Óscar Arias: Tratemos al migrante con dignidad

Es urgente que los países adopten políticas sociales intensas y universales; si es urgente que los países reduzcan su gasto militar e inviertan más en educación, salud y vivienda para sus pueblos

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Óscar Arias Sánchez, Politólogo (Dr.).

Simposio desarrollo y gobernabilidad democrática (23/01/2008)

“Todo rincón oculto, toda cima inalcanzable, toda profundidad insondable, ha sido conquistada por el ser humano en su constante afán migratorio, que emerge, a su vez, de todo tipo de impulsos: desde la curiosidad hasta la necesidad; desde el interés hasta la desesperación; desde la prosperidad hasta la miseria; desde la guerra hasta la paz”.

Es para mí un honor compartir algunas palabras con ustedes, en este día que considero crucial para la eliminación en Centroamérica de una de las formas más crueles de intolerancia: la exclusión de las poblaciones migrantes. A quienes han migrado temporalmente a nuestra tierra, con el objeto de asistir a este simposio, les doy la bienvenida a Costa Rica, un país que conoce poco de fronteras y límites, y mucho de horizontes e infinitos; un país que es una casa pequeña, pero que tiene siempre abiertas sus puertas para quien busca ayuda y para quien busca ayudar.

Deseo agradecer profundamente a la Fundación Arias para la Paz y el Progreso Humano por la organización del
“El reto de las migraciones y la cohesión social”. El origen de todos nosotros está indefectiblemente ligado a las migraciones. Los científicos nos relatan cómo el Homo erectus se movilizó desde África para poblar Eurasia, hace más de un millón de años; la Biblia narra el Éxodo del pueblo hebreo a través del desierto, liderado por Moisés; la Historia nos habla de la Hégira de Mahoma, seguido por miles de fieles, en la fecha que marca el primer año del calendario islámico. Todo rincón oculto, toda cima inalcanzable, toda profundidad insondable, ha sido conquistada por el ser humano en su constante afán migratorio, que emerge, a su vez, de todo tipo de impulsos: desde la curiosidad hasta la necesidad; desde el interés hasta la desesperación; desde la prosperidad hasta la miseria; desde la guerra hasta la paz.

Es indiscutible que la pobreza y la falta de oportunidades son dos de los principales factores que impulsan a los seres humanos a abandonar sus hogares. En el caso de Centroamérica, me atrevería a decir que son los factores principales. Más que muros y fronteras patrulladas, más que leyes y medidas draconianas, lo único que impedirá la migración desde los países centroamericanos es la prosperidad y la creación de oportunidades. Este es, claramente, un desafío mucho más amplio y mucho más complejo que una reforma migratoria. Una verdadera política de migración, tiene que empezar por ser una verdadera política de bienestar social.

Lo he dicho muchas veces: la pobreza no necesita pasaporte para viajar. La migración no sólo es producto de amenazas o guerras, depende primero de las oportunidades o frustraciones que nuestras sociedades ofrezcan a sus habitantes. Es vergonzoso que los gobiernos de algunas de las naciones más pobres del mundo, incluidas algunas naciones de la región latinoamericana, continúen despilfarrando en tropas, tanques y misiles, para supuestamente proteger a un pueblo que migra por hambre e ignorancia. La comunidad internacional debe trabajar para cambiar esta paradójica situación, y por eso he propuesto que entre todos demos vida al Consenso de Costa Rica (ver discurso Un futuro a la altura de nuestros sueños, 19/9/2006).

Además de estar convencido de la justicia de esta iniciativa, también estoy convencido de su conveniencia: los soldados con recursos invaden, los habitantes sin recursos emigran. Si queremos poner fin a la migración, al mismo tiempo que ponemos fin a la amenaza del armamentismo internacional, el Consenso de Costa Rica será más efectivo que cualquier otra política exterior.

Ahora bien, la migración no es sólo un tema económico, es también un tema humano. Puede que existan buenos argumentos económicos que respalden el levantamiento de muros que impidan a las personas entrar a un país; o que justifiquen las deportaciones masivas, o la negativa a otorgar tratamiento médico y brindar educación a los hijos de los migrantes. Puede que existan, pero nunca existirá un argumento humanitario que apoye esas actitudes. Debemos insistir en que más allá de los intereses nacionales que podamos tener en torno al tema de la migración, estamos tratando con los sueños e ilusiones de personas de carne y hueso, que por azar o destino nacieron de un lado de una frontera, sin que ello disminuya en nada su dignidad humana.

El Consenso de Costa Rica es una de las medidas que considero más urgentes y necesarias si queremos detener el flujo migratorio, producto de la necesidad económica. Pero hay también muchas otras políticas que debemos impulsar, y que tienen que ver con las disparidades económicas que existen entre los países. La verdad es tan sencilla como aplastante: mientras existan países donde las condiciones de vida sean, por mucho, superiores a las de otros países, la migración seguirá siendo un fenómeno masivo e inevitable. Hace más de un año dije en Montevideo que sólo si abrazamos verdaderamente la causa del libre comercio, reduciremos gran parte de las causas de la migración. A veces me sorprende la tenacidad con la que algunos insisten en que la globalización es una fuerza perversa que está aumentando la pobreza en el mundo. De acuerdo con cifras del Banco Mundial, en los últimos veinte años la cantidad de pobres disminuyó en casi 200 millones de personas, debido en gran parte a la India y a China, dos países que han abrazado la globalización con particular fervor. Como he dicho muchas veces, si nuestros países no exportan bienes y servicios, se verán forzados a exportar personas.

Pero si es urgente que los países adopten políticas sociales intensas y universales; si es urgente que los países reduzcan su gasto militar e inviertan más en educación, salud y vivienda para sus pueblos; si es urgente que la comunidad internacional permita a las naciones en vías de desarrollo un comercio verdaderamente libre con las naciones desarrolladas, también es urgente que cada país, a lo interno de sus sociedades, combata las causas de la exclusión social y económica que crónicamente padecen los migrantes.

Al ser convocado a este simposio, me llamó la atención su nombre: “el reto de las migraciones y la cohesión social“. No pude evitar preguntarme, ¿será acaso que los migrantes son motivo de desintegración social? ¿O son tal vez sus víctimas? ¿Será posible que los migrantes generen exclusión? ¿O son ellos mismos quienes la padecen? Creo que es innegable que, al menos en las naciones latinoamericanas, la xenofobia, la discriminación y la falta de oportunidades económicas, significan para el migrante una doble imposición. El migrante no sólo se ve obligado a abandonar su tierra y arrancar de un tajo sus raíces; sino que, al llegar a una tierra desconocida, se le impide enraizarse de nuevo. Si ya no existe más la tierra que se tenía, pero tampoco existe la posibilidad de crecer en una tierra nueva, ¿cómo entonces podrá cosechar el migrante un mejor futuro?

Es bien sabido que la nuestra es la región más desigual del mundo, y esas desigualdades golpean con particular crudeza a la población migrante. En Costa Rica, por ejemplo, un estudio de la Organización Panamericana de la Salud reveló que, a pesar de que la población migrante nicaragüense representa poco más de un 10% de la población total del país, constituye un 36% de las familias que viven en tugurios. El promedio de asistencia al colegio de la población costarricense entre los 13 y los 17 años es del 69%, el promedio de la asistencia de la población migrante nicaragüense en esas mismas edades es del 46%. Asimismo, puede afirmarse que en general existe un bajo nivel de salud en las zonas de alta inmigración, pues se presentan tasas de morbilidad y mortalidad más elevadas que los promedios de las regiones donde se encuentran ubicadas. Todo esto lo menciono para decir que los migrantes no son ni la causa de la falta de oportunidades económicas, ni los responsables del colapso de las instituciones públicas, ni el motivo de los principales problemas del país. Todo lo contrario: son quienes cargan con la peor parte de las consecuencias.

Es urgente que entendamos que no es cierto que la migración sea una fuerza devastadora, uno de los grandes problemas planetarios. Nunca el mundo había sido más rico y más próspero, aún cuando para el año 2006, más de 190 millones de personas, un 3% de la población mundial, eran consideradas inmigrantes en alguna parte de la Tierra. No es cierto que las personas emigren únicamente de países subdesarrollados a países desarrollados. De acuerdo con investigaciones del Banco Mundial, en el año 2005 se estimaba que 2 de cada 5 migrantes, cerca de 78 millones de personas, se encontraban en países en vías de desarrollo.

No es cierto que los inmigrantes causen necesariamente pérdidas económicas a los países donde llegan. Según la revista británica The Economist, cerca de un tercio de los estadounidenses que ganaron los Premios Nobel en Física en los últimos siete años, nacieron fuera de Estados Unidos; aproximadamente el 40% de los doctores en ingeniería y en ciencia que trabajan en ese mismo país son inmigrantes. Países como Suecia, Irlanda, Estados Unidos y El Reino Unido, tienen buenas condiciones económicas en parte gracias a los migrantes que reciben.

No es cierto que los migrantes que utilizan los servicios estatales sean responsables del colapso de las instituciones públicas. En Costa Rica, la Caja Costarricense de Seguro Social invierte menos de un 1% de su presupuesto en atender a los inmigrantes ilegales que requieren servicios de salud, a pesar de que representan un 7% de la población total.

Si no abandonamos estas falsas creencias, y si no logramos que también las abandonen nuestras poblaciones, seguiremos alimentando con odio e intolerancia la xenofobia y la exclusión, en el seno de nuestras sociedades. Yo estoy convencido de que el aumento en el gasto social, aunado a la reducción del gasto militar; la profundización de la integración económica mundial; la creación de mayores oportunidades a lo interno de nuestras sociedades para la población migrante, y el combate decisivo a los mitos que acompañan a este tema, serán la llave que permitirá a las naciones centroamericanas, y a todas las naciones del mundo, caminar hacia un mayor desarrollo sin distinguir el origen ni el color de la piel.

Se atribuye a Sócrates la expresión “soy ciudadano del mundo”. Eso es exactamente lo que somos todos. Soy costarricense y mexicano, soy nicaragüense y colombiano. Lo soy porque en mis orígenes, al igual que en los de toda la humanidad, fui un migrante. Quisiera pedirles, humildemente, que recuerden siempre que hoy estamos de este lado del océano, pero que sólo Dios sabe dónde estaremos mañana.

Para los profetas del Antiguo Testamento la migración de gavilanes a través de los cielos de la Península del Sinaí y del Mar Rojo, simbolizaba los caminos de Dios. Hoy, la Fundación Arias para la Paz y el Progreso Humano ha decidido transitar estos caminos de la migración, buscando siempre la paz y el desarrollo de los pueblos centroamericanos. Fui el primero en llegar a la Fundación Arias, fui el primero en verla nacer. Dentro de 28 días, se cumplirán 20 años del día en que firmé el Acta Constitutiva de esta Fundación, y ese día dije estas palabras:

“Vengo aquí a sembrar una semilla y a renovar un compromiso. Vengo a entregar ¢30 millones que corresponden al Premio Nobel de la Paz de 1987. Vengo a decirles que entrego este premio para combatir la pobreza y otras formas de violencia; que lo entrego para reafirmar mi fe inquebrantable en los caminos de la paz, de la libertad y de la democracia”.

Estos son los caminos que hoy los veo transitar, y me siento orgulloso de cuánto ha florecido la semilla que hace veinte años plantamos. A cada una de las personas que han transitado por los caminos de la paz en la Fundación Arias, a cada ser humano que ha podido recorrer los caminos de la libertad y la democracia, les doy mi sincero agradecimiento, y les pido que vuelvan su mirada al horizonte, al enorme camino inexplorado, a la senda interminable de los logros que aún esperan, porque ahí, en el infinito, en lo eterno, descansa la lucha de mañana, que espera impaciente nuestros pasos.

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