Óscar Arias: La historia honra a una generación

Consagrémonos en este día a una gran tarea. Consagrémonos a la tarea de crear en el espíritu de todos los hombres el estado de ánimo de fraternidad, de solidaridad, de confianza mutua, de amor a la libertad, de pasión por la justicia, para que aquel acto de José Figueres, treinta y ocho años atrás, se convierta en el símbolo que mañana derribe muros mentales y abra caminos a la libertad, a la justicia y a la paz en Centroamérica.

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Óscar Arias Sánchez, Politólogo (Dr.).

Hace ya varios años pronuncié este discurso ante un concurrido auditorio, hoy quiero compartirlo con quienes no tuve el gusto de acompañar en tan importante conmemoración histórica. Los conceptos básicos guardan frescura y actualidad y no deben dejar de valorarse y repetirse cuando se trate de paz y democracia.
O.A.S.

Discurso pronunciado el 1° de diciembre de 1986, en el Museo Nacional, San José, en el acto de firma del decreto que estableció esa fecha como el «Día de la abolición del ejército».

Hoy se cumplen treinta y ocho años del día en que el país supo que la Junta Fundadora de la Segunda República había suprimido el ejército. Fue aquella una decisión sin precedentes de un general victorioso.

Hoy se cumplen treinta y ocho años del día en que este vetusto edificio, reminiscencia cuartelaria de un pasado, se convirtió en centro de cultura. Fue aquella una decisión de profundo sentido humanista.

Hoy se cumplen treinta y ocho años del día en que el viejo cuartel Bella Vista se constituyó en depósito de la cultura de nuestro país, al convertirse en museo. Fue aquella una decisión sabia y sanamente nacionalista.

Para la generación que respaldó los hechos gloriosos del ayer, es este un recuerdo que la hará sentirse honrada por la historia.

Para los autores de aquella gesta, esta celebración es testimonio que les tributa la patria.

Para las nuevas generaciones, este acto debe ser una lección de la grandeza de un pueblo que supo retornar a la ruta de la paz y consolidar su vida democrática y libre.

Celebramos hoy uno de los más trascendentales acontecimientos de nuestra historia patria. En aquella patriótica medida se materializaron los sueños de los más preclaros patricios, de los idealistas forjadores de esta patria durante más de un siglo. Celebramos hoy un hito de la vida nacional. Desde aquel momento se confirmó la voluntad de mantener una vida republicana vigorosa, de conservar instituciones fundadas en la supremacía del espíritu y no en la fuerza de las armas.

Derribando contrafuertes

Cuando el hecho que hoy celebramos aconteció, era yo sólo un niño. Mi vida, alentada en las virtudes de un hogar cristiano, se forjó, desde entonces, al calor de una concepción nacional vivificadora. Encontré inspiración en el brillante gesto de un hombre-guerrero pocos meses antes que, en aquella mañana de diciembre, mazo en mano, derribaba los arcaicos contrafuertes de un cuartel. Un hombre que hacía callar el infausto estallido de

los fusiles para cambiarlo en canciones de jóvenes que proclaman la educación y la cultura como ruta hacia lo sublime y lo grandioso. No exagero al afirmar que las virtudes inspiradoras de mi conducta de político y de gobernante se afirmaron al calor del sol que, en aquella mañana del 1° de diciembre de 1948, más sonriente que nunca, iluminó los muros de este edificio, para señalarle a Costa Rica un destino superior.

Hoy hace treinta y ocho años, en esa radiante mañana, acudieron a este lugar los hombres que gobernaban de facto la nación.

Venían acompañados de jóvenes y viejos, estudiantes, trabajadores, maestros y profesores, y de mujeres llenas de esperanza. A su lado estaban unos soldados, con sus oficiales de toda gradación, que todavía prestaban guardia a la bandera tricolor. Muchos de ellos guardaban el recuerdo melancólico y hasta doloroso de la lucha en las montañas. Todos tenían conciencia de que, ese día, terminaba una Costa Rica y nuevas generaciones comenzarían a crear una patria cuya defensa y cuya libertad se sustentarían en los inconmovibles contrafuertes de la justicia, el desarrollo compartido y la libertad para todos.

El triunfo del espíritu

Emocionado, el gran educador Luis Dobles Segreda dijo, dos días después: «Ha triunfado el espíritu del bien, ha vencido la cultura, y don José Figueres, que fue el primero en la guerra, llega a ser el primero en la paz». El espíritu de don Mauro Fernández, quien años atrás había vivido en este lugar, así como el espíritu de miles de maestros, parecían desfilar sobre los muros de este viejo cuartel y sobre los campos de mi patria, con el evangelio de la paz en los labios. Ahora ya no encontrarían en el cuartel Bella Vista, ni en ningún otro centro castrense del país, soldados velando inútiles fusiles, sino juventudes acariciando libros y soñando en llegar a las estrellas.

El acto que hoy conmemoramos no debe ser sólo una efeméride, por muy emocionada que sea. Debe ser una consagración de gobernantes y gobernados, de todas las generaciones, a un esfuerzo sostenido y enérgico para que aquellos ideales no desaparezcan de nuestro suelo. ¡Hemos de jurar lealtad a ellos y vivirlos en la esfera de acción propia de nuestras vidas!

Se deponían los sables para que brillaran los libros. Los fondos que consumía el ejército se dedicarían a fecundar los jardines del pensamiento humano.

Don Rómulo Valerio, ese gran profesor de ciencias, ejemplo de los grandes educadores del pasado, conociendo las intenciones de la Junta, sugirió que el cuartel Bella Vista se convirtiera en la casa de la cultura costarricense, en museo que recogiera un pasado que no podríamos olvidar nunca más.

El mazo que destruye injusticias

Nos hemos reunido esta mañana para aplaudir, una vez más, a don José Figueres, que, mazo en mano, golpeara una de las almenas del cuartel. Ese mazo, que destruía tiranías, ha pasado a las nuevas generaciones para que se dispongan a oponerse, vigilantes, a toda amenaza de tiranía y a todo peligro de totalitarismo.

Las nuevas generaciones lo han tomado también para abrir rutas de progreso y de desarrollo para todos y para derribar, así, la miseria. Esta es, compañeros de mi generación, la consagración que venimos a hacer en este día.

No entendamos mal nuestros gestos heroicos. No vamos a fallarle a nuestro Himno Nacional. Seguiremos diciéndole a la patria: «Cuando alguno pretenda tu gloria manchar verás a tu pueblo, valiente y viril, la tosca herramienta en arma trocar».

Derrumbar los muros de la incomprensión

El acto de este día significa nuestra consagración a la tarea de derrumbar los muros de la incomprensión, que dividen y separan a los partidos políticos y a los grupos sociales en detrimento de los intereses de la nación. Significa que nos dedicaremos a derribar los muros de la mala fe y de todo tipo de corrupción, que podrían amarrar el espíritu, ya liberado por el gesto que hoy conmemoramos.

Consagrémonos a ser un ejemplo ante el mundo y, sobre todo, en esta Centroamérica. Que los hombres amantes de la paz se consagren a la cruzada impostergable de convencer a los gobernantes de Centroamérica de la necesidad de disolver los ejércitos. El talento del militar sería un gran aporte a las empresas de desarrollo. Los soldados que hoy integran sus ejércitos serían, con tierra propia, grandes obreros de la tierra. ¿Por qué no soñar ese sueño para nuestra Centroamérica?

Consagrémonos en este día a una gran tarea. Consagrémonos a la tarea de crear en el espíritu de todos los hombres el estado de ánimo de fraternidad, de solidaridad, de confianza mutua, de amor a la libertad, de pasión por la justicia, para que aquel acto de José Figueres, treinta y ocho años atrás, se convierta en el símbolo que mañana derribe muros mentales y abra caminos a la libertad, a la justicia y a la paz en Centroamérica.

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