Óscar Arias Sánchez: El tren de la prosperidad

Los países que permiten que sus jóvenes se salgan del colegio, porque no quieren cobrarles impuestos a los ricos, ponen en tela de duda su compromiso con la competitividad. Los mercados pueden brindar oportunidades infinitas. Pero sólo los países que estén preparados las podrán aprovechar.

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 Óscar Arias Sánchez, Politólogo (Dr.).

III Reunión Ministerial de la Iniciativa Caminos a la Prosperidad en Las Américas
San José, Costa Rica 4 de Marzo del 2010.

“Para sentarse a comer al banquete de la prosperidad, los países en vías de desarrollo deben vestirse para la ocasión”.

Es para mí un profundo honor darles la bienvenida a mi país, abrirles las puertas de esta casa costarricense que aloja, en unos palmos de tierra, las más encendidas esperanzas de la humanidad. Muchas veces los hemos recibido en esta casa como amigos, como hermanos, como vecinos. Esta tarde quiero recibirlos como socios. Socios en la empresa de llevar a nuestros pueblos a un futuro mejor. Socios en la inconclusa travesía por los “Caminos a la prosperidad”.

Con demasiada frecuencia, los caminos de América Latina han sido “caminos a la posteridad”. Ésta es la región que ha pospuesto durante siglos su salto al desarrollo. Ésta es la región que siempre deja todo para el próximo Gobierno, la próxima generación o la próxima era glaciar. Latinoamérica es la eterna inquilina en la antesala del progreso, por eso me alegra que se esté aliando para cruzar, finalmente, el umbral de la prosperidad. Hacerlo requerirá de nosotros valentía y coraje. Pero requerirá, sobre todo, madurez y racionalidad. Confío en que esta reunión producirá la sensatez que nuestra región necesita, una sensatez que nos obliga a admitir que es urgente que aumentemos nuestra integración comercial y nuestra competitividad.

Hablar de integración comercial sigue siendo difícil en buena parte de nuestra América, todavía amurallada tras las ruinas de ideologías gastadas. Es de lo más pintoresco escuchar en nuestra región discusiones sobre si deberíamos o no favorecer la apertura comercial. ¡Como si fuera una opción! La integración económica del mundo no se escoge. La integración económica del mundo se acepta. Es una fuerza, no una decisión. Da la casualidad que es, además, una fuerza provechosa.

Con todos sus errores y debilidades, el libre comercio ha sido la herramienta de desarrollo más poderosa con la que ha contado la humanidad en épocas recientes, particularmente para los países más pobres del mundo. Ha sido, también, el bastión de una política exterior que produce resultados concretos en la vida de los individuos, y no sólo floridas declaraciones en cumbres internacionales. Estoy convencido de que la amistad de los pueblos de América avanza más por cada contenedor que se descarga en un puerto, por cada vuelo internacional que aterriza en una terminal, por cada inversionista extranjero que funda su empresa en un lugar nuevo, que por todos los saludos que podamos profesarnos en reuniones como ésta.

Las naciones pequeñas, como las centroamericanas, estamos condenadas a ser los fenicios de la modernidad, por el tamaño de nuestros mercados y porque producimos lo que no consumimos y consumimos lo que no producimos. La alternativa que enfrentamos es tan cruda como simple: o exportamos cada vez más bienes y servicios, o exportamos cada vez más personas. La pobreza no necesita pasaporte para viajar. Las naciones industrializadas deberían preferir reducir las barreras a los productos extranjeros, que levantar muros para detener a un flujo de inmigrantes que no cesará en el tanto subsistan las inmensas disparidades que separan a nuestros pueblos.

Entender esto es fundamental. Sobre todo en medio de una devastadora crisis económica internacional, que amenaza con destruir todo lo que con tanta paciencia hemos construido. Muchos se han apresurado a objetar instrumentos como los Tratados de Libre Comercio, haciéndolos el blanco del resentimiento general. Tengamos mucho cuidado: los problemas de nuestras economías no se solucionan con devolvernos a las cavernas, con perseguir espejismos autárquicos ni cultivar la utopía del autoabastecimiento alimentario. América ya incursionó por esa calle sin salida. Para quienes no se acuerdan, la experiencia nos dejó endeudados, empobrecidos y en la más pavorosa ineficiencia productiva.

Esas fueron las condiciones en que encontramos al país al inicio de la década de los ochenta. Fue entonces cuando decidimos iniciar, por nuestra libre voluntad, una apertura unilateral de la economía costarricense. Sabíamos que esto generaría una baja en los precios, tanto de los productos finales para el consumidor como de los bienes de capital para el empresario nacional. El tiempo nos dio la razón. La economía de Costa Rica es hoy mucho más estable, mucho más confiable, y mucho más exitosa, de lo que era en los años en que fui Presidente por primera vez.

Si aspiramos a la prosperidad, no debemos bajarnos del tren del libre comercio. Por el contrario, debemos asegurarnos de que cada vez más y más personas lo puedan abordar. Cada vez más micro empresarios, cada vez más mujeres, cada vez más habitantes de zonas rurales, cada vez más jóvenes, cada vez más personas con discapacidad. Más personas compitiendo, y no menos, debería ser la meta de nuestros gobiernos.

Esto me lleva al segundo tema que quería mencionarles: de nada le sirve a América profundizar su integración comercial, si no aumenta sensiblemente su competitividad. Esto es, que nuestras naciones deben invertir en innovación, deben educar a sus jóvenes, deben enseñarles computación e idiomas, deben fortalecer el Estado de Derecho, deben combatir la inseguridad, deben construir infraestructura, deben mejorar su salud fiscal, deben agilizar sus burocracias, deben modernizar sus regímenes laborales, deben fomentar el emprendedurismo, si es que quieren cruzar ese umbral que tanto han cortejado. Para sentarse a comer al banquete de la prosperidad, los países en vías de desarrollo deben vestirse para la ocasión.

El gasto público debe reflejar ese afán. Los países que invierten en armas los recursos que podrían invertir en computadoras, ponen en tela de duda su compromiso con la competitividad. Los países que protegen a productores ineficientes, en lugar de promover la creatividad de nuevos negocios, ponen en tela de duda su compromiso con la competitividad. Los países que permiten que sus jóvenes se salgan del colegio, porque no quieren cobrarles impuestos a los ricos, ponen en tela de duda su compromiso con la competitividad. Los mercados pueden brindar oportunidades infinitas. Pero sólo los países que estén preparados las podrán aprovechar.

Cuenta Heródoto que el poderoso Jerjes I, rey de Persia que invadió las tierras helenas, ordenó construir en un estrecho entre Europa y Asia, un puente formado de balsas. El puente fue destruido por la fuerza del mar. Furioso, Jerjes envió a sus verdugos a que propinaran 300 azotes al agua salada, como castigo por la impertinencia de haber desafiado su autoridad. En muchos sentidos, la integración comercial es como aquel mar que Jerjes mandó a castigar. Es una fuerza incontrolable. Es una fuerza que no podemos ignorar. En lugar de vituperar en su contra, en lugar de propinarle azotes, endureciendo nuestras medidas proteccionistas o resucitando discursos de soberanía alimentaria, mejor hiciéramos en perfeccionar la fortaleza de nuestras balsas. Mejor hiciéramos en revisar la entereza de nuestro puente, para que crisis como ésta no se repitan ni nos puedan lastimar de manera igual. Quizás así lograremos construir un futuro más justo para nuestros pueblos. Quizás así cruzaremos por fin el umbral del desarrollo.

Quizás así dejaremos de reunirnos para discutir sobre los “Caminos a la prosperidad”, y podamos por fin discutir sobre la prosperidad, a secas.

 


Óscar Arias Sánchez
Abogado y politólogo, Presidente de Costa Rica en los períodos de 1986-1990 y 2006-2010.
Premio Nobel de la Paz en 1987.

 

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