelas y colegios, en las becas para nuestras universidades y, sobre todo, en el aprendizaje de otros idiomas y el acceso a las tecnologías de la información y el conocimiento.

En los últimos 25 años, del aumento total de la producción en el mundo, el 88% proviene de mejoras en la tecnología, y sólo el 12% proviene de la expansión de los sistemas de producción vigentes. Es claro, entonces, que debemos empezar a invertir mucho más en ciencia y tecnología, si queremos dar el salto al desarrollo que nuestros pueblos se merecen.

Invertir más en educación y tecnología implicará, sin duda alguna, sacrificios. Sacrificios como el dinero que se invierte en cada avión Sukhoi Su-30k, cuyo costo ronda los $34 millones, y que serviría para comprarles a nuestros estudiantes alrededor de 200 mil computadoras del MIT Media Lab. Sacrificios como el dinero que se invierte en cada helicóptero Black Hawk , cuyo precio mínimo ronda los $6 millones, y que podría servir para pagar durante un año una beca de $100 mensuales a 5,000 jóvenes latinoamericanos. La decisión debería ser evidente.

Por todo esto, hoy quiero dejarles para su consideración dos propuestas que mi gobierno impulsa internacionalmente: el Consenso de Costa Rica (ver discurso Un futuro a la altura de nuestros sueños, 19/9/2006) y el Tratado sobre la Transferencia de Armas (ver discurso Un futuro a la altura de nuestros sueños, 19/9/2006). Con la ayuda de ustedes, estas dos propuestas pueden convertirse en realidad.

No he venido aquí cargando fórmulas mágicas. América Latina ha conocido ya demasiadas. Sólo pretendo dar un aporte realista a algunos de los problemas que se nos presentan, y que forman parte de los obstáculos que nos han impedido alcanzar un mayor desarrollo. Después de todo el mundo se transforma con ideas sencillas pero poderosas. O como nos dice Octavio Paz en el mismo ensayo que les he citado al principio: “No se trata de fundar paraísos sino de dar respuestas reales a la realidad de nuestros problemas. Nos hacen falta, en dosis iguales, la imaginación política y la sobriedad intelectual. América Latina es un continente de retóricos y de violentos –dos formas de la soberbia y dos maneras de ignorar la realidad”.

Poco a poco América Latina emerge de las sombras hacia la luz, y derrota a los demonios que durante tantos años han acosado su progreso. Pero no podemos descuidarnos, hay demonios nuevos. Ni el libre comercio, ni la profundización de nuestra democracia, ni el desarrollo humano de nuestros pueblos servirán de nada si nuestro planeta se vuelve inhabitable. El calentamiento global y la acelerada destrucción del ambiente son preocupaciones que debemos encarar si queremos sentar las bases de una vida prometedora para la humanidad. Es la última petición que quiero plantearles, pero se las planteo con particular vehemencia: es hora de que América Latina, y el mundo, declaren la Paz con la Naturaleza.

Esta no es una manifestación cordial, vacía de contenido. Se trata de un compromiso que ha asumido Costa Rica, y al que se suman más y más naciones en el mundo. Para el año 2021, en que celebraremos 200 años de Independencia, nos hemos propuesto ser un país neutral en emisiones de carbono. Otras naciones, como Noruega y Nueva Zelanda, están también tomando acciones en este sentido. Al mismo tiempo, pretendemos aumentar considerablemente nuestra cobertura boscosa –que ya ocupa más del 50% de nuestro territorio–, y mejorar los sistemas de corredores biológicos para nuestras especies en peligro de extinción. Este año, tenemos como meta sembrar un total de 7 millones de árboles, lo cual nos convierte en el país con más árboles per cápita y por kilómetro cuadrado en el mundo. Somos un país pequeño, pero hemos asumido el reto de progresar sin destruir, de avanzar sin extinguir. Hoy les pido que hagan lo mismo.

Sé que este recinto alberga todo tipo de opiniones sobre las mejores rutas que debe seguir Latinoamérica en temas de política económica. Pero espero que en el tema de la democracia, el desarrollo humano y la naturaleza, sepamos escoger la única ruta posible: la ruta de la vida. De la vida libre. De la vida digna. De la vida posible.


 

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Por Oscar Arias

Óscar Arias Sánchez. Abogado y politólogo, Presidente de Costa Rica en los períodos de 1986-1990 y 2006-2010. Premio Nobel de la Paz en 1987.