Óscar Arias Sánchez, Politólogo (Dr.).

Qué gran honor dirigirme a ustedes. Qué gran honor tomar el estrado en una actividad cuyas raíces democráticas vigorizan el debate y llenan el aire de savia y libertad. Hoy tomo parte en una discusión que enaltece al pueblo costarricense, y a todos los visitantes de naciones hermanas que nos honran con su presencia en nuestro suelo.

América Latina es una comunidad de naciones en un sentido profundo, hermoso y acaso único en el mundo. Es una comunidad de naciones dispuestas a bregar incansablemente por el mayor desarrollo, por la justa distribución de la riqueza, por el progreso de nuestros pueblos y el bienestar de nuestros habitantes. Es, ante todo, una comunidad de naciones dispuestas a nunca renunciar a la noble tarea de perseguir ideales. Tal vez este sea el rasgo más característico de la formación de nuestra identidad: el modesto empecinamiento en no dejar que un mundo lleno de injusticia oscureciera nuestra ilusión de un mejor mañana para nuestros pueblos.

Es cierto, el idealismo latinoamericano cobró sus víctimas fatales. Pero mayor estrago han causado el cinismo y el desencanto. Puede que al lado de la pobreza y la desigualdad, la desesperanza sea uno de nuestros más apremiantes retos en la consolidación de las democracias de la región. Demasiados latinoamericanos se enlistan hoy en las filas de la apatía, demasiados latinoamericanos desmienten el valor de las más elementales instituciones democráticas, demasiados latinoamericanos socavan con su indiferencia las mismas bases sobre las que se asientan nuestros sistemas políticos, demasiados latinoamericanos están dispuestos a entregar sus libertades individuales por considerarlas carentes de contenido.

No es que la persecución de ideales baste para la construcción de realidades, sino que las realidades, por más cruentas o desoladoras que sean, no se reforman ni evolucionan a partir del pesimismo. Si los pueblos latinoamericanos no son capaces de mirar al futuro con esperanza, si no son capaces de recuperar esa vena histórica de idealismo y utopía, nuestros problemas no desaparecerán por artilugios secretos.

Las tentaciones autoritarias surgen con mayor facilidad ahí donde el hambre, la ignorancia y la frustración abonan el terreno para el mesianismo.

Durante mucho tiempo la democracia fue la esencia de la utopía latinoamericana. Las dolorosas represiones que laceraron de tantas y tan variadas formas a los habitantes de nuestras naciones a lo largo del último siglo, nos impulsaron a colocar la democracia en el cénit de nuestras ilusiones. Pero alcanzar la democracia, vencer a los tiranos, recuperar las libertades, no fue suficiente.

Para muchos habitantes de América Latina, el tránsito de la dictadura a la democracia no significó más que un juego de palabras. Gran parte de nuestra región sigue siendo azotada por los mismos infortunios que hicieron aparecer las dictaduras en primera instancia, y muchos de sus habitantes siguen convencidos de que el trueque entre la libertad y los beneficios materiales, ese pacto faustiano que durante tantos años se ha celebrado en nuestras naciones, es requisito para alcanzar un progreso largamente deseado. Esto no es una elucubración ni un exceso retórico. En el año 2004, el Informe sobre la Democracia en América Latina, del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, nos informaba que un 44,9% de los latinoamericanos apoyaría a un gobierno autoritario si éste resolviera los problemas económicos de su país.

Y es que si bien es cierto que la prosperidad y el crecimiento económico no son condiciones suficientes para el sostenimiento de los regímenes democráticos, también es cierto que en su ausencia la tarea de mantener nuestras libertades se vuelve titánica. Las tentaciones autoritarias surgen con mayor facilidad ahí donde el hambre, la ignorancia y la frustración abonan el terreno para el mesianismo. Los falsos redentores de los pueblos latinoamericanos sólo pueden surgir en pueblos convencidos de su necesidad de ser redimidos, y en un continente en que cientos de millones de personas viven con menos de dos dólares al día, les aseguro que el Mesías suena mucho más plausible que la democracia.

En esas circunstancias, es claro que la transformación latinoamericana hacia la libertad, alcanzada por todas nuestras naciones con la notable excepción de Cuba, ha dejado de ser una transición irrevocable. La utopía de la democracia deberá ser complementada con la utopía de la prosperidad y el desarrollo, o América Latina corre el serio riesgo de realizar un viaje de vuelta al pasado y regresar a la dictadura, como el hijo de un tirano, que luego de reunir valor para huir de su casa, regresa cabizbajo a recibir golpes a cambio de comida.

Sería necio decir que conozco, o que alguno de nosotros conoce, la fórmula infalible para alcanzar la prosperidad y el desarrollo. Latinoamérica ha gastado ya demasiado tiempo buscando el cuerno de Amaltea y la fuente de la eterna abundancia. Pero más necio aún sería negar que la evidencia proporciona soluciones parciales y graduales, imperfectas y tentativas, pero no por ello menos reales. La apertura económica y, en general, el manejo inteligente del proceso de inserción de nuestras economías en el intercambio global, es la manera más eficiente para que las naciones subdesarrolladas alcancen el umbral de la industrialización.

Costa Rica es un país de cuatro millones y medio de habitantes, uno de los más pequeños del mundo. Para un país como el mío y, de hecho, para todos los países en vías de desarrollo, no existe otra opción que profundizar su integración con la economía mundial. En épocas de globalización, la disyuntiva que enfrentamos los países en vías de desarrollo es tan cruda como simple: si no somos capaces de exportar cada vez más bienes y servicios, terminaremos exportando cada vez más personas.

Sólo si abrimos nuestras economías seremos capaces de atraer los flujos de inversión directa que complementen nuestras tasas de ahorro interno, crónicamente bajas. Sólo si nos abrimos podremos acceder a los beneficios de la tecnología más avanzada, y a procesos de aprendizaje productivo que terminan por beneficiar a nuestros empresarios locales. Sólo si nos abrimos podremos desarrollar sectores productivos dinámicos, capaces de competir a escala internacional. Sólo si nos abrimos podremos crear empleos suficientes y de calidad para nuestra juventud. Porque está ampliamente demostrado en América Latina que los empleos ligados a la inversión extranjera y a las actividades de exportación son, casi siempre, empleos formales y mejor remunerados que el promedio.

Pero, sobre todo, sólo si nos abrimos podremos asegurar el reto fundamental de las democracias latinoamericanas: el de rendir fruto para los ciudadanos, el de mejorar la calidad de vida de los individuos, el de dar resultados en la vida cotidiana de la población. Porque ¿de qué le sirve a América Latina haber recuperado la democracia, si es incapaz de poner alimento en las bocas de sus habitantes, o techo sobre las cabezas de sus niños? ¿De qué le sirve a un pobre campesino poner su firma en una papeleta presidencial, si no sabe escribir más que su nombre?

Pero por más convencidos que estemos de que la apertura económica resulta más eficaz que cualquier otra medida o política para aliviar la pobreza, esto no implica que debamos renunciar a ciertos instrumentos que aceleren el acceso de los más pobres a los beneficios generados por el crecimiento económico. El goteo económico, tan defendido por los economistas conservadores, puede ser muy poco para calmar una sed de oportunidades y de justicia arrastrada por mucho tiempo.

A los gobiernos de las naciones en vías de desarrollo les toca hacer su parte para lograr que la globalización, y el crecimiento económico que promete, sean una fuerza para el bien de sus habitantes. La más importante de las tareas que deben asumir es la de invertir en desarrollo humano y, particularmente, en educación.

En América Latina, uno de cada tres jóvenes no asiste nunca a la escuela secundaria. Eso es no sólo una ofensa a nuestros valores, sino un crudo testimonio de la falta de visión económica de algunas sociedades: a estas alturas’, deberíamos saber que los fracasos en la educación de hoy, son los fracasos en la economía de mañana.

Solucionar las carencias de los sistemas educativos en los países en desarrollo casi siempre demanda más recursos. Pero sobre todo requiere voluntad política y claridad en las prioridades de la inversión pública. Tengo muy claro, en especial, que la lucha por mejores empleos a través de una mejor educación está muy ligada a la lucha por la desmilitarización y el desarme. Es vergonzoso que los gobiernos de algunas de las naciones más pobres continúen apertrechando sus tropas, adquiriendo tanques y aviones para supuestamente proteger a una población que se consume en el hambre y la ignorancia.

Nuestra región del mundo no escapa a este fenómeno. En el año 2005, los países latinoamericanos gastaron un total de 24 mil millones de dólares en armas y tropas, un monto que ha aumentado un 25% en términos reales a lo largo de la última década, y ha crecido alarmantemente durante los últimos dos años. América Latina ha iniciado una nueva carrera armamentista y eso es signo de irracionalidad y, peor aún, de ceguera histórica. Porque si la historia de nuestra región ofrece alguna guía, entonces no podemos menos que admitir que los recursos que América Latina ha dedicado al gasto militar, en el mejor de los casos se han dilapidado, y en el peor, han terminado sirviendo para reprimir al pueblo que los pagó.

Es por eso que Costa Rica abolió su ejército y, desde entonces, ha dedicado todos sus recursos al desarrollo y a la inversión social. Esta es una ruta que ni mi país y ni yo estamos dispuestos a abandonar. Pero no sólo eso: es una ruta que queremos que sea la de toda la humanidad. Por eso aquí, en el Círculo de Montevideo, quiero reiterar una propuesta que he planteado a la comunidad internacional en numerosas ocasiones. Les propongo que entre todos demos vida al Consenso de Costa Rica, mediante el cual se creen mecanismos para condonar deudas y apoyar con recursos financieros internacionales a los países en vías de desarrollo que inviertan cada vez más en educación, salud y vivienda para sus pueblos, y cada vez menos en armas y soldados. Es hora de que la comunidad financiera internacional premie no sólo a quien gasta con orden, como hasta ahora, sino a quien gasta con ética.

Un breve ejemplo me servirá de ilustración. Costa Rica le pidió recientemente a la nación española que le condonara su deuda bilateral de 58 millones de dólares, sobre la base de los enormes avances que ha realizado nuestro país en inversión social. El martes pasado recibí la triste noticia de que Costa Rica no calificaba para el beneficio, por no ser, y digo textualmente, lo suficientemente pobre. Esto es devastador: no somos lo suficientemente pobres para recibir ayuda para el desarrollo, pero tampoco lo suficientemente ricos para lograr un desarrollo por nuestra propia cuenta.

Lo que impulsamos es, por tanto, un cambio de paradigma: que no sea el crecimiento económico el único parámetro para otorgar la cooperación internacional. Que no se castigue a quienes construyen viviendas, y no se premie a quienes construyen cuarteles. Esa es la idea central del Consenso de Costa Rica. Espero que juntos lo hagamos realidad.

América Latina se encuentra en una encrucijada. Puede consolidar sus logros en la integración económica con el mundo o puede retroceder, tentada por la retórica populista y las voces irreductibles de quienes ven en la globalización la fuente de todo mal.

Puede sembrar en la mente de sus niños la simiente de la prosperidad futura, o seguir dilapidando sus recursos escasos en aparatos militares que amenazan mucho más de lo que protegen.

Puede consolidar sus sistemas democráticos o puede sucumbir de nuevo ante sus viejos demonios autoritarios, ante los cantos de sirena del caudillismo y el populismo, de los que nuestros pueblos no han recogido más que una cosecha de amarguras.

América Latina, en pocas palabras, debe escoger hoy entre un camino que lleva a la prosperidad, en libertad y con justicia, o una ruta que la condenará a ser, una vez más, el continente de la oportunidad perdida, la tierra de los sueños desaforados donde la modernidad, como el reino de Eldorado, estará siempre un paso más allá.

Hoy estamos reunidos para demostrar que la elección es evidente. Más democracia, más crecimiento, más prosperidad; pero también más salud, más vivienda, más educación y más seguridad.

Les agradezco a todos su presencia en este acto, pero particularmente a los jóvenes universitarios que hoy nos acompañan. A ellos, más que a nadie en este recinto, les digo las palabras que alguna vez escribiera José Ortega y Gasset:

“la sana esperanza parte de la voluntad como la flecha del arco… Lo viejo podemos encontrarlo dondequiera: en los libros, en las costumbres, en las palabras y los rostros de los demás. Pero lo nuevo, lo nuevo que hacia la vida viene, sólo podemos escrutarlo inclinando el oído pura y fielmente a los rumores de nuestro corazón”.

Jóvenes estudiantes, necesitamos de su esperanza. Necesitamos de su esperanza para ver el alumbramiento de nuestra tierra hacia la prosperidad. Necesitamos de su esperanza para alcanzar la madurez de nuestras democracias y de nuestras libertades individuales. Necesitamos de su esperanza para que el secreto misterio del desarrollo, que durante tantos años ha sido susurrado al oído de otras naciones, sea también reproducido a voces, de puerta en puerta, de calle en calle, de nación en nación, a lo largo de toda nuestra América Latina